solo un tema por semana,
y con que le guste al diyei alcanza

martes, 15 de septiembre de 2015

[139] Vos sabés, no hay que jugar


“Por una cabeza” (1935), de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera



Yo ponía un blues
y mi abuela a Jesús
le pedía que Gardel
no fuera de Toulouse.
En “Raro”, del Cuarteto de Nos


Como tercera entrega de la serie “Tango/Drama”, vamos con “Por una cabeza”, uno de los más famosos tangos de la historia, letra de Le Pera y música de Carlos Gardel. Aunque hubo montones de versiones y covers a lo largo de la historia, elegiré, obviamente, la versión cantada por Gardel, que no necesita cantar cada día mejor para ser gigantesco.

Este tango fue compuesto y grabado en 1935, muy poco antes de que ambos, el letrista Le Pera y el cantor-compositor Gardel, fallecieran en un accidente de avión en Colombia, en junio de ese mismo año. Cuando un artista de la magnitud de Gardel muere en la cumbre de su carrera, sin tiempo de decaer, automáticamente se convierte en un mito, y a la vez, nos quedamos todos con ganas de saber qué más hubiera compuesto y, sobre todo, cantado.


No voy a entrar aquí a contar quién fue Gardel, y menos, a definir cuál fue su verdadera nacionalidad. Es que me tiene sin cuidado si vio la luz por primera vez (y, con pocos minutos de edad, sonrió ya con la dentadura completa y la sonrisa canchera) en Francia, en Uruguay o en Argentina. No soy muy fan de las nacionalidades, y no me siento extranjero en ningún lugar (como dice el tío). Entiendo, igual, que el mundo es como es, y seguramente cuando yo ya no esté también se arrancarán los ojos para adjudicarse mi cuna cuatro territorios: el País Vasco, la República de Catalunya, el Sultanato de Córdoba y el Reino del Plata. Pero yo sugeriré, desde la tumba (o desde donde sea que esté durmiendo la siesta): “Mi patria es la Música”, y volveré a lo mío.

Gardel era Gardel. No es el estilo de tangos ni de canto del tango que más me llama (soy más bien goyenecheano), pero nadie puede negarle una gran, gran voz, un gran estilo y un gran carisma. Y era buen músico también, porque los tangos que él compuso están más que bien.

“Por una cabeza” es una buena muestra de ello: un tango sentimental, sinuoso, cuya música se te pega como la llovizna, ideal para bailar, que suele aparecer en cuanta película yanqui donde un personaje tiene que saber bailar tango (Al Pacino en la remake de “Perfume de mujer”, Arnold Zwarzenegger en una de esas películas malísimas que hacía, y tantos, tantos otros), cuando en realidad, por lo general, eso que hacen se parece muy poco y muy lejanamente, o directamente nada de nada, a bailar tango.






La letra es, admitámoslo, bastante misógina. Bueno, es un tango de los años 30, tampoco le podemos pedir peras al olmo. Él (el cantor) es un desastre, pero no se ahorra de tirarle palos a ella, la “coqueta y risueña mujer”, a quien tacha de mentirosa y le reclama su inconstancia, siendo que él mismo confiesa que es un tarambana de aquellos (y solo puede decir, para justificarse, “qué le voy a hacer”). Y claro, el otro pequeñito tema no-feminista es que toda la letra está armada en la analogía entre la mujer y un caballo. Detalles.

Al menos, Le Pera tuvo la delicadeza de que el caballo que protagoniza la canción fuera un potrillo, y no una yegua. Gracias, Alfredo.

A lo largo de la canción, se compara la adicción al juego con la adicción a las mujeres. Él se propuso sentar cabeza y abandonar el juego (los juegos) cientos de veces… peeero: no hay caso, apenas se le cruza una falda por delante, ahí va él atrás. Y lo mismo le pasa con las carreras de caballos:

Cuántos desengaños
por una cabeza,
yo juré mil veces
no vuelvo a insistir,
pero si un mirar
me hiere al pasar,
su boca de fuego
otra vez quiero besar.
Basta de carreras,
se acabó la timba,
¡un final reñido
yo no vuelvo a ver!
Pero si algún pingo
llega a ser fija el domingo,
yo me juego entero,
¡qué le voy a hacer!

A lo largo de la canción habla de una sola chica, pero en realidad es como si hablara de cien, de todas a la vez. Se lamenta de que “si ella me olvida qué importa perderme mil veces la vida, para qué vivir”, pero no suena sincero: él parece ser, por sus acciones, quien olvida y se deja llevar por la corriente de cualquier mirada. El amor es más bien un “metejón de un día”, y él tiene por ella un gran amor, pero que dura exactamente lo que dura su cariño hacia el noble potrillo: solo hasta que cruzan el disco y entonces él, desengañado, rompe los boletos perdedores y los quema en la hoguera donde ya se consume arde, apasionado e inútil, todo su querer. Al menos, hasta que la insana pasión renazca Fénix la próxima vez, el próximo domingo, cuando haya un nuevo dato de un caballo “que no puede perder” (una fija) o un mirar lo hiera al pasar. Y él, como Sísifo, está destinado a perder siempre, siempre ahí nomás, siempre por una cabeza.

Este antihéroe tanguero no es enternecedor, y no lograría captar muchas simpatías, si es que el tango no lo cantara Gardel.

Pero el tango comienza con una imagen que me encanta. Me hace reír siempre, y me parece un gran logro: el caballo está por ganar pero afloja al llegar y pierde (apenas por una cabeza); y al regresar, ya caminando, hacia los establos, él (el apostador que perdió todo) cruza miradas con el animal, y el caballo, al pasar le habla con los ojos (esos ojazos grandes y sinceros de caballo) y le lanza un mudo pero elocuente reproche: “No olvidés, hermano: vos sabés, no hay que jugar”. 


Hasta lo llama “hermano”, lo cual es como decirle que él también es un caballo (de hecho sí, él “entra como un caballo” en las trampas de la timba y del amor).
¿No es una genialidad, que le hable el potrillo? Me mata, esa primera estrofa. Solo con eso ya me gustaría este tango, aunque no lo cantara Gardel.


Por una cabeza

Por una cabeza
de un noble potrillo
que justo en la raya
afloja al llegar
y que al regresar
parece decir:
“No olvidés, hermano,
vos sabés, no hay que jugar”.
Por una cabeza,
metejón de un día
de aquella coqueta
y risueña mujer
que al jurar sonriendo
el amor que está mintiendo
quema en una hoguera
todo mi querer.

Por una cabeza
toda la locura.
Su boca que besa,
borra la tristeza,
calma la amargura.
Por una cabeza,
si ella me olvida,
qué importa perderme
mil veces la vida,
para qué vivir.

Cuántos desengaños
por una cabeza,
yo juré mil veces
no vuelvo a insistir,
pero si un mirar
me hiere al pasar,
su boca de fuego
otra vez quiero besar.
Basta de carreras,
se acabó la timba,
¡un final reñido
yo no vuelvo a ver!
Pero si algún pingo
llega a ser fija el domingo,
yo me juego entero,
¡qué le voy a hacer!

Por una cabeza
toda la locura.
Su boca que besa,
borra la tristeza,
calma la amargura.
Por una cabeza,
si ella me olvida,
qué importa perderme
mil veces la vida,
para qué vivir.



Y eso es todo por hoy. Apostaré lo que tengo a que esperarán ansioso por mi próximo posteo, en donde cosecharé reproches agrios por el tema elegido, una historia de tanguero desengaño amoroso en una canción cero-tango.

Hasta entonces, qué importa perderme mil veces la vida:



DJ Vago

martes, 8 de septiembre de 2015

[138] Tiene que haber payasos


“Send in the clowns” (“que entren los payasos”), de Stephen Sondheim, 1973, por Judy Collins y por Barbra Streisand



Sigo la serie “Tango/Drama”, y como la semana pasada fue de tango, esta será de drama, con una canción que por cierto no tiene un pelo de tango, pero que conceptualmente podría serlo, si estuviera en 2/4 en vez de en una mezcla medio ebria de 9/8 y 12/8.

Se trata de “Send in the clowns”, que se traduce como “manden a los payasos” o “que entren los payasos”, y es una canción de teatro musical. Odio los musicales, así que no hubo ni habrá muchas de esas, por acá, pero tener principios inquebrantables requiere mucho esfuerzo, así que aquí va esta canción del musical “A Little Night Music”, que debe ser un bodrio (o no, no sé), pero contiene esta curiosa canción llena de ironía y desencanto, tan difícil de interpretar que casi ningún cantante la hace bien, y tan difícil de cantar que casi ningún actor la zafa.

Porque es una canción muy entrecortada y pausada, llena de matices y con un ritmo quebrado y oscilante (entre un compás ternario de tres tiempos y otro de cuatro tiempos), cuya melodía se va como escondiendo y aparece aquí y allá, como desparejamente. Si se cantan solo las notas, por más buena voz que se tenga, se naufraga estrepitosamente, con esta canción. Y si solamente se actúa, el naufragio es menos estrepitoso (porque la canción pide a gritos que el intérprete se “meta en el personaje”), pero igual no estaríamos llegando a la costa (como les pasa a muchos últimamente). Salvo raras excepciones (Frank Sinatra, por ejemplo), siempre la cantan mujeres.

Desde que salió la canción, se armaron algo así como dos grupos de intérpretes.
· Las cantantes, que la cantan bien pero hacen caso omiso de lo que significa la letra.
· Las actrices, que la actúan y pilotean el canto como pueden.

Voy a poner, en mi humilde opinión, a las mejores representantes de ambos grupos: Judy Collins, la cantante que supo darle más onda a la canción y a la vez, cantarla como la gente (aunque para mí se equivocó fiero al modificar la letra, cambiando el final), y Barbra Streisand, que siempre me pareció un poco imbancable como cantante y un poco bizcocha, pero hace una buena versión actuada.

La idea de la canción es esta: él la estuvo persiguiendo a ella durante años y años, y ahora que ella finalmente, después de revolotear (“ir por el aire”) por montón de otras relaciones (“abrir puertas”) llega a quererlo a él, y se lo dice, él le dice que no, que ahora no puede/no quiere (no lo explica, pero la idea es que él está atrapado en una especie de matrimonio sin amor pero que le queda cómodo, como pasa a menudo en los cuartetos de Rodrigo). Ahora que es ella la que está con los pies sobre la tierra, él es el que está por el aire, incapaz de volver a tierra y dar un paso.

¿No es fuerte?
¿No somos un par bárbaro?
Yo aquí por fin sobre la tierra,
vos por el aire.
Manden a los payasos.

El desencuentro sería gracioso, si no fuera ridículamente trágico. La obra de teatro en la que ellos participaron se volvió una farsa, una charada, y solo falta, para completar el efecto, que entren payasos al escenario.


¿No tiene su gracia?
¿No te parece?
Uno que sigue dando vueltas
y uno que no se puede mover.
Pero ¿dónde están los payasos?
¡Que entren los payasos!

Justo cuando dejé
de abrir puertas,
al descubrir por fin que la única que quería era la tuya,
hago mi entrada de nuevo
con mi usual donaire
segura de mis líneas:
no hay nadie allí.

Ella se da cuenta de que la situación es un total cliché, algo poco creíble, poco verosímil: como una peli con guión malo. Pero es lo que hay. Nadie puede mejorar esta escena… excepto unos buenos payasos, que entren ya mismo a sacar las papas del fuego o, al menos, a permitir que los dos hagan mutis por el foro con los últimos harapos de dignidad que les quedan, después de decirse la verdad desnuda. Ella insiste en que manden rápido a los payasos: tiene que haber payasos. Esto tiene que ser una cámara oculta, una joda de Tinelli, no puede estar pasando de verdad:



¿No te gusta la comedia?
Mi culpa, me temo.
Pensé que querrías
lo que quiero,
perdón, querido.
¿Pero dónde están los payasos?
Tiene que haber payasos.
Rápido, ¡manden a los payasos!

Pero qué sorpresa,
¿quién lo habría previsto?
Llegué a sentir por ti
lo que sentiste por mí.
¿Por qué recién ahora veo
que vos ya volaste?
Pero qué sorpresa, qué cliché.

Ella, hacia el final, reflexiona que esto no debería haberle pasado, a esta altura de su carrera (de su vida): ya somos grandes, loco. Pero cuando vuelve preguntarse dónde es que están los payasos y por qué no entraron todavía, entonces por fin se da cuenta. Los payasos ya entraron a escena hace rato: son ellos dos.

¿No es fuerte? ¿No es curioso?
Perder mis reflejos a esta altura
de mi carrera.
¿Y dónde están los payasos?
Rápido, manden a los payasos.

No te molestes, ya están aquí.

La versión de Judy está muy bien, pero ella hace que este final quede en la penúltima estrofa, elimina la estrofa que menciona el cliché, y para el final agrega, después del “¿Pero dónde están los payasos?”, un verso totalmente anticlimático: “Bueno, tal vez el año que viene”. Como si esta situación fuera algo que se repite y sucede todos los años, cuando claramente no lo es. Me resulta muy molesto ese final cambiado, pero hay montones de versiones (la mayoría de ellas) que lo toman así. En todo caso, Judy tiene una bella voz y hace una muy buena versión, casi nunca igualada en los últimos cuarenta años:


Send in the clowns

Isn't it rich?
aren't we a pair?
Me here at last on the ground
You in mid-air
Send in the clowns

Isn't it bliss?
don't you approve?
One who keeps tearing around
One who can't move
Where are the clowns?
Send in the clowns

Just when I stopped
opening doors
Finally knowing the one that I wanted
was yours
Making my entrance again
with my usual flair
Sure of my lines
no one is there

Don't you love the farce?
My fault I fear
I thought that you'd want
what I want
Sorry my dear
but where are the clowns?
There ought to be clowns,
quick send in the clowns

What a surprise,
who could foresee?
I've come to feel about you
what you felt about me
Why only now when I see
that you've drifted away
What a surprise, what a cliche.

Isn't it rich, isn't it queer?
Losing my timing this late
in my career
And where are the clowns?
Quick send in the clowns

Don't bother, they're here.
Que entren los payasos

¿No es de salón?
¿No somos un par bárbaro?
Yo aquí por fin sobre la tierra,
vos por el aire.
Manden a los payasos.

¿No tiene su gracia?
¿No te parece?
Uno que sigue dando vueltas
y uno que no se puede mover.
Pero ¿dónde están los payasos?
¡Que entren los payasos!

Justo cuando dejé
de abrir puertas,
al descubrir por fin que la única que quería era la tuya,
hago mi entrada de nuevo
con mi usual donaire
segura de mis líneas:
no hay nadie allí.

¿No te gusta la comedia?
Mi culpa, me temo.
Pensé que querrías
lo que quiero,
perdón, querido.
¿Pero dónde están los payasos?
Tiene que haber payasos.
Rápido, ¡manden a los payasos!

Pero qué sorpresa,
¿quién lo habría previsto?
Llegué a sentir por ti
lo que sentiste por mí.
¿Por qué recién ahora veo
que vos ya volaste?
Pero qué sorpresa, qué cliché.

¿No es fuerte? ¿No es curioso?
Perder mis reflejos a esta altura
de mi carrera.
¿Y dónde están los payasos?
Rápido, manden a los payasos.

No te molestes, están aquí.


En esta versión de Barbra Streisand, podrán notar a qué me refiero cuando hablo de “actuar la canción”, y cómo ella aprovecha al 100% el final correcto de la letra.


Si me tienen paciencia y cariño entenderán por qué conecté esta canción a “Los mareados”, de la semana anterior, si bien la verdad no tienen un joraca que ver, musicalmente.

La semana que viene tocará tango, y allí estaré, seguro de mis líneas, listo para abrir la puerta y encontrarme con nadie.

DJ Vago



martes, 1 de septiembre de 2015

[137] Guarda que te cacha el porvenir

“El que atrasó el reloj” (Cadícamo-Barbieri, 1933) por Tita Merello, y “Los mareados” (Cadícamo-Cobián, 1942) por Adriana Varela



La serie va dedicada a las amigas tangueras
Belén Torras, Laura Villaveirán, Flor Gattari y Dolores Giménez.



Comienzo aquí la penúltima serie del año. Será una serie doble que durará dos meses, titulada: “Tango/Drama”, en la que intercalaré tangos pulenta con canciones en inglés que no son tangos pero sí dramones que (al menos en mi mente delirante) pueden asimilarse conceptualmente y/o bailar con los tangos.

Pero el comienzo sí será a puro tango, con una serie doble de Cadícamo y de grandes (grandísimas) intérpretes femeninas, en un género musical generalmente ultramachomachista (en las letras, al menos: del baile no opino, no es lo mío).

Enrique Cadícamo nació en julio del año 1900 y murió en 1999, en la flor de la vida. Compuso letras para unas 1.200 canciones (tangos, en su gran mayoría). Y no hablo de poemas, sino de canciones grabadas en estudio por distintos músicos. Pero nadie sabe el número exacto, porque claro, ¿quién se va a poner a contar? Yo no, por cierto.

Gardel, él solito, grabó más de veinte tangos de Cadícamo. Y repasando los tangos con letra de él, es muy notable cómo incluyen algunos de los más famosos de la historia y que, al compararlos, no parecen tener nada que ver unos con otros: ¿“Madame Yvonne”? Letra de Cadícamo. “Niebla del Riachuelo?” De Cadicamo. ¿“Nunca tuvo novio”? Cadícamo también. ¿”Nostalgias”, “La casita de mis viejos”, “Muñeca brava”? Todos de él. Hacía letras y las daba a musicalizar, pero también podía tranquilamente ponerle letra a tangos instrumentales ya existentes.

Estas son las personas que me hacen quedar como un ocioso. Digo: joden mucho con que Shakespeare y Homero eran muchas personas, pero, ¿a nadie se le ocurrió proponer que Cadícamo es un club, un montón de gente? Así las personas normales (“normal” = “menos esforzado”) no quedamos tan mal paradas.

Y para muestra traigo aquí dos botones bien distintos, pero igualmente notables: un tango cómico y uno súper dramático. El primero es bastante desconocido, pero el segundo, “Los mareados”, es sin dudas uno de los más memorables tangos que existen en el universo y sus alrededores.

Pero empiezo por el tango gracioso, porque me encanta y porque pareciera que Cadícamo me hubiera conocido y que me lo hubiera dedicado a mí. De hecho, agradezco que ni a mis padres ni a mis hermanas les guste especialmente el tango, porque de haber conocido este tema, me lo habrían cantado cada semana de mi vida, y me habrían cansado.

Se llama “El que atrasó el reloj” (música de Guillermo Barbieri, compuesto en 1933) y presenta dos personajes: quien canta (que puede ser, indistintamente, varón o mujer) y Pepino, quien está durmiendo y no se quiere levantar (que es, indudablemente, varón, y me lo imagino exactamente igual a ese que veo cada tanto en el espejo). El cantor está, básicamente, repodrido de que Pepino siempre esté haciendo nada y aprovechándose de su laboriosidad, y se lo reclama en lunfardo. Empieza livianito, pidiéndole que se levante de la catrera, pero enseguida va subiendo los decibeles del reclamo, con frases inolvidables como: “¡Guarda, que te cacha (te alcanza, te agarra) el porvenir!”.



Otros términos lunfardos o similares, ya en desuso, que aparecen en el tango son “cortar el bacalao” (equivalente a mandar, a “tener la sartén por el mango”), “vento” (= dinero), “lastrar” (= comer), “vivir de ojo” (= mirar sin hacer nada), “bufoso” (= revólver), “piantar” (= salir, enloquecer), “vagoneta” (carro o similar que no tiene motor y debe ser impulsado, como el vagón en el tren… quizá de allí salió la contracción “vago”, pero no sé, me da fiaca guglearlo).

Al final, después de explayarse en metáforas y reclamos, el cantor termina cantándole a Pepino cuál es su verdadera identidad, la única acción (además de dormir) que lo define: “Vos sos, che vagoneta, el que atrasó el reloj”.

Los tangos por lo general son oscuros, lastimeros y bajoneantes, pero no todos son así, y esta es la prueba. Este es un tango que siempre me pareció muy divertido y muy logrado.

Y elegí, sin dudas, la mejor de las interpretaciones posibles, para este tema: la de Tita Merello. Es lo más. Este tango nació solamente para que lo cantara Tita, así como lo canta. Para que entiendan lo que digo, abajo voy a poner la versión de Alberto Castillo (un gran cantor, y una versión muy buena), y verán que hay un abismo de distancia.



Por Tita Merello:


El que atrasó el reloj
¡Che, Pepino!
Levantate ´e la catrera
que se ha roto la tijera
de cortar el bacalao.
¿Qué te has créido?
¿Qué dormís pa´ que yo cinche?
¡Andá a buscar otro guinche
si tenés sueño pesao!
¡Guarda,
que te cacha el porvenir!
¡Ojo,
que hoy anda el vento a la rastra:
el que tiene guita, lastra,
y el que no, se hace faquir!

¿Querés que me deschave
y diga quién sos vos?
¡Vos sos, che vagoneta,
el que atrasó el reloj!

¿Con qué herramienta te ganás la vida?
¿Con qué ventaja te ponés mi ropa?
¡Se me acabó el reparto ´e salvavidas!
Cachá esta onda: ¡se acabó la sopa!
A ver si cobrás un poco ´e impulso
pa´ que esta vida de ojo no se alargue,
ya estoy en llanta de llevarte a pulso,
buscate un changador pa´ que te cargue.

Si hasta creo...
que naciste de un carozo,
sos más frío que un bufoso,
¡ya no te puedo aguantar!
En la sangre...
me pusiste un bombilla
y hoy me serruchás la silla
cuando me quiero sentar.
¡De esta, ya no te salva ni el gong!
¡Guarda, que se me pianta la fiera!
¡Levantáte ´e la catrera
que voy a quemar el colchón!

¿Querés que me deschave
y diga quién sos vos?
¡Vos sos, che vagoneta,
el que atrasó el reloj!

Por Alberto Castillo, en el film “Ritmo, amor y picardía” (1954):



Y paso ahora al plato fuerte, al segundo tango del día, también con letra de Cadícamo, pero con una onda totalmente distinta. Es el famoso tango “Los mareados” (música de Juan Carlos Cobián, compuesta en los años veinte).

Cuando Cobián lo compuso, era un tango sin letra y se llamaba “Clarita”. Luego, dos autores (Doblas-Weisbach) lo incluyeron en una obra de teatro titulada Los dopados (los drogados) y el tango pasó a llamarse de esa forma. Esa letra, con todo respeto, es muy mala. El comienzo es así:

Pobre piba, entre dos copas
tus amores han logrado:
triste hazaña de un dopado
que hoy festeja el cabaret.
Ya no sufres, ya no sientes,
el champán mató tu almita
y en tu pecho no palpitan
ni nostalgias ni tristezas
por lo que fue.

Osvaldo Fresedo grabó el tango instrumental, y le gustó a Troilo, que en 1942 le encargó (y lo bien que hizo) a Cadícamo que hiciera una letra. Enrique se ve que había escuchado la letra original, o al menos sabía que tenía algo que ver con sustancias tóxicas, porque le puso “Los mareados” a su versión: algo más “light” que “los drogados”, sin dudas.

Entonces, enseguida, en 1943, hubo un nuevo golpe de Estado, los militares del GOU derrocaron a Castillo (no, no al cantante, sino a Ramón Castillo, político corrupto) y los milicos volvieron al poder, con la seguidilla Rawson-Ramírez-Farrell (que desembocaría nada menos en el gobierno del coronel Juan Domingo Perón, que comenzó su carrera política como ministro de Trabajo de un gobierno golpista de facto).

Y le “sugirieron” a Cadícamo que cambiara la letra, porque eso de “los mareados” era muy fuerte y poco cristiano y no reflejaba los buenos valores que debía mostrar la sociedad, etcétera. Cadícamo entonces, para cumplir con los censores, hizo una letra alternativa, que es espantosa también, y que comienza:

Separémonos sin llanto
y esta escena no alarguemos.
Es preciso que cortemos,
mas te quiero tanto y tanto.

Si pongo esos comienzos alternativos es solo para mostrar, por oposición, qué genial que es el comienzo de “Los mareados”, en el cual el cantor encuentra de casualidad, en un antro, a su ex  -pero-aún-amada. La ve “rara, como encendida”, “linda y fatal”. Ella se ríe como loca, pero lo hace “por no llorar”. Aun en el estado calamitoso en que la ve, él encuentra en su mirada (en esos ojos que tanto adoró) un brillo, un “eléctrico ardor”. Es una imagen de patetismo, pero él, sin embargo, no la mira desde arriba del taburete, porque él, aunque no se explicita, está igual de borracho y patético que ella. Y él se acerca, y comienzan a beber juntos. Se crea una especie de burbuja de tiempo: esa noche, en la que ambos beben juntos, funciona (aunque ninguno de los dos lo diga abiertamente) como una despedida. Esa noche beberán juntos, sin importarles que los demás los llamen, burlonamente, “los mareados”. Porque “cada cual tiene sus penas, y nosotros las tenemos” (es lindo el verso ese). Y esos repetidos brindis serán de despedida, porque después de esa noche ya no se verán más.



Y empieza aquí el dramático, intenso cierre, con un verso genial:
Hoy vas a entrar en mi pasado

El pasado de él es un lugar, y ella, así medio en zigzag, va a entrar allí para ya no salir. Una genialidad. A él, que ella entre en su pasado no le produce gracia ni alivio, sino: amor, pesar y dolor (en ese orden: una enumeración que me recuerda a “Naranjo en flor”: primero hay que saber sufrir, / después amar, después partir / y al fin andar sin pensamiento). Y cierra con una terrible revelación:

Qué grande ha sido nuestro amor
y sin embargo, ay,
mirá lo que quedó.

Y ese “mirá lo que quedó”, claro, se refiere a ellos dos mismos, así, borrachos, cada uno yendo inexorablemente hacia la vereda gris del pasado del otro. A estos sí que los cachó el porvenir.

Así como es de bueno este tango, es difícil de cantar bien: porque no se puede hacer del todo canyengue, ni queda bien solo porque lo cante alguien con buena voz: acá hay que interpretar, hay que poner toda la carne en el asador, y a la vez, hay que tener buena voz, porque si no, no produce en quien escucha lo que tiene que producir. Pero cuando este tango se canta bien, ahí sí, agarrate, porque eriza los pelos.

Elegí a Adriana Varela, discípula de Goyeneche y una gran cantora de tangos. Ella tiene montón de versiones de “Los mareados”, y no todas me gustan; elegí, sin embargo, una que me encanta, y espero que la disfruten.



“Los mareados”, por Adriana Varela


Los mareados
Rara,
como encendida,
te hallé bebiendo
linda y fatal.
Bebías
y en el fragor del champán
loca reías por no llorar.
Pena
me dio encontrarte
pues al mirarte
yo vi brillar
tus ojos
con un eléctrico ardor,
tus bellos ojos
que tanto adoré.

Esta noche, amiga mía,
el alcohol nos ha embriagado,
¡qué me importa que se rían
y nos llamen los mareados!
Cada cual tiene sus penas
y nosotros las tenemos...
Esta noche beberemos
porque ya no volveremos
a vernos más...

Hoy vas a entrar en mi pasado,
en el pasado de mi vida.
Tres cosas lleva mi alma herida:
amor, pesar, dolor.
Hoy vas a entrar en mi pasado
y hoy nuevas sendas tomaremos.
Qué grande ha sido nuestro amor
y sin embargo, ay,
mirá lo que quedó.


Y eso es todo por hoy. Me despido de ustedes, me vuelvo a tapar y entro con desgano en sus respectivos pasados, al menos hasta la próxima semana.


DJ Vagoneta