solo un tema por semana,
y con que le guste al diyei alcanza

lunes, 7 de julio de 2014

[86] El test de preguntemia le dio por las nubes


“Amanece en la ruta”, de Suéter, en su álbum “Lluvia de gallinas” (1984)



Hacía mucho (casi un año) que no había rock argentino por acá, así que vamos esta semana con un tema emblemático del rock nacional en los ochentas: “Amanece en la ruta”.



Lo que llamamos “rock nacional” es una gran bolsa de gatos en la que entran desde piezas maravillosas de música y poesía inolvidables hasta unos bodrios insufribles, infumables e inolvidables pero en el mal sentido. Bueno: aun en un género tan amplio y heterogéneo, esta es una canción extraña, una mezcla de panfleto esotérico, trip hippie y propaganda de SITEA-“Luchemos por la vida”.

https://www.youtube.com/watch?v=0qaVdtwbUvo

Los autores de este tema son el grupo Suéter (liderados por Miguel Zavaleta), quienes la verdad, más allá de algunos tibios éxitos (“Vía México”, “Extraño ser” y algunos pocos más), no puede decirse que hayan destacado demasiado.



Excepto, por supuesto, por esta canción, que sí tuvo un gran suceso y sigue siendo escuchada y recordada y versionada (en 2005, Fabiana Cantilo la incluyó en su disco Inconsciente colectivo, que es muy buenísimo).

En la primera estrofa, el narrador amanece en la ruta. No sabe bien dónde está (geográficamente), porque se durmió mientras viajaba en auto. Uno esperaría que no fuera él mismo quien estuviera manejando: conducir borracho es desaconsejable, pero mucho más lo es conducir dormido.

Sin embargo, en la canción no hay ninguna mención a los demás pasajeros (excepto, en la tercera estrofa, un único y sutil verbo en plural, “aceleramos”); la canción está en primera persona, todo lo que se cuenta es a partir de la turbia percepción del cantor.

Que se durmió muy profundamente y soñó que estaba en el mismo auto (aunque inmediatamente se rectifica: “no, no era este, el auto, porque el de mi sueño estaba todo roto, y prendido fuego”). Y ahora, al despertarse de esa pesadilla, se ve que está medio boleado, igual que yo cuando recién me despierto de mis siestas de cuatro horas: todo a su alrededor le parece extraño, curioso y hermoso. Y piensa, mientras lo rodea su sopor amaneciente, con frases lisérgicas y de pobre sintaxis:

· “Este paisaje es tan extraño, se parece al de un tren eléctrico”. ? ¿Lo qué? Uno supone que se refiere, ponele, al paisaje borroso que podría verse desde la ventanilla de un tren muy rápido.

· “Esos árboles tienen contornos: darme cuenta es tan hermoso”. ? ¿Lo qué? Acá ya es difícil suponer cualquier sentido, lo más sencillo es concluir que algo tomó mientras viajaba, el quía, y no precisamente mate cocido.

· “En un soplo veo proyectado, como un film, toda mi vida”. Esto se entiende perfecto: lástima que no le pega la concordancia sintáctica.

· “Ya no sé si el cielo está arriba, abajo o dentro de mí”. La cabeza (y/o el auto) le da vueltas.

· “Y aunque el paisaje sea tan extraño, creo haber estado aquí”. Siente un deyavú. Que ya estuvo antes allí, en ese paisaje tan extraño de amanecer en la ruta. Pero si es cierto, si ya estuvo allí antes, ¿cuándo fue?

Eso no se responde, es solamente una pregunta más entre las muchas que asaltan la atormentada mente del cantor, y que se expresan en un notable estribillo, compuesto únicamente por preguntas que se suman, se chocan, se revuelven y se apelmazan unas contra otras:

¿(A)dónde voy?
¿Dónde estoy?
¿Quién soy yo?
¿Qué hora es?
¿Dónde estaré?

Fíjense que no está seguro de quién es. Ni siquiera sabe qué hora es, a pesar de que un momento antes dijo que estaba amaneciendo… aunque en la estrofa siguiente aclara (oscureciendo) que “si afuera no es de noche, tampoco es de día”.

Y a pesar de tener 2,7 de preguntemia en sangre, el cantor se siente bárbaro: “no hay tristezas, tan solo alegrías en mi corazón”. Y más adelante insiste con la alegría: “solo (siento) alegría, paz y armonía, y esa luz que es tan tibia”.

A esta altura de la suaré, ya estamos sospechando que algo no está muy bien, en esta escena, porque la descripción empieza a parecerse en forma alarmante a los relatos sobre el túnel luminoso, las luces celestiales y demás motivos de tránsito hacia el más allá…

Y entonces, para que no nos quedemos con la duda, finalmente el cantor se da cuenta de lo que sucede, y nos lo cuenta: “y bien comprendo, eso no era un sueño, en ese auto estaba yo / y ese auto estaba todo roto y con fuego en su interior”. O sea: hubo un accidente de auto (sumemos preguntas: ¿causado por él mismo?) y él murió (¿solo él?) y ahora está hablando desde el más allá… del que no sabemos gran cosa, excepto que allí “los árboles tienen contornos”, lo cual, por supuesto, nos deja muchas más preguntas que certezas.

Si este tema fuera una película (y es, por cierto, muy visual y cinematográfico), sería un thriller psicológico, onda “El maquinista”, “El cisne negro” o “Sexto sentido”.

Pero aquí, a diferencia de las citadas películas, tras la (bancame un rato que leo sílaba a sílaba lo que me anotó mi hermana la cuarta: a-nag-no-ri-sis). Decía, tras la anagnórisis (el descubrimiento que te vuela la cabeza), Suéter tuvo el acierto de repetir el estribillo y cerrar la canción con esas preguntas, que vencen a cualquier descubrimiento y lo trascienden: lo más importante es lo que no sabemos, lo que morimos por saber, lo que probablemente nunca sabremos a ciencia cierta.



Amanece en la ruta

Amanece en la ruta,
no me importa dónde estoy.
Me he dormido viajando
y he soñado tan intenso.
Y en ese sueño yo me veía
en este auto, pero no,
no era el mismo porque estaba
todo roto en su interior.

Este paisaje es tan extraño,
se parece al de un tren eléctrico,
esos árboles tienen contornos,
darme cuenta es tan hermoso.
Y en ese sueño yo me veía
en este auto, pero no,
no era el mismo porque tenía
fuego en su interior, en su interior.

A medida que aceleramos
mis recuerdos me estremecen,
y en un soplo veo proyectado
como un film toda mi vida.
Ya no sé si el cielo está arriba,
abajo o dentro de mí
y aunque el paisaje sea tan extraño
creo haber estado aquí.

¿Dónde voy?
¿Dónde estoy?
¿Quién soy yo?
¿Qué hora es?
¿Dónde estaré?

Si afuera no es noche,
tampoco es de día,
no hay tristezas,
tan solo alegrías
en mi corazón.

Y ahora todo es una luz tan clara
que a mi lado ya no hay nada,
solo alegría, paz y armonía
y esa luz que es tan tibia.
Y bien comprendo eso no era un sueño:
en ese auto estaba yo,
y ese auto estaba todo roto
y con fuego en su interior.

¿Dónde voy?
¿Dónde estoy?
¿Quién soy yo?
¿Qué hora es?
¿Dónde estaré?


Como bonus, acá va el cover mencionado de Fabiana Cantilo:



Sin saber cómo, por qué ni hasta cuándo, sale despedido hasta quién sabe dónde:

¿DJ Vago?

martes, 1 de julio de 2014

[85] Me voy (a quedar acá)


 
“Islands”, por The xx, en su disco xx (2009)



Ningún hombre es una isla, entero por sí mismo; cada persona es un pedazo del continente, una parte del todo. Si un montoncito de tierra es llevado por el mar, toda Europa queda reducida, como si se hubiera perdido un promontorio, o la casa de tu amigo, o tu propia casa. La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy involucrado en la humanidad; y por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas: están sonando por ti.

John Donne (1572-1631), en Meditaciones sobre ocasiones emergentes.



Pedí vacaciones adelantadas en la oficina y me confiné durante diez días en un rincón de la Isla de los Estados, esperando no ser rescatado y que al volver el mundial de fútbol hubiera concluido. Volví en mi balsa hoy martes, y no había un alma en la ciudad. Pensé que había concluido no solo el mundial, sino también la humanidad. Una bomba de neutrones, un virus zombie eran opciones a considerar. Pero enseguida se escuchó una tromba y salió la gente a los gritos, como bichos de una madriguera incendiada, y todos gritaban porque (aparentemente) el equipo argentino le ganó un partido a alguien. Y todos hablaban del Papa, de Dios, de un Ángel y de María. Y agitaban carteles con la foto de Kafka vestido de celeste y blanco.



Ahí me di cuenta de que el mundial es más largo de lo que pensaba, y por lo tanto, de que me adelanté en regresar de mi isla. Pero ya que estoy, y como no estoy seguro aún de si voy a regresar a mi oficina o voy a quemar los puentes, acá va el posteo semanal.

Que comenzó con la cita de John Donne, que me pasó mi hermana la tercera. Es una frase muy bella, por cierto, pero no tiene nada que ver con el tema de esta semana. O tal vez sí, pero me da fiaca buscar las conexiones.

La canción de hoy no es especialmente alegre. Aunque para el género del que forma parte, bastante alegre es. Pertenece al grupo indie británico “Los equis equis” (“The xx”), integrado por tres veinteañeros emos: Romy Madley Croft (la chica que canta), Oliver Sim (el guitarrista que canta, pobre, tiene apellido de jueguito de realidad virtual) y Jamie Smith, también conocido como Jamie xx, callado y concentrado en los teclados. Forma parte de su primer disco, titulado, ultraimaginativamente: xx.



El tema habla, pareciera, de una relación amorosa. Y habla de esa relación como de un lugar: una isla. Una isla conocida, a la que (después de mucho andar y recorrer) se regresa; y se descubre, al hacerlo, que es nuestro lugar en el mundo y que, puesto que llegamos aquí, ya nunca deberemos viajar a ningún otro lado. Y entonces se quema el único puente (que podría conducir a otros lugares, a otras relaciones amorosas) y se acepta el riesgo de que, si la isla se hundiera, uno se hundiría también con ella. Y se aclara que “ya nunca exploraré”, pues “soy tuyo ahora” (o “tuya”, por supuesto: la letra es válida para cualquier género humano). Y todas las personas somos, cierta forma, islas a punto de hundirnos. No es una forma alegre de ver el asunto, pero no está mal tampoco.

Todo esto, cantado en un tono tirando a lánguido, sin abrir mucho la boca y sin esforzarse mucho, sobre una base rítmica siempre igual, en 4/4, sin estridencias.

El videoclip es súperinteresante también, y en cierta forma contradice a la propia canción, poniendo en duda eso de “ya no necesito irme más”, y haciendo que nos preguntemos si no hubiera sido más prudente dejar el puente en pie.



Sobre un escenario blanco y negro con un fondo de letras equis y con un sillón por toda escenografía, nueve personas hacen una compleja coreo. Los tres integrantes de la banda están sentados en el sillón, con una cara de embole total, como si les hubieran metido un gol en el alargue. Alrededor, seis bailarines; dos de ellos se dan un beso, y luego ese beso genera, como una onda expansiva, el baile y los movimientos de todos los demás. Esos movimientos duran exactamente cuatro compases.

Al comenzar el quinto compás, la escena vuelve a iniciarse. Y luego, cuatro compases después, otra vez la misma escena. Y así, vez tras vez, un nuevo beso (que es siempre el mismo beso), un nuevo baile (el mismo baile).

Hay 19 besos en dos minutos: es, propongo, el récord Guinnes de besos en un videoclip (pero como de costumbre, me da fiaca comprobarlo, y mucho más informarle a don Guinnes sobre el asunto).

Y todo se repite siempre igual, como en “El día de la marmota” (otra de las películas favoritas de mi hermana la quinta). Pero a la vez, en cada repetición de la escena hay pequeñas diferencias, cosas que no son exactamente igual que antes. Y esas pequeñas diferencias se van acumulando, hasta que de pronto ya no hay beso, el engranaje de movimientos y relaciones se hunde irremediablemente, la gente se harta y se va, y al final de todo, de los nueve que había quedan solamente dos (y ninguno de ellos es de los besuqueadores), rodeados de llamas, bailando en el Titanic, o similar.



Islands

I don't have to leave anymore
What I have is right here
Spend my nights and days before
Searching the world for what's right here

Underneath and unexplored
Islands and cities I have looked
Here I saw
Something I couldn't over look

I am yours now
So now I don't ever have to leave
I've been found out
So now I'll never explore

See what I've done
That bridge is on fire
Back to where I've been
I'm froze by desire
No need to leave

Where would I be
If this were to go under?
That's a risk I'd take
I'm froze by desire
As if a choice I'd make

And I am yours now
So now I don't ever have to leave
I've been found out
So now I'll never explore

I am yours now
So now I don't ever have to leave
I've been found out
So now I'll never explore

So now I'll never explore.
Islas

Ya no tengo que irme más.
Lo que tengo está aquí mismo.
Gasté mis noches y días, antes,
buscando por el mundo lo que está justo acá.

Debajo e inexplorado.
Por islas y ciudades busqué.
Aquí veo
algo que no puedo pasar por alto.

Soy tuyo ahora,
así que nunca deberé irme.
He sido descubierto,
así que ya nunca exploraré.

Mirá lo que hice:
ese puente está en llamas.
De vuelta donde había estado,
congelado por el deseo,
no hay necesidad de irse.

¿Adónde iría
si esto se viniera abajo?
Es un riesgo que voy a tomar,
estoy congelado por el deseo,
como si fuera una elección mía.

Y soy tuyo ahora,
así que nunca deberé irme.
He sido descubierto,
así que ya nunca exploraré.

Soy tuyo ahora,
así que nunca deberé irme.
He sido descubierto,
así que ya nunca exploraré.

Así que ya nunca exploraré.



Es un clip de contradicción, para una canción de seguridades. El resultado es conflictivo/conflictuado, como la vida misma. Y algo interesante se podría concluir a partir de todo esto, pero me da fiaca averiguar qué.

Prefiero irme hacia aquí mismo y nunca más explorar.

Hasta la próxima isla,

DJ Vago


lunes, 23 de junio de 2014

[84] No es un arroyo, es un mar

“Tocata y fuga en re menor” (BWV 565), de Johann Sebastian Bach (aprox. 1705)



A la memoria de Gustavo Hugo Vargas.



El DJ Vago se tomó unas súbitas vacaciones (su mayor talento es el ocio) y me cedió su espacio hoy para hablar de Bach y de mi padre, fallecido el miércoles pasado. De uno para llegar al otro. Y viceversa. Tienen permiso para no leer este post, por supuesto: ciertamente no será tan alegre ni tan entretenido como los que hace el DJ, pero es algo que necesito hacer. Para mí mismo, aunque muy pocos más lo lean.

Johann Sebastian Bach nació en Alemania y vivió entre 1685 y 1750. Con sus 65 años de vida fue, de los grandes músicos de la historia, probablemente el más longevo. Murió ciego, a causa de lo que se cree (hoy en día) que fue una diabetes no diagnosticada.


Mi viejo era músico también, y diabético, y tocaba el órgano en una parroquia, y aunque vivió apenas algunos años extra de los 65, no voy a proponer aquí que era tan genial como Bach. El único que podría pelear ese partido mano a mano es Mozart, que, por cierto, conoció y admiraba a Bach (que le llevaba 30 años de edad, y a quien Wolfgang llamaba, con tono burlón pero con admiración sincera, “Papá Bach”).

Gustavo admiró también a Bach durante toda su vida. Yo me llamo Sebastián en honor a Johann Sebastian. Durante toda mi vida escuché a mi padre tocar el piano, y luego el órgano. Me enseñó a apreciar la música. Y a escuchar música, lo que aunque no parezca requiere una cierta técnica, un ejercicio. Mi viejo nunca fue un profesor (aunque había estudiado piano durante quince años, nunca le interesó dar exámenes ni recibir títulos) ni un concertista (tampoco le interesó tocar en público, excepto en la iglesia), ni un compositor (escribió unas pocas piezas, pero no eran muy buenas). No era tampoco un virtuoso.

Lo que sí era: un trabajador de la música (¡como Bach!), capaz de ir sin falta cada fin de semana y comerse cinco misas en dos días, tocando canciones sencillas, muy por debajo de sus posibilidades; pero después, como tenía la llave del órgano, iba algún día hábil durante la semana a la iglesia vacía y tocaba las más complejas y maravillosas composiciones de Bach para órgano, sin ningún público, solo para él y algún escucha ocasional.

Gustavo tenía la increíble capacidad de leer a primera vista cualquier partitura. Le ponías delante la partitura de lo que fuera y la tocaba, así, sin ensayar, sin dudar. Podía pifiar alguna nota, si la pieza era muy difícil. Pero la tocaba, incluso obras tremendamente complejas, como las sonatas de Beethoven o las fugas a 3 y 4 voces de Bach o los nocturnos de Chopin o los conciertos de Shostakovich o lo que fuera. Y les juro, créanme, que sonaban muy bien. No perfectas, pero con alma. Eso, leer música a primera vista, puede parecer algo fácil, pero créanme que no lo es. Yo estudié más de diez años de guitarra y no podía tocar, leyendo a primera vista, ni el “Greensleeves”. Y él tocaba a primera vista obras de órgano, que implican leer (¡y ejecutar con las manos y los pies!) a la vez tres pentagramas (con distintas claves).

Tenía también oído absoluto. Lo podías parar por la calle y, en vez de pedirle la hora, pedirle un la 440 y él te lo daba con la seguridad de un diapasón.

Podía, al escuchar cualquier obra musical clásica, decir inmediatamente quién era su autor (yo también puedo hacer eso, pero me equivoco muchas veces: él no le erraba casi nunca).

Tenía una idea un poco (muy) restrictiva de la música: dejaba afuera de ella todo lo que se cataloga hoy en día como “música comercial”. “Eso no es música”, decía, y andá a convencerlo de otra cosa. Lo más moderno que aceptaba eran los Beatles, a quienes consideraba músicos aceptables, aunque afirmaba que “le copiaron todo a Bach”.



Y podía, lo cual no es nada sencillo, tocar un órgano de iglesia. Para los que no sepan qué significa eso: es un instrumento que tiene dos teclados y una pedalera (se toca, a la vez, con las manos y los pies), y además, unas veinte o treinta “llaves”, que son interruptores que accionan, cada uno, un juego de tubos diferente. Cada llave tiene un nombre: “Clarinete”, “Trompeta”, “Tutti”, “Basso 8”, "Basso 16", “Flautín”, “Contrabajo”, "Flauta 8", “Cielo”, “Cuerdas”, etcétera etcétera. Y los tubos no suenan exactamente como un clarinete, un contrabajo o una trompeta, pero se acercan bastante. Y por supuesto, todos estos juegos de tubos se superponen: pueden sonar dos, tres, diez o todos a la vez, según quiera el ejecutante. En cada momento de la obra, el organista acciona diferentes llaves, y eso hace que el órgano pueda sonar como un ejército de elefantes bajando en pogo desde un volcán erupcionado, o como una filigrana de seda casi inaudible descongándose de las alturas celestiales. Y buena parte del arte del organista, además de tocar bien la pieza, es seleccionar cómo debe sonar cada parte de la obra.


Durante toda mi vida escuché de mi padre, además de la música que hacía, anécdotas de músicos. De Bach, y de otros. Decía esas anécdotas como si fueran de gente cercana, de personas de la familia. Me contaba, por ejemplo, que Beethoven, cuando era un pibe, fue a tomar una clase de piano con Mozart (que ya era un adulto de casi treinta), y que al escuchar a Beethoven aporrear las teclas con furia, Mozart pronosticó: “Este muchacho hará mucho ruido”. Y al terminar de decir estas anécdotas, invariablemente, Gustavo se reía, por más que muchas veces su interlocutor no entendiera el chiste (Beethoven es, para quien lo conoce, un músico “ruidoso”). O contaba que Schubert componía canciones en los bares a cambio del desayuno, y que era más probable que a Mozart lo hubiera envenenado su esposa que Antonito Salieri.

De Bach, por ejemplo, yo leí un par de biografías. Pero les aseguro que no me acuerdo nada de ellas; ni una palabra. No puedo borrar de mi memoria, sin embargo, cada cosa, cada pequeña anécdota que me dijo mi padre sobre Bach:

· que se había quedado ciego por escribir música a la luz de la luna;

· que cuando era maestro de coro en la parroquia, se quejaba de que no todos los chicos podían cantar una segunda voz en contrapunto afinadamente (cosa que hoy en día no puede hacer casi ningún chico ni grande del mundo, pero en esa época en Alemania era moneda corriente);

· que cuando era jovencito viajó casi mil kilómetros para escucharlo a Buxtehude, un maestro de órgano de su época, y aprender de él;

· que decía que “cualquiera que haga el mismo trabajo que yo, llegará a los mismos resultados” (cuando uno analiza las partituras de Bach, por ejemplo las de las suites orquestales, se da cuenta enseguida de que, además de un talento sobrehumano, hay una enorme cantidad de trabajo puesta en cada compás);

· que aunque quedaron más de mil obras, se perdieron muchos cientos de obras de Bach; que los hijos empobrecidos, en los inviernos crudos, usaban las partituras del padre para alimentar la salamandra o para tapar los agujeros de las ventanas, y así se perdieron tesoros infinitos, obras tal vez mejores que las que conocemos de él;

· que, sobre cualquier melodía que le proponían, por más intrincada y difícil que fuera, era capaz de improvisar una fuga a cinco voces (acá se reía mi padre, porque él sabía, aunque probablemente su interlocutor no, que componer una fuga a cinco voces es algo que no puede hacer bien ningún ser humano (salvo J.S.), y mucho menos de una, improvisando);

· que tuvo 20 hijos (no había tele ni yerba), siete con su primera esposa y trece con la segunda, Ana Magdalena; y casi todos los hijos eran músicos, aunque ninguno le llegó al padre a los tobillos;

· que uno de los hijos de Bach era borracho, y que una vez en el bar alguien aseguró “Las partitas para violín de Bach son imposibles de tocar” (una charla típica de bar), y entonces el hijo borrachín respondió, “Ah, ¿sí?” y tomando el violín del dueño del bar (típico de cualquier bar que se precie, tener un violín a mano para los habitués) tocó, de memoria, todas las partitas de violín de su padre;

· que los conciertos Brandenburgueses los compuso para un ricachón que los compró para hacerlos pasar por suyos ante su esposa, pero luego su esposa murió, y entonces el viudo nunca los hizo tocar, y ni Bach ni ninguno de sus contemporáneos escuchó nunca esos conciertos;

· que las partitas para violonchelo solo las encontró de pura casualidad Pau Casals (posiblemente el mejor violoncellista de la historia) en un puestito de libros parisino, a la orilla del Sena, y las compró por monedas;

· que los asesinos seriales de las películas son todos fanas de Bach (en especial de las variaciones Goldberg) o de Beethoven, y eso lo encabronaba, a mi padre;

· “Bach” significa, en alemán, “arroyo”; a  Luisito Beethoven, cuando le preguntaron qué opinaba de la música de Bach, respondió: “No es un arroyo: es un mar”;

· y así, etcétera, cientos de anécdotas cuya veracidad yo estoy dispuesto a jurar sobre cualquier Biblia (los libros de Terramar, por ejemplo).




Y también me dejó “grabaciones internas” de la música clásica, que hacen que, para mí, invariablemente, la mejor forma de interpretar una partitura sea como lo hubiera hecho Gustavo: no excesivamente rápido, no pavoneándose de virtuosismo, sino degustando el tempo, dejando que respiren las frases, a veces dudando durante una fracción de segundo antes de atacar un acorde, o cambiando en el último instante, involuntariamente, una nota de la escala. “Una maestra engripada con cinco años de conservatorio toca mejor a Chopin que cualquier concertista japonés”, dijo o podría haber dicho mi padre, y yo le creo. Por dar solo un ejemplo, cada versión grabada que escucho del hermosísimo Intermezzo y la Ballade del opus 118 de Brahms es mucho más perfectita y rápida, y consecuentemente mucho más pobre e intrascendente, que como lo tocaba Gustavo: se me eriza la piel solo de recordar cómo sonaba eso en el piano vertical de la casa (alquilada) de mi infancia, con su si bemol desafinado en la segunda octava y quemaduras de cigarrillo en algunas teclas. Se lo perdieron, créanme.

Bueno, suficiente, vamos a hablar de la obra elegida hoy, la “tocata y fuga en re menor”, sin dudas la más famosa obra para órgano de Bach. Y estoy seguro, 100% seguro, de que NO es la mejor, pero ya no tengo a quien preguntarle cuál sería una elección más acertada.

Porque es una obra de juventud (Bach tenía, con toda la furia, 20 años cuando la compuso), y es atípica (probablemente la hizo Bach como un chiste, para mostrar su sentido del humor musical, y también, posiblemente, como una pieza diseñada para probar la capacidad “pulmonar” y el afinamiento de un órgano). Al ser atípica y juvenil, de esta obra a menudo fue cuestionada la autoría de Bach. Eso me causa, como le causaría a mi padre, risa. Porque es como quien cuestiona que el Hamlet lo escribiera Shakespeare, que la Odisea la hiciera Homero o que las pirámides las hicieran los egipcios y sus esclavos.

Todos los habitantes de Stratford juntos no podrían haber escrito Hamlet sin la colaboración de Shakespeare, y los extraterrestres no podrían haber construido las pirámides sin la inestimable ayuda de los egipcios. De la misma manera, nadie podría componer esta tocata y fuga sin el aporte de su autor, quien es, a todas luces, Bach. Escuchen la obra de cualquier músico contemporáneo o no de Bach, y luego escuchen esta obra, y oirán las diferencias.

Repito: no es la mejor, pero es fácil de escuchar, es divertida, y es memorable. El acorde inicial puede pasar desapercibido escuchándolo en la compu, pero en un órgano de iglesia, con el “llaveo” correcto, mueve las paredes y hace remolinos de viento que te rodean y te despeinan (no estoy exagerando; o casi no estoy exagerando).

Bach fue el gran genio de las fugas. Una fuga es una composición musical, típicamente barroca, armada a partir de un tema (es decir, una breve línea melódica), y el tema se va repitiendo, en varias voces, de forma que siempre, en cualquier momento, está sonando el tema principal, en algún lado. Un canon (como “Arde Londres”, por un decir) sería un ejemplo básico y elemental de fuga. Escuchen (y vean), por ejemplo, el comienzo de esta “pequeña” fuga a 4 voces en sol menor (BWV 578). Los colores distintos marcan las distintas voces que se van agregando y superponiendo:



(Recuerden que todo esto lo hace una sola persona, con un solo instrumento musical. La voz de abajo, la que en el clip se ve celestita, se toca con los pies, en la pedalera.)

Nuestro tema de hoy no comienza con la fuga, sino con una composición libre, una “tocata”, es decir, un divertimento musical sin reglas, como para “estirar los dedos”.
A los cuarenta segundo oirán el famoso acorde que ya mencioné, y réplicas en 1:10, 1:16 y 2:30.

A los 2:50 comienza la fuga, con la presentación del temam todo en semicorcheas (notas rápidas), que se ve, en el videoclip, como un cuchillo tramontina apuntando a la izquierda. Y pueden ver cómo, en los distintos colores-voces, se va repitiendo ese tema “cuchillo”. En el 3:48, por ejemplo, el tema (en verde) lo hace la pedalera, bien grave, y les aseguro que los pies del organista tienen que volar como los de una bailarina, para cumplir con don Arroyo.

Luego hay muchas escalas, fuegos articificiales y fiorituras (no “frituras”, sino “adornos”) y el tema va reapareciendo aquí y allá, y desde el minuto 7 comienza la última sección libre, de pura “tocata”, alternando imponentes acordes con escalas y corridas.

Aquí va, pues, la tocata y fuga en re menor (BWV 565; esta sigla significa “índice de obras de Bach”, es solo un número de catálogo, usado para ordenar las más de mil obras que se conservan de él):



Eso es todo por esta semana. Me despido hasta quizás siempre y le devuelvo su blog al DJ, esperando no haber espantado a su selecta (íntima, de tan selecta) audiencia.

Si alguna vez están en la ciudad de Buenos Aires y ven o visitan la iglesia que está en Cabildo y Juramento, que se llama Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción pero todos conocen, por su forma y barrio, como “La Redonda de Belgrano”, déjenle un saludo a la memoria de Gustavo, mi viejo, que tocó el órgano allí durante más de veinte años y era fan de Bach. Allí descansan sus restos, y aquí conmigo resuena, brisa de un acorde vivo, su recuerdo.


Sebastián Vargas


lunes, 16 de junio de 2014

[83] Paren el mundo, me quiero bajar


“Fly me to the Moon”, de Bart Howard (1954) por Frank Sinatra (1964)

A Sylvia Hiertz.


Extracto del capítulo 5 del libro “Cosas que no me interesan - DJ Vago” (inédito):

· Los deportes en general.
· El fútbol en particular.
· El mundial de fútbol, en específico.
· Que gane o que no gane cualquier equipo en cualquier partido de lo que sea.

Y agrego, de un texto tomado de la página 237 del anexo “Cosas que realmente odio”, dentro del libro citado:

· Las conversaciones y debates sobre los deportes en general, el fútbol en particular y el mundial de fútbol, en específico.
· La palabra “pasión” aplicada a querer que gane un equipo de fútbol.
· La palabra “aliento” aplicada a gritar incoherencias mientras se está disfrazado.
· La idea de que un equipo o un jugador representa a un país.
· La idea de relacionar el resultado de ese equipo con el destino, la historia, el futuro o lo que sea, de dicho país.
· Emocionarse al escuchar o cantar el himno, en el marco de un partido de lo que sea.


Aclarado esto, voy a hacer un mínimo comentario musical sobre el mundial de fútbol de Brasil. Porque soy una persona seria y actualizada (son quizá mis peores defectos), y me tomé el enorme trabajo de mirar parte de la ceremonia inaugural, que me pareció colorinche y boluda, más o menos como una obra teatral de jardín de infantes, pero sin la ternura e inimputabilidad que suelen aportar los niños. Lo que esperaba era oír la canción del mundial. A ver si levantaba la puntería respecto del “Waka-waka” de Shakira, que ella presentó como propia, pero fue un robo a mano armada a una canción camerunesa de los años 50, grabada en los ochentas por el grupo Zangalewa:

https://www.youtube.com/watch?v=-IO6fpjDJY8




Entonces, me obligué a escuchar el tema de Pitbull. Lo primero que me sorprendió fue que Pitbull no era un perro, sino un pelado disfrazado de huevo duro. Pero enseguida lo escuché cantar, y comprobé que sí, que era un perro nomás.
Lo segundo que me sorprendió es que a pesar de que las madres de los tres intérpretes son latinas, el tema está cantado en inglés, no en portugués ni en castellano.
Lo que no me sorprendió para nada es que el tema es inescuchable, sin la menor gracia, con una letra que podría haber sido escrita por una mascota, e interpretado tan desafinada y pobremente que hasta los extras disfrazados de periquitos y vegetales que pululaban por el campo de juego se tapaban los oídos con sus alas y sus brotes.
Si el Pájaro que Canta hasta Morir tuviera que cantar esto, se suicidaría antes.
Lo tercero que sí me sorprendió es que, al igual que cuatro años antes, la canción es un robo burdo, esta vez, de la archifamosa “Acuarela do Brasil”, que luego sería conocida también como el tema de la película Brazil.


En la presentación del mundial, como para intentar hacerlo pasar como un “homenaje”, empieza Claudia Leitte (una brasileña rubísima y de buen cuerpo vestida con una malla azul, a la que con muy poco le alcanzó para ser la que mejor canta del trío) cantando una parte de “Acuarela do Brasil”. Y luego salen Pitbull (vestido de huevo) y Jennifer Lopez (vestida de helecho, y con la misma capacidad musical) y empieza “We are one” (“Somos uno”), lo que aullado a la vez por esas tres personas es casi una síntesis del dogma cristiano. 








Y no pude evitar darme cuenta de que la breve melodía que manotea para no ahogarse entre los gritos y el seudo-rapeo reguetonero es una variante (muy poco elaborada) de la melodía de “Acuarela”. Decí que, como gritan y cantan tan mal, es difícil darse cuenta de que “We are one” es una canción, y por lo tanto, más difícil aún reconocer que están copiando alevosamente otra canción mejor y previa.



Y con ese acto de sacrificio auditivo, di por terminado el mundial de fútbol 2014, en lo que a mí respecta. Súfranlo ustedes, yo ya quedo eximido: me encierro con llave y pongo las partitas para cello de Bach en continuado durante todo el mes, solo interrumpiendo ese ritual para dormir mis catorce horitas diarias, ir a la oficina y escuchar ochenta o noventa veces cada tema semanal de los elegidos para el blog. Hasta ahí llega mi “pasión” y mi “aliento” futboleros. No sé cuándo juega nadie, así que no me pregunten. Ni me cuenten. Al finalizar el mundial me enteraré de quién ganó y me diré, en voz baja: “Ah, mirá vos”. Hasta ahí llego, no me pidan que cabecee.

Listo, pasemos al tema de hoy: por la cuarta entrega de la serie “La palabra con F”, hoy vamos con “Fly me to the Moon” (“Volame hasta la Luna”), en la versión de Frank Sinatra. Las palabras con F de esta semana son fly, Frank y, ya que estamos, fútbol (hasta en la sopa).


Frank hacía las canciones con una onda muy de salón de los cincuentas, canchera y sobradora, pero tenía con qué. Lo llaman “La Voz”, y aunque hubo y hay otras voces en el mundo, no se puede discutir que él tenía una gran voz. No cualquiera puede cantar como Sinatra (mírenlo a Bublé, por ejemplo, que trata y trata y no hay caso).

Esta canción fue muy, muy versionada. Porque es, a pesar de su brevedad, memorable en su propuesta. El cantor le habla a lo que vendría ser su enamorada, pidiéndole que lo saque de este mundo, que lo lleve bien lejos (posiblemente, porque no se aguanta el mundial de fútbol): a la Luna como primera parada, pero luego a Marte, Júpiter, las estrellas, todo el tour.

Nos damos cuenta, entonces, que la enamorada no es humana. Tiene que ser alienígena, no hay otra. Esta canción se encuadra entonces en la ciencia ficción (como los cuartetos cordobeses ya comentados en diciembre pasado “¿Quién se ha tomado todo el vino?” y “La cabaña”), y presenta una simpática pareja “mixta” entre humano y alienígena, como la pareja de Robin “Cualquier Bondi me Deja Bien” y “Lagartija” Willy en la clásica serie “V invasión extraterrestre”.



Él, el humano, se va armando las vacaciones confiando en que ella lo llevará en su citroneta espacial, pero aún no puede creer del todo en su suerte. Y entonces, al igual que la gallega del GPS que dice “recalculando”, él reformula y plantea “en otras palabras” y con cierta desesperación: “por favor, existí de verdad”. Y por si eso no fuera poco, vuelve a reformular, aclarando sus motivos: “en otras palabras: te amo”.

“En otras palabras” era el título original de la canción, pero enseguida todo el mundo la empezó a llamar por el primer verso, “volame hasta la luna”, y así quedó finalmente el título.


Y está muy bien, en definitiva, lo que dice y redice la canción, porque cuando uno adora, idolatra y anhela a alguien más que a nada, cada día es una aventura única, y tomarse de la mano o darse un beso puede sentirse como un viaje interplanetario con todos los chiches. Y uno pide (o, si quiere mantener un poco de dignidad, piensa): por favor, existí de verdad. Que, por supuesto, es casi lo mismo que decir te quiero.





Fly me to the moon

Fly me to the Moon
And let me play among the stars,
Let me see what spring is like
on Jupiter and Mars.
In other words: hold my hand.
In other words: baby, kiss me.

Fill my heart with song
And let me sing for ever more;
You are all I long for
All I worship and adore

In other words: please be true.

In other words: I love you.

Fill my heart with song
Let me sing for ever more;
You are all I long for
All I worship and adore.

In other words: please be true.

In other words: I love you.
Volame hasta la Luna

Volame hasta la Luna
y dejame jugar entre las estrellas,
dejame ver cómo es la primavera
en Júpiter y Marte.
En otras palabras: tomá mi mano.
En otras palabras: nena, besame.

Llená mi corazón con música
y dejame cantar para siempre;
sos todo lo que anhelo,
todo lo que idolatro y adoro.

En otras palabras: por favor existí de verdad.
En otras palabras: te amo.

Llená mi corazón con canción
y dejame cantar para siempre;
sos todo lo que anhelo
todo lo que idolatro y adoro.

En otras palabras: por favor existí de verdad.
En otras palabras: te amo.

Van un par de links:

· Escena de la (mala) película “Abajo el amor”, con Renée Zelwegger + Ewan McGregor, en la que mezclan (bien) la versión bossa-nova “femenina” de Astrud Gilberto con la versión “masculina” de Sinatra, mientras ambos se preparan para una cita:


· Una de las 26 versiones de esta canción utilizadas como cierre de los capítulos del animé japonés “Evangelion” (mi hermana Peti, la sexta, la maestra jardinera, es fanática de esos dibujitos):

https://www.youtube.com/watch?v=rCyDIe1F1BY






Y eso es todo, me voy me voy me fui, ahí los dejo en su planeta azul inundado de pelotas. Que les sea leve.


En otras palabras, me vuelo hasta el próximo Lunes,

DJ Vago