“Amanece en la ruta”, de Suéter, en su álbum “Lluvia de
gallinas” (1984)
Hacía mucho (casi un año) que no había rock argentino por
acá, así que vamos esta semana con un tema emblemático del rock nacional en los
ochentas: “Amanece en la ruta”.
Lo que llamamos “rock nacional” es una gran bolsa de gatos
en la que entran desde piezas maravillosas de música y poesía inolvidables
hasta unos bodrios insufribles, infumables e inolvidables pero en el mal
sentido. Bueno: aun en un género tan amplio y heterogéneo, esta es una canción
extraña, una mezcla de panfleto esotérico, trip hippie y propaganda de
SITEA-“Luchemos por la vida”.
https://www.youtube.com/watch?v=0qaVdtwbUvo
Los autores de este tema son el grupo Suéter (liderados por Miguel Zavaleta), quienes la
verdad, más allá de algunos tibios éxitos (“Vía México”, “Extraño ser” y
algunos pocos más), no puede decirse que hayan destacado demasiado.
Excepto, por supuesto, por esta canción, que sí tuvo un gran
suceso y sigue siendo escuchada y recordada y versionada (en 2005, Fabiana
Cantilo la incluyó en su disco Inconsciente colectivo, que es muy buenísimo).
En la primera estrofa, el narrador amanece en la ruta. No
sabe bien dónde está (geográficamente), porque se durmió mientras viajaba en
auto. Uno esperaría que no fuera él mismo quien estuviera manejando: conducir
borracho es desaconsejable, pero mucho más lo es conducir dormido.
Sin embargo, en la canción no hay ninguna mención a los
demás pasajeros (excepto, en la tercera estrofa, un único y sutil verbo en
plural, “aceleramos”); la canción está en primera persona, todo lo que se
cuenta es a partir de la turbia percepción del cantor.
Que se durmió muy profundamente y soñó que estaba en el
mismo auto (aunque inmediatamente se rectifica: “no, no era este, el auto,
porque el de mi sueño estaba todo roto, y prendido fuego”). Y ahora, al
despertarse de esa pesadilla, se ve que está medio boleado, igual que yo cuando
recién me despierto de mis siestas de cuatro horas: todo a su alrededor le
parece extraño, curioso y hermoso. Y piensa, mientras lo rodea su sopor
amaneciente, con frases lisérgicas y de pobre sintaxis:
· “Este paisaje es tan extraño, se parece al de un tren
eléctrico”. ? ¿Lo qué? Uno supone que se refiere, ponele, al paisaje borroso
que podría verse desde la ventanilla de un tren muy rápido.
· “Esos árboles tienen contornos: darme cuenta es tan
hermoso”. ? ¿Lo qué? Acá ya es difícil suponer cualquier sentido, lo más
sencillo es concluir que algo tomó mientras viajaba, el quía, y no precisamente
mate cocido.
· “En un soplo veo proyectado, como un film, toda mi vida”.
Esto se entiende perfecto: lástima que no le pega la concordancia sintáctica.
· “Ya no sé si el cielo está arriba, abajo o dentro de mí”.
La cabeza (y/o el auto) le da vueltas.
· “Y aunque el paisaje sea tan extraño, creo haber estado
aquí”. Siente un deyavú. Que ya estuvo antes allí, en ese paisaje tan extraño
de amanecer en la ruta. Pero si es cierto, si ya estuvo allí antes, ¿cuándo
fue?
Eso no se responde, es solamente una pregunta más entre las
muchas que asaltan la atormentada mente del cantor, y que se expresan en un
notable estribillo, compuesto únicamente por preguntas que se suman, se chocan,
se revuelven y se apelmazan unas contra otras:
¿(A)dónde voy?
¿Dónde estoy?
¿Quién soy yo?
¿Qué hora es?
¿Dónde estaré?
Fíjense que no está seguro de quién es. Ni siquiera sabe qué
hora es, a pesar de que un momento antes dijo que estaba amaneciendo… aunque en
la estrofa siguiente aclara (oscureciendo) que “si afuera no es de noche,
tampoco es de día”.
Y a pesar de tener 2,7 de preguntemia en sangre, el cantor
se siente bárbaro: “no hay tristezas, tan solo alegrías en mi corazón”. Y más
adelante insiste con la alegría: “solo (siento) alegría, paz y armonía, y esa
luz que es tan tibia”.
A esta altura de la suaré, ya estamos sospechando que algo
no está muy bien, en esta escena, porque la descripción empieza a parecerse en
forma alarmante a los relatos sobre el túnel luminoso, las luces celestiales y
demás motivos de tránsito hacia el más allá…
Y entonces, para que no nos quedemos con la duda, finalmente
el cantor se da cuenta de lo que sucede, y nos lo cuenta: “y bien comprendo,
eso no era un sueño, en ese auto estaba yo / y ese auto estaba todo roto y con
fuego en su interior”. O sea: hubo un accidente de auto (sumemos preguntas:
¿causado por él mismo?) y él murió (¿solo él?) y ahora está hablando desde el
más allá… del que no sabemos gran cosa, excepto que allí “los árboles tienen
contornos”, lo cual, por supuesto, nos deja muchas más preguntas que certezas.
Si este tema fuera una película (y es, por cierto, muy
visual y cinematográfico), sería un thriller psicológico, onda “El maquinista”,
“El cisne negro” o “Sexto sentido”.
Pero aquí, a diferencia de las citadas películas, tras la
(bancame un rato que leo sílaba a sílaba lo que me anotó mi hermana la cuarta: a-nag-no-ri-sis).
Decía, tras la anagnórisis (el descubrimiento que te vuela la cabeza), Suéter
tuvo el acierto de repetir el estribillo y cerrar la canción con esas
preguntas, que vencen a cualquier descubrimiento y lo trascienden: lo más
importante es lo que no sabemos, lo que morimos por saber, lo que probablemente
nunca sabremos a ciencia cierta.
Amanece en la ruta
Amanece en la ruta,
no me importa dónde estoy.
Me he dormido viajando
y he soñado tan intenso.
Y en ese sueño yo me veía
en este auto, pero no,
no era el mismo porque estaba
todo roto en su interior.
Este paisaje es tan extraño,
se parece al de un tren eléctrico,
esos árboles tienen contornos,
darme cuenta es tan hermoso.
Y en ese sueño yo me veía
en este auto, pero no,
no era el mismo porque tenía
fuego en su interior, en su interior.
A medida que aceleramos
mis recuerdos me estremecen,
y en un soplo veo proyectado
como un film toda mi vida.
Ya no sé si el cielo está arriba,
abajo o dentro de mí
y aunque el paisaje sea tan extraño
creo haber estado aquí.
¿Dónde voy?
¿Dónde estoy?
¿Quién soy yo?
¿Qué hora es?
¿Dónde estaré?
Si afuera no es noche,
tampoco es de día,
no hay tristezas,
tan solo alegrías
en mi corazón.
Y ahora todo es una luz tan clara
que a mi lado ya no hay nada,
solo alegría, paz y armonía
y esa luz que es tan tibia.
Y bien comprendo eso no era un sueño:
en ese auto estaba yo,
y ese auto estaba todo roto
y con fuego en su interior.
¿Dónde voy?
¿Dónde estoy?
¿Quién soy yo?
¿Qué hora es?
¿Dónde estaré?
Como bonus, acá va el cover mencionado de Fabiana Cantilo:
Sin saber cómo, por qué ni hasta cuándo, sale despedido
hasta quién sabe dónde:
Ningún hombre es una
isla, entero por sí mismo; cada persona es un pedazo del continente, una parte
del todo. Si un montoncito de tierra es llevado por el mar, toda Europa queda
reducida, como si se hubiera perdido un promontorio, o la casa de tu amigo, o
tu propia casa. La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy
involucrado en la humanidad; y por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas:
están sonando por ti.
John Donne (1572-1631), en Meditaciones sobre ocasiones emergentes.
Pedí vacaciones adelantadas en la oficina y me confiné
durante diez días en un rincón de la
Isla de los Estados, esperando no ser rescatado y que al
volver el mundial de fútbol hubiera concluido. Volví en mi balsa hoy martes, y
no había un alma en la ciudad. Pensé que había concluido no solo el mundial,
sino también la humanidad. Una bomba de neutrones, un virus zombie eran
opciones a considerar. Pero enseguida se escuchó una tromba y salió la gente a
los gritos, como bichos de una madriguera incendiada, y todos gritaban porque
(aparentemente) el equipo argentino le ganó un partido a alguien. Y todos
hablaban del Papa, de Dios, de un Ángel y de María. Y agitaban carteles con la
foto de Kafka vestido de celeste y blanco.
Ahí me di cuenta de que el mundial es más largo de lo que
pensaba, y por lo tanto, de que me adelanté en regresar de mi isla. Pero ya que
estoy, y como no estoy seguro aún de si voy a regresar a mi oficina o voy a
quemar los puentes, acá va el posteo semanal.
Que comenzó con la cita de John Donne, que me pasó mi
hermana la tercera. Es una frase muy bella, por cierto, pero no tiene nada que
ver con el tema de esta semana. O tal vez sí, pero me da fiaca buscar las
conexiones.
La canción de hoy no es especialmente alegre. Aunque para el
género del que forma parte, bastante alegre es. Pertenece al grupo indie británico
“Los equis equis” (“The xx”), integrado por tres veinteañeros emos: Romy Madley
Croft (la chica que canta), Oliver Sim (el guitarrista que canta, pobre, tiene
apellido de jueguito de realidad virtual) y Jamie Smith, también conocido como
Jamie xx, callado y concentrado en los teclados. Forma parte de su primer
disco, titulado, ultraimaginativamente: xx.
El tema habla, pareciera, de una relación amorosa. Y habla
de esa relación como de un lugar: una isla. Una isla conocida, a la que (después
de mucho andar y recorrer) se regresa; y se descubre, al hacerlo, que es
nuestro lugar en el mundo y que, puesto que llegamos aquí, ya nunca deberemos
viajar a ningún otro lado. Y entonces se quema el único puente (que podría
conducir a otros lugares, a otras relaciones amorosas) y se acepta el riesgo de
que, si la isla se hundiera, uno se hundiría también con ella. Y se aclara que “ya
nunca exploraré”, pues “soy tuyo ahora” (o “tuya”, por supuesto: la letra es válida
para cualquier género humano). Y todas las personas somos, cierta forma, islas
a punto de hundirnos. No es una forma alegre de ver el asunto, pero no está mal
tampoco.
Todo esto, cantado en un tono tirando a lánguido, sin abrir
mucho la boca y sin esforzarse mucho, sobre una base rítmica siempre igual, en 4/4,
sin estridencias.
El videoclip es súperinteresante también, y en cierta forma
contradice a la propia canción, poniendo en duda eso de “ya no necesito irme más”,
y haciendo que nos preguntemos si no hubiera sido más prudente dejar el puente
en pie.
Sobre un escenario blanco y negro con un fondo de letras
equis y con un sillón por toda escenografía, nueve personas hacen una compleja
coreo. Los tres integrantes de la banda están sentados en el sillón, con una
cara de embole total, como si les hubieran metido un gol en el alargue. Alrededor,
seis bailarines; dos de ellos se dan un beso, y luego ese beso genera, como una
onda expansiva, el baile y los movimientos de todos los demás. Esos movimientos
duran exactamente cuatro compases.
Al comenzar el quinto compás, la escena vuelve a iniciarse. Y
luego, cuatro compases después, otra vez la misma escena. Y así, vez tras vez,
un nuevo beso (que es siempre el mismo beso), un nuevo baile (el mismo baile).
Hay 19 besos en dos minutos: es, propongo, el récord Guinnes
de besos en un videoclip (pero como de costumbre, me da fiaca comprobarlo, y
mucho más informarle a don Guinnes sobre el asunto).
Y todo se repite siempre igual, como en “El día de la
marmota” (otra de las películas favoritas de mi hermana la quinta). Pero a la
vez, en cada repetición de la escena hay pequeñas diferencias, cosas que no son
exactamente igual que antes. Y esas pequeñas diferencias se van acumulando,
hasta que de pronto ya no hay beso, el engranaje de movimientos y relaciones se
hunde irremediablemente, la gente se harta y se va, y al final de todo, de los
nueve que había quedan solamente dos (y ninguno de ellos es de los
besuqueadores), rodeados de llamas, bailando en el Titanic, o similar.
Es un clip de contradicción, para una canción de
seguridades. El resultado es conflictivo/conflictuado, como la vida misma. Y
algo interesante se podría concluir a partir de todo esto, pero me da fiaca averiguar
qué.
Prefiero irme hacia aquí mismo y nunca más explorar.
“Tocata y fuga en re menor” (BWV 565), de Johann Sebastian
Bach (aprox. 1705)
A la memoria de Gustavo Hugo Vargas.
El DJ Vago se tomó unas súbitas vacaciones (su mayor talento
es el ocio) y me cedió su espacio hoy para hablar de Bach y de mi padre,
fallecido el miércoles pasado. De uno para llegar al otro. Y viceversa. Tienen
permiso para no leer este post, por supuesto: ciertamente no será tan alegre ni
tan entretenido como los que hace el DJ, pero es algo que necesito hacer. Para
mí mismo, aunque muy pocos más lo lean.
Johann Sebastian Bach nació en Alemania y vivió entre 1685 y
1750. Con sus 65 años de vida fue, de los grandes músicos de la historia,
probablemente el más longevo. Murió ciego, a causa de lo que se cree (hoy en
día) que fue una diabetes no diagnosticada.
Mi viejo era músico también, y diabético, y tocaba el órgano
en una parroquia, y aunque vivió apenas algunos años extra de los 65, no voy a
proponer aquí que era tan genial como Bach. El único que podría pelear ese
partido mano a mano es Mozart, que, por cierto, conoció y admiraba a Bach (que
le llevaba 30 años de edad, y a quien Wolfgang llamaba, con tono burlón pero
con admiración sincera, “Papá Bach”).
Gustavo admiró también a Bach durante toda su vida. Yo me
llamo Sebastián en honor a Johann Sebastian. Durante toda mi vida escuché a mi
padre tocar el piano, y luego el órgano. Me enseñó a apreciar la música. Y a
escuchar música, lo que aunque no parezca requiere una cierta técnica, un
ejercicio. Mi viejo nunca fue un profesor (aunque había estudiado piano durante
quince años, nunca le interesó dar exámenes ni recibir títulos) ni un
concertista (tampoco le interesó tocar en público, excepto en la iglesia), ni
un compositor (escribió unas pocas piezas, pero no eran muy buenas). No era
tampoco un virtuoso.
Lo que sí era: un trabajador de la música (¡como Bach!),
capaz de ir sin falta cada fin de semana y comerse cinco misas en dos días,
tocando canciones sencillas, muy por debajo de sus posibilidades; pero después,
como tenía la llave del órgano, iba algún día hábil durante la semana a la
iglesia vacía y tocaba las más complejas y maravillosas composiciones de Bach
para órgano, sin ningún público, solo para él y algún escucha ocasional.
Gustavo tenía la increíble capacidad de leer a primera vista
cualquier partitura. Le ponías delante la partitura de lo que fuera y la
tocaba, así, sin ensayar, sin dudar. Podía pifiar alguna nota, si la pieza era
muy difícil. Pero la tocaba, incluso obras tremendamente complejas, como las
sonatas de Beethoven o las fugas a 3 y 4 voces de Bach o los nocturnos de
Chopin o los conciertos de Shostakovich o lo que fuera. Y les juro, créanme,
que sonaban muy bien. No perfectas, pero con alma. Eso, leer música a primera
vista, puede parecer algo fácil, pero créanme que no lo es. Yo estudié más de
diez años de guitarra y no podía tocar, leyendo a primera vista, ni el
“Greensleeves”. Y él tocaba a primera vista obras de órgano, que implican leer
(¡y ejecutar con las manos y los pies!) a la vez tres pentagramas (con
distintas claves).
Tenía también oído absoluto. Lo podías parar por la calle y,
en vez de pedirle la hora, pedirle un la 440 y él te lo daba con la seguridad
de un diapasón.
Podía, al escuchar cualquier obra musical clásica, decir
inmediatamente quién era su autor (yo también puedo hacer eso, pero me equivoco
muchas veces: él no le erraba casi nunca).
Tenía una idea un poco (muy) restrictiva de la música:
dejaba afuera de ella todo lo que se cataloga hoy en día como “música
comercial”. “Eso no es música”, decía, y andá a convencerlo de otra cosa. Lo
más moderno que aceptaba eran los Beatles, a quienes consideraba músicos aceptables,
aunque afirmaba que “le copiaron todo a Bach”.
Y podía, lo cual no es nada sencillo, tocar un órgano de iglesia. Para los que no sepan qué significa eso: es un instrumento que tiene dos teclados y una pedalera (se toca, a la vez, con las manos y los pies), y además, unas veinte o treinta “llaves”, que son interruptores que accionan, cada uno, un juego de tubos diferente. Cada llave tiene un nombre: “Clarinete”, “Trompeta”, “Tutti”, “Basso 8”, "Basso 16", “Flautín”, “Contrabajo”, "Flauta 8", “Cielo”, “Cuerdas”, etcétera etcétera. Y los tubos no suenan exactamente como un clarinete, un contrabajo o una trompeta, pero se acercan bastante. Y por supuesto, todos estos juegos de tubos se superponen: pueden sonar dos, tres, diez o todos a la vez, según quiera el ejecutante. En cada momento de la obra, el organista acciona diferentes llaves, y eso hace que el órgano pueda sonar como un ejército de elefantes bajando en pogo desde un volcán erupcionado, o como una filigrana de seda casi inaudible descongándose de las alturas celestiales. Y buena parte del arte del organista, además de tocar bien la pieza, es seleccionar cómodebe sonar cada parte de la obra.
Durante toda mi vida escuché de mi padre, además de la
música que hacía, anécdotas de músicos. De Bach, y de otros. Decía esas
anécdotas como si fueran de gente cercana, de personas de la familia. Me
contaba, por ejemplo, que Beethoven, cuando era un pibe, fue a tomar una clase de
piano con Mozart (que ya era un adulto de casi treinta), y que al escuchar a
Beethoven aporrear las teclas con furia, Mozart pronosticó: “Este muchacho hará
mucho ruido”. Y al terminar de decir estas anécdotas, invariablemente, Gustavo
se reía, por más que muchas veces su interlocutor no entendiera el chiste
(Beethoven es, para quien lo conoce, un músico “ruidoso”). O contaba que
Schubert componía canciones en los bares a cambio del desayuno, y que era más
probable que a Mozart lo hubiera envenenado su esposa que Antonito Salieri.
De Bach, por ejemplo, yo leí un par de biografías. Pero les
aseguro que no me acuerdo nada de ellas; ni una palabra. No puedo borrar de mi
memoria, sin embargo, cada cosa, cada pequeña anécdota que me dijo mi padre
sobre Bach:
· que se había quedado ciego por escribir música a la luz de
la luna;
· que cuando era maestro de coro en la parroquia, se quejaba
de que no todos los chicos podían cantar una segunda voz en contrapunto afinadamente
(cosa que hoy en día no puede hacer casi ningún chico ni grande del mundo, pero
en esa época en Alemania era moneda corriente);
· que cuando era jovencito viajó casi mil kilómetros para
escucharlo a Buxtehude, un maestro de órgano de su época, y aprender de él;
· que decía que “cualquiera que haga el mismo trabajo que
yo, llegará a los mismos resultados” (cuando uno analiza las partituras de
Bach, por ejemplo las de las suites orquestales, se da cuenta enseguida de que,
además de un talento sobrehumano, hay una enorme cantidad de trabajo puesta en
cada compás);
· que aunque quedaron más de mil obras, se perdieron muchos
cientos de obras de Bach; que los hijos empobrecidos, en los inviernos crudos,
usaban las partituras del padre para alimentar la salamandra o para tapar los
agujeros de las ventanas, y así se perdieron tesoros infinitos, obras tal vez
mejores que las que conocemos de él;
· que, sobre cualquier melodía que le proponían, por más
intrincada y difícil que fuera, era capaz de improvisar una fuga a cinco voces
(acá se reía mi padre, porque él sabía, aunque probablemente su interlocutor
no, que componer una fuga a cinco voces es algo que no puede hacer bien ningún
ser humano (salvo J.S.), y mucho menos de una, improvisando);
· que tuvo 20 hijos (no había tele ni yerba), siete con su
primera esposa y trece con la segunda, Ana Magdalena; y casi todos los hijos eran
músicos, aunque ninguno le llegó al padre a los tobillos;
· que uno de los hijos de Bach era borracho, y que una vez
en el bar alguien aseguró “Las partitas para violín de Bach son imposibles de
tocar” (una charla típica de bar), y entonces el hijo borrachín respondió, “Ah,
¿sí?” y tomando el violín del dueño del bar (típico de cualquier bar que se
precie, tener un violín a mano para los habitués) tocó, de memoria, todas las
partitas de violín de su padre;
· que los conciertos Brandenburgueses los compuso para un
ricachón que los compró para hacerlos pasar por suyos ante su esposa, pero
luego su esposa murió, y entonces el viudo nunca los hizo tocar, y ni Bach ni
ninguno de sus contemporáneos escuchó nunca esos conciertos;
· que las partitas para violonchelo solo las encontró de
pura casualidad Pau Casals (posiblemente el mejor violoncellista de la
historia) en un puestito de libros parisino, a la orilla del Sena, y las compró
por monedas;
· que los asesinos seriales de las películas son todos fanas
de Bach (en especial de las variaciones Goldberg) o de Beethoven, y eso lo
encabronaba, a mi padre;
· “Bach” significa, en alemán, “arroyo”; a Luisito Beethoven, cuando le preguntaron qué
opinaba de la música de Bach, respondió: “No es un arroyo: es un mar”;
· y así, etcétera, cientos de anécdotas cuya veracidad yo
estoy dispuesto a jurar sobre cualquier Biblia (los libros de Terramar, por
ejemplo).
Y también me dejó “grabaciones internas” de la música
clásica, que hacen que, para mí, invariablemente, la mejor forma de interpretar
una partitura sea como lo hubiera hecho Gustavo: no excesivamente rápido, no
pavoneándose de virtuosismo, sino degustando el tempo, dejando que respiren las
frases, a veces dudando durante una fracción de segundo antes de atacar un
acorde, o cambiando en el último instante, involuntariamente, una nota de la
escala. “Una maestra engripada con cinco años de conservatorio toca mejor a
Chopin que cualquier concertista japonés”, dijo o podría haber dicho mi padre,
y yo le creo. Por dar solo un ejemplo, cada versión grabada que escucho del
hermosísimo Intermezzo y la
Ballade del opus 118 de Brahms es mucho más perfectita y
rápida, y consecuentemente mucho más pobre e intrascendente, que como lo tocaba
Gustavo: se me eriza la piel solo de recordar cómo sonaba eso en el piano
vertical de la casa (alquilada) de mi infancia, con su si bemol desafinado en
la segunda octava y quemaduras de cigarrillo en algunas teclas. Se lo
perdieron, créanme.
Bueno, suficiente, vamos a hablar de la obra elegida hoy, la
“tocata y fuga en re menor”, sin dudas la más famosa obra para órgano de Bach.
Y estoy seguro, 100% seguro, de que NO es la mejor, pero ya no tengo a quien
preguntarle cuál sería una elección más acertada.
Porque es una obra de juventud (Bach tenía, con toda la
furia, 20 años cuando la compuso), y es atípica (probablemente la hizo Bach
como un chiste, para mostrar su sentido del humor musical, y también, posiblemente,
como una pieza diseñada para probar la capacidad “pulmonar” y el afinamiento de
un órgano). Al ser atípica y juvenil, de esta obra a menudo fue cuestionada la
autoría de Bach. Eso me causa, como le causaría a mi padre, risa. Porque es
como quien cuestiona que el Hamlet lo
escribiera Shakespeare, que la Odisea la hiciera
Homero o que las pirámides las hicieran los egipcios y sus esclavos.
Todos los habitantes de Stratford juntos no podrían haber
escrito Hamlet sin la colaboración de
Shakespeare, y los extraterrestres no podrían haber construido las pirámides
sin la inestimable ayuda de los egipcios. De la misma manera, nadie podría
componer esta tocata y fuga sin el aporte de su autor, quien es, a todas luces,
Bach. Escuchen la obra de cualquier músico contemporáneo o no de Bach, y luego
escuchen esta obra, y oirán las diferencias.
Repito: no es la mejor, pero es fácil de escuchar, es
divertida, y es memorable. El acorde inicial puede pasar desapercibido
escuchándolo en la compu, pero en un órgano de iglesia, con el “llaveo”
correcto, mueve las paredes y hace remolinos de viento que te rodean y te
despeinan (no estoy exagerando; o casi no estoy exagerando).
Bach fue el gran genio de las fugas. Una fuga es una
composición musical, típicamente barroca, armada a partir de un tema (es decir,
una breve línea melódica), y el tema se va repitiendo, en varias voces, de
forma que siempre, en cualquier momento, está sonando el tema principal, en
algún lado. Un canon (como “Arde Londres”, por un decir) sería un ejemplo
básico y elemental de fuga. Escuchen (y vean), por ejemplo, el comienzo de esta
“pequeña” fuga a 4 voces en sol menor (BWV 578). Los colores distintos marcan
las distintas voces que se van agregando y superponiendo:
(Recuerden que todo esto lo hace una sola persona, con un
solo instrumento musical. La voz de abajo, la que en el clip se ve celestita,
se toca con los pies, en la pedalera.)
Nuestro tema de hoy no comienza con la fuga, sino con una
composición libre, una “tocata”, es decir, un divertimento musical sin reglas,
como para “estirar los dedos”.
A los cuarenta segundo oirán el famoso acorde que ya
mencioné, y réplicas en 1:10, 1:16 y 2:30.
A los 2:50 comienza la fuga, con la presentación del temam
todo en semicorcheas (notas rápidas), que se ve, en el videoclip, como un
cuchillo tramontina apuntando a la izquierda. Y pueden ver cómo, en los
distintos colores-voces, se va repitiendo ese tema “cuchillo”. En el 3:48, por
ejemplo, el tema (en verde) lo hace la pedalera, bien grave, y les aseguro que
los pies del organista tienen que volar como los de una bailarina, para cumplir
con don Arroyo.
Luego hay muchas escalas, fuegos articificiales y fiorituras
(no “frituras”, sino “adornos”) y el tema va reapareciendo aquí y allá, y desde
el minuto 7 comienza la última sección libre, de pura “tocata”, alternando
imponentes acordes con escalas y corridas.
Aquí va, pues, la tocata y fuga en re menor (BWV 565; esta
sigla significa “índice de obras de Bach”, es solo un número de catálogo, usado
para ordenar las más de mil obras que se conservan de él):
Eso es todo por esta semana. Me despido hasta quizás siempre
y le devuelvo su blog al DJ, esperando no haber espantado a su selecta
(íntima, de tan selecta) audiencia.
Si alguna vez están en la ciudad de Buenos Aires y ven o visitan
la iglesia que está en Cabildo y Juramento, que se llama Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción
pero todos conocen, por su forma y barrio, como “La Redonda de Belgrano”,
déjenle un saludo a la memoria de Gustavo, mi viejo, que tocó el órgano allí
durante más de veinte años y era fan de Bach. Allí descansan sus restos, y aquí
conmigo resuena, brisa de un acorde vivo, su recuerdo.
“Fly me to the Moon”, de Bart Howard (1954) por
Frank Sinatra (1964)
A Sylvia Hiertz.
Extracto del capítulo 5 del libro “Cosas que no me interesan
- DJ Vago” (inédito):
· Los deportes en
general.
· El fútbol en
particular.
· El mundial de
fútbol, en específico.
· Que gane o que no
gane cualquier equipo en cualquier partido de lo que sea.
Y agrego, de un texto tomado de la página 237 del anexo
“Cosas que realmente odio”, dentro del libro citado:
· Las conversaciones y
debates sobre los deportes en general, el fútbol en particular y el mundial de
fútbol, en específico.
· La palabra “pasión”
aplicada a querer que gane un equipo de fútbol.
· La palabra “aliento”
aplicada a gritar incoherencias mientras se está disfrazado.
· La idea de que un
equipo o un jugador representa a un país.
· La idea de
relacionar el resultado de ese equipo con el destino, la historia, el futuro o
lo que sea, de dicho país.
· Emocionarse al
escuchar o cantar el himno, en el marco de un partido de lo que sea.
Aclarado esto, voy a hacer un mínimo comentario musical
sobre el mundial de fútbol de Brasil. Porque soy una persona seria y
actualizada (son quizá mis peores defectos), y me tomé el enorme trabajo de
mirar parte de la ceremonia inaugural, que me pareció colorinche y boluda, más
o menos como una obra teatral de jardín de infantes, pero sin la ternura e
inimputabilidad que suelen aportar los niños. Lo que esperaba era oír la canción
del mundial. A ver si levantaba la puntería respecto del “Waka-waka” de
Shakira, que ella presentó como propia, pero fue un robo a mano armada a una
canción camerunesa de los años 50, grabada en los ochentas por el grupo
Zangalewa:
https://www.youtube.com/watch?v=-IO6fpjDJY8
Entonces, me obligué a escuchar el tema de Pitbull. Lo
primero que me sorprendió fue que Pitbull no era un perro, sino un pelado
disfrazado de huevo duro. Pero enseguida lo escuché cantar, y comprobé que sí,
que era un perro nomás.
Lo segundo que me sorprendió es que a pesar de que las
madres de los tres intérpretes son latinas, el tema está cantado en inglés, no
en portugués ni en castellano.
Lo que no me sorprendió para nada es que el tema es
inescuchable, sin la menor gracia, con una letra que podría haber sido escrita
por una mascota, e interpretado tan desafinada y pobremente que hasta los
extras disfrazados de periquitos y vegetales que pululaban por el campo de
juego se tapaban los oídos con sus alas y sus brotes.
Si el Pájaro que Canta hasta Morir tuviera que cantar esto,
se suicidaría antes.
Lo tercero que sí me sorprendió es que, al igual que cuatro
años antes, la canción es un robo burdo, esta vez, de la archifamosa “Acuarela
do Brasil”, que luego sería conocida también como el tema de la película Brazil.
En la presentación del mundial, como para intentar hacerlo
pasar como un “homenaje”, empieza Claudia Leitte (una brasileña rubísima y de
buen cuerpo vestida con una malla azul, a la que con muy poco le alcanzó para ser
la que mejor canta del trío) cantando una parte de “Acuarela do Brasil”. Y
luego salen Pitbull (vestido de huevo) y Jennifer Lopez (vestida de helecho, y
con la misma capacidad musical) y empieza “We are one” (“Somos uno”), lo que
aullado a la vez por esas tres personas es casi una síntesis del dogma
cristiano.
Y no pude evitar darme cuenta de que la breve melodía que manotea
para no ahogarse entre los gritos y el seudo-rapeo reguetonero es una variante
(muy poco elaborada) de la melodía de “Acuarela”. Decí que, como gritan y
cantan tan mal, es difícil darse cuenta de que “We are one” es una canción, y
por lo tanto, más difícil aún reconocer que están copiando alevosamente otra
canción mejor y previa.
Y con ese acto de sacrificio auditivo, di por terminado el
mundial de fútbol 2014, en lo que a mí respecta. Súfranlo ustedes, yo ya quedo
eximido: me encierro con llave y pongo las partitas para cello de Bach en
continuado durante todo el mes, solo interrumpiendo ese ritual para dormir mis
catorce horitas diarias, ir a la oficina y escuchar ochenta o noventa veces
cada tema semanal de los elegidos para el blog. Hasta ahí llega mi “pasión” y
mi “aliento” futboleros. No sé cuándo juega nadie, así que no me pregunten. Ni
me cuenten. Al finalizar el mundial me enteraré de quién ganó y me diré, en voz
baja: “Ah, mirá vos”. Hasta ahí llego, no me pidan que cabecee.
Listo, pasemos al tema de hoy: por la cuarta entrega de la
serie “La palabra con F”, hoy vamos con “Fly me to the Moon” (“Volame hasta la Luna”), en la versión de
Frank Sinatra. Las palabras con F de esta semana son fly, Frank y, ya que
estamos, fútbol (hasta en la sopa).
Frank hacía las canciones con una onda muy de salón de los cincuentas,
canchera y sobradora, pero tenía con qué. Lo llaman “La Voz”, y aunque hubo y hay
otras voces en el mundo, no se puede discutir que él tenía una gran voz. No
cualquiera puede cantar como Sinatra (mírenlo a Bublé, por ejemplo, que trata y
trata y no hay caso).
Esta canción fue muy, muy versionada. Porque es, a pesar de
su brevedad, memorable en su propuesta. El cantor le habla a lo que vendría ser
su enamorada, pidiéndole que lo saque de este mundo, que lo lleve bien lejos
(posiblemente, porque no se aguanta el mundial de fútbol): a la Luna como primera parada,
pero luego a Marte, Júpiter, las estrellas, todo el tour.
Nos damos cuenta, entonces, que la enamorada no es humana. Tiene
que ser alienígena, no hay otra. Esta canción se encuadra entonces en la
ciencia ficción (como los cuartetos cordobeses ya comentados en diciembre
pasado “¿Quién se ha tomado todo el vino?” y “La cabaña”), y presenta una
simpática pareja “mixta” entre humano y alienígena, como la pareja de Robin “Cualquier
Bondi me Deja Bien” y “Lagartija” Willy en la clásica serie “V invasión
extraterrestre”.
Él, el humano, se va armando las vacaciones confiando en que
ella lo llevará en su citroneta espacial, pero aún no puede creer del todo en
su suerte. Y entonces, al igual que la gallega del GPS que dice “recalculando”,
él reformula y plantea “en otras palabras” y con cierta desesperación: “por
favor, existí de verdad”. Y por si eso no fuera poco, vuelve a reformular,
aclarando sus motivos: “en otras palabras: te amo”.
“En otras palabras” era el título original de la canción,
pero enseguida todo el mundo la empezó a llamar por el primer verso, “volame
hasta la luna”, y así quedó finalmente el título.
Y está muy bien, en definitiva, lo que dice y redice la
canción, porque cuando uno adora, idolatra y anhela a alguien más que a nada, cada
día es una aventura única, y tomarse de la mano o darse un beso puede sentirse
como un viaje interplanetario con todos los chiches. Y uno pide (o, si quiere
mantener un poco de dignidad, piensa): por favor, existí de verdad. Que, por
supuesto, es casi lo mismo que decir te
quiero.
· Escena de la (mala) película “Abajo el amor”, con Renée
Zelwegger + Ewan McGregor, en la que mezclan (bien) la versión bossa-nova
“femenina” de Astrud Gilberto con la versión “masculina” de Sinatra, mientras
ambos se preparan para una cita:
· Una de las 26 versiones de esta canción utilizadas como
cierre de los capítulos del animé japonés “Evangelion” (mi hermana Peti, la sexta,
la maestra jardinera, es fanática de esos dibujitos):
https://www.youtube.com/watch?v=rCyDIe1F1BY
Y eso es todo, me voy me voy me fui, ahí los dejo en su
planeta azul inundado de pelotas. Que les sea leve.
En otras palabras, me vuelo hasta el próximo Lunes,