solo un tema por semana,
y con que le guste al diyei alcanza

jueves, 6 de febrero de 2020

[222] ¿Tái bailando, o tení la epilecsia?


“Losing my religion”, de R.E.M. (1991)


Decidí que toda una serie de tangos así, de corrido, podía resultar un poco abrumadora para los selectos (por no decir: escasísimos) oyentes de este blog (que ni yo leería, son demasiado largos los posteos). Así que, para alivianar, iré alternando con otra serie de canciones sobre un tema mucho más light, simpático e intrascendente: la religión. La titularé, para evitar toda polémica, “El escabio de los pueblos”.

Como primer tema de la serie vamos con una de las canciones más famosas del rock under de los noventa, “Losing my religion”, de R.E.M. (“rapid eye movement”, “movimiento rápido de los ojos”, etapa del dormir en la que se sueña).

En realidad, el tema no tiene que ver con la religión, al menos no directamente: “I´m losing my religion” es una frase del sur de los Estados Unidos que se usa para indicar que quien habla está perdiendo los estribos, perdiendo la compostura. En cada reportaje, durante los últimos treinta años, los de R.E.M. se encargaron de desmentir que este sea un tema sobre religión.

Y sin embargo (diría Sabina), las palabras importan (diría mi hermana la tercera), así que no es gratuito, haber elegido esa frase en particular, con esa palabra, para encabezar y ser la piedra angular de esta canción. Así que, amigos de R.E.M., sí es sobre religión, a su manera, esa canción que armaron.

Es, a la vez, una canción de amor obsesivo y torturado, como “Every breath you take” de The Police (posteo 106) o “Ne me quitte pas” de Jacques Brel (posteo 32). Incluso comparte, con este último tema, un avanzar entrecortado por las palabras, lleno de repeticiones y fracasos en terminar las frases, como si se estuviera improvisando lo que tan atormentadamente se canta.

El cantor está perdiendo su amor, esa persona a la que ama. Y como ese amado/a es su Dios, está perdiendo, al mismo tiempo, su religión. Como en los fados (recuerden si quieren los posteos 27 y 81), el cantor o la cantora se queda sin Dios y sin amor, solo con penas y ganas de cantar hasta morir (como el pájaro, dice mi hermana la quinta).

Hay que reconocerle que no se resigna fácil: intenta convencer a Dios de que recapacite y abrace su amor una vez más. Lo hace con argumentos entrecortados y falaces (los únicos que convencerían a un Dios, claro: no le vas a ganar razonando) que van armando, más que una argumentación, un largo ruego, una letanía que explica cómo él se queda solo, mientras intenta seguirle el paso a ese Dios a quien adora pero que, en cambio, no le da a él la menor bola. El cantor no sabe si está hablando de más o, por el contrario, no está diciendo lo suficiente; en todo caso, la única respuesta de ese Dios altanero es reírse de él, cantar mientras él ruega, esbozar un atisbo de intento de acercamiento tan leve que quizá sea algo que solo él imaginó:

Pensé que escuché que te reías.
Pensé que escuché que cantabas.
Pienso que pensé que te vi intentarlo.

En definitiva: Dios no te quiere, man. Por más que le supliques, como Brel, que te deje ser su perro o la sombra de su perro, Dios está en otra: no te ama. Él pensó (se engañó) durante un tiempo que Dios lo quería, pero ahora, hacia el final de esta canción, reconoce lo que ya todos supimos desde la primera estrofa: ese amor correspondido fue solo un sueño, y ya no vale la pena seguir intentando mantener esa relación (esa religión) en la que se adora a un ser divino, pero que en realidad no existe más que en tu imaginación o tu deseo. Como todos los dioses de todas las religiones, bah.

Va la letra:

Losing my religion

Oh, life is bigger
It's bigger
Than you and you are not me
The lengths that I will go to
The distance in your eyes
Oh no, I've said too much
I set it up
That's me in the corner
That's me in the spotlight
Losing my religion
Trying to keep up with you
And I don't know if I can do it
Oh no, I've said too much
I haven't said enough
I thought that I heard you laughing
I thought that I heard you sing
I think I thought I saw you try
Every whisper
Of every waking hour
I'm choosing my confessions
Trying to keep an eye on you
Like a hurt lost and blinded fool
Oh no, I've said too much
I set it up
Consider this
Consider this
The hint of the century
Consider this
The slip that brought me
To my knees failed
What if all these fantasies
Come flailing around
Now I've said too much
I thought that I heard you laughing
I thought that I heard you sing
I think I thought I saw you try
But that was just a dream
That was just a dream
That's me in the corner
That's me in the spotlight
Losing my religion
Trying to keep up with you
And I don't know if I can do it
Oh no, I've said too much
I haven't said enough
I thought that I heard you laughing
I thought that I heard you sing
I think I thought I saw you try
But that was just a dream
Try, cry
Why try?
That was just a dream, just a dream.
Perdiendo mi religión

Oh, la vida es más grande
es más grande
que vos, y vos no sos yo;
las extensiones que voy a ir a
la distancia en tus ojos,
oh no, dije demasiado;
yo lo preparé:
ese soy yo en la esquina,
ese soy yo en el foco
perdiendo mi religión,
intentando seguirte el ritmo
y no sé si puedo hacerlo,
oh no, dije demasiado,
no dije lo suficiente.
Pensé que escuché que te reías.
Pensé que escuché que cantabas.
Pienso que pensé que te vi intentarlo.
A cada suspiro
de cada hora despierto
elijo mis confesiones,
intento echarte un ojo
como un herido perdido y ciego tonto,
oh no, dije demasiado,
yo lo preparé.
Considerá esto.
Considerá esto:
la insinuación del siglo.
Considerá esto:
el resbalón que me puso
de rodillas falló.
Y qué si todas estas fantasías
vuelven agitando los brazos.
Ahora sí dije demasiado.
Pensé que escuché que te reías.
Pensé que escuché que cantabas.
Pienso que pensé que te vi intentarlo.
Pero era solo un sueño,
eso fue solo un sueño.
Ese soy yo en la esquina,
ese soy yo en el foco
perdiendo mi religión,
intentando seguirte el ritmo
y no sé si puedo hacerlo,
oh no, dije demasiado,
no dije lo suficiente.
Pensé que escuché que te reías.
Pensé que escuché que cantabas.
Pienso que pensé que te vi intentarlo.
Pero eso era solo un sueño.
Intentar, llorar,
¿por qué intentar?
Eso fue solo un sueño, solo un sueño.

Una gran parte del gran éxito de esta canción se debe, sin dudas, al multipremiado videoclip. Es un clip memorable: teatral, simbólico y bizarro (onda el de “Heart shaped box” de Nirvana (posteo 29), que probablemente se armó copiando la onda de este clip de R.E.M., que lo antecedió).

Si alguna vez vieron este videoclip, se habrán reído (como Dios) de la forma en que baila Michael Stipe, el cantante, y recordarán esos pasitos semiespásticos y los movimientos de brazos para cualquier lado y, al mismo tiempo, curiosamente rítmicos, acompañados por pasos sin levantar los pies, como si doblar las rodillas estuviera en contra de su fe.



Pero pasan muchas otras cosas, en el videoclip: empieza con los integrantes de la banda yendo de acá para allá, en una escena en claroscuro que parece sacada de un cuadro de Rembrandt o Caravaggio, y en el alféizar de la ventana abierta (afuera llueve con sol) hay una jarra de leche que se cae, lo que permite que se comience a cantar (y esta canción es más o menos el himno de llorar sobre la leche derramada). En el segundo 22 aparece Peter Buck con su peinadito medieval y su mandolina, Michael estrena sus alas de ángel compradas en un puestucho de plaza Once y le ponen las manos en los hombros, como para ir viendo dónde atarle las alitas. Michael empieza a ensayar sus futuros pasos de baile, se prueba las alas (que no le quedan muy bien que digamos, son de tiro bajo); en el segundo 53 de saltitos en el piso, como el sapo Pepe; en el minuto 1:04 comienzan a aparecer los demás personajes del clip, que parecen sacados de una santería dirigida por los Village People: un ángel morocho pero rubio, una especie de estibadores italianos que lanzan miradas a lo Zoolander mientras miran cada uno para un lado distinto, como en los clips de ABBA, y en el minuto 1:11 San Sebastián, el santo clavado (por flechas) que es el santo patrono no oficial de los gays y muere siempre, desde hace siglos, haciendo caritas y prácticamente en bolas. En el 1:24 aparecen un par de figuras más, como para completar las figuritas de las religiones: algo así como deidades orientales, árabes, egipcias, hindúes o chinas: elijan ustedes; luego aparece otro muchacho en cueros y una chica (la más vestida del clip). En el 2:03 aparece un viejo, que luego será algo así como Dédalo (el padre de Ícaro, ese que voló con sus alas hacia el sol y terminó estrolado) con una lana de oveja (“El vellocino de oro”, me dice mi hermana, pero acá lo único dorado son las alitas del angelito/striper morocho/rubio). En el 2:15 aparece una especie de viejo renacentista que se parece a Larralde y en el 2:22 empieza Michael, tímidamente, a bailar (o algo así); se pone de rodillas mientras canta que se pone de rodillas (como en las películas argentinas, cuando dicen “¡Brindemos!” y brindan) y en el 2:39 ya se lanza al baile como endemoniado, no hay dios que lo frene, ni siquiera el viejo Dédalo en pañales, con su peluca blanca para tapar su pelo blanco (¿?). En el 3:02 se ve que el guitarrista lo mira como con pena a Michael (“¿Cómo alguien puede bailar así?”, pensará Peter). En el 3:08 se ve una especie de planos renacentistas onda Da Vinci (ya sabemos que Da Vinci y religión es una dupla que va como piña, pregúntenle a Dan Brown si no). En el 3:15 Michael se cansó de “bailar” y parece pedir que mejor le lleven una camisa de fuerza; San Sebastián muestra sus flechazos entre los trigales y en el 3:22 resulta que no, que Michael estaba retomando fuerzas nomás para volver al baile frenético-fernético que lo caracteriza. Hay una fragua, yunques y más piel masculina, y en el 4:22 se vuelve a caer la jarra de leche, lo que a mi entender ya es como demasiado, es la gota que rebalsa. En el 4:25, como broche de oro, todos los personajes posan para la foto grupal, primero los santitos, luego los soldadores y los zoolanders italianos, en tercer lugar Larralde y los recacentistas, finalmente Michael y los demás de la banda (como sombras en el fondo, de espaldas a las alas de papel maché). Fin.

Un gran clip, por cierto: si no te deja pensando, al menos te hará reír un rato, eso es seguro.



Y eso es todo por hoy. La próxima tocará tango; la religión volverá en dos posteos, si Dios quiere.

Hasta entonces, me practican la coreo, porfa.
La paz esté con ustedes,

DJ Vago









viernes, 24 de enero de 2020

[221] Bajo el burlón mirar de las estrellas


“Volver” y “Volvió una noche” (1935) de Gardel y Le Pera


Me di cuenta de que hacía mucho que no comentaba tangos por acá, así que empiezo una serie titulada “Volver al tango”, en la que rondaré y redondaré sobre el que tal vez sea el principal tema del tango como género (más, incluso, que el amor contrariado o que la abnegación de la vieja que lava ropa para criar al zanguango que se vuelve de grande un tarambana): la imposibilidad del regreso.

[Digresión: estos son, para los que quieran intentar volver, los tangos ya comentados en el blog: “Nada” (posteo 25), “Fangal” (80), “El que atrasó el reloj” y “Los mareados” (137), “Por una cabeza” (139), “Qué me van a hablar de amor” (141), “Sur” (144), “Esta noche me emborracho” (160).]

Suena filosófico, el tema, y lo es: lo que pasó vive en nuestros recuerdos, pero ya solamente allí, y por eso cualquier intento de volver a ese amor, a ese barrio, a ese mundo que fue nuestro tiempo atrás está destinado a un resonante fracaso. El tanguero insiste e insiste (hay que reconocerle el empeño), pero no hay manera: ya nunca lo verán como lo vieran, y el hoy es un triste remedo sin remedio del dorado ayer.

Para comenzar elegí dos canciones geniales, curiosamente hermanadas y, a la vez, opuestas: “Volvió una noche” y “Volver”. Ambos tangos fueron compuestos (y cantados) por Carlos Gardel, con letra de Alfredo Le Pera, en 1935, es decir, pocos meses antes de la trágica muerte de ambos en un accidente aéreo en Medellín, Colombia, en el mes de junio.

[Mini digresión: “Por una cabeza”, que ya comenté en el blog, también es del 35: uno no puede evitar pensar (y lamentarse con tanguera amargura) cuántos nuevos temas maravillosos hubieran sido creados por Gardel y Le Pera de haber seguido vivos al menos unos añitos más. Gardel cantaba tan bien que a veces olvidamos qué gran compositor era.]

De ambos, “Volver” es sin dudas el más conocido, y creo no equivocarme si lo incluyo entre los diez tangos más famosos que hay. No es, sin embargo, un tango que a mí me guste mucho (aunque sí me gustan algunos versos, como “Yo adivino el parpadeo” o “bajo el burlón mirar de las estrellas”). Pero lo traigo aquí como un contraejemplo, una excepción de la regla de todos los demás tangos que comentaré, donde el regreso al pasado se demuestra como una hazaña imposible.



Es que aquí, en “Volver”, se plantea que sí se puede regresar. No es una canción alegre: nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos (“las nieves del tiempo platearon mi sien”). Pero el lugar al que regresamos es, en este tango, el mismo: la misma calle, las mismas luces, las mismas estrellas. Y el cantor siente que el regreso, a pesar de todo, no solo es posible, sino inevitable: “que veinte años no es nada / que febril la mirada / errante en las sombras / te busca y te nombra”. ¿Así que “veinte años no es nada”? ¡Mirá vos! Como dice Liliana Felipe en una parodia de este tango: “¿Qué querrá decir nada? ¿Se acuerdan, muchachas, lo bien que cantaba?”. Claro que son algo, veinte años: veinte años es una vida entera. Si tenés veinte años, ya podés decir que viviste. Si tenés 40, ya viviste dos vidas. Y así. (Una vez escribí una tesis sobre esto, pero después usé las hojas para tapar agujeros en las ventanas.)

Volver, incluso si se piensa que es posible, no es gratis: el cantor tiene miedo, mientras emprende el regreso. Esos miedos encabezan la segunda estrofa. Tiene miedo del pasado que le saldrá al encuentro (y hace bien en temer, como veremos en el tango siguiente). Y, curiosa pero genialmente, dice que tiene miedo de la noche: no por oscura, sino porque en ella viven (y se mueven) los recuerdos poderosos, capaces de aplastar sin piedad a cualquier sueño loco de regreso feliz: “Tengo miedo de las noches / que, pobladas de recuerdos, / encadenen mi soñar”.

Pero la conclusión es positiva, esperanzada: a pesar de los miedos y del paso del tiempo y de los (enormes) inconvenientes, el regreso (pespunteado por tres verbos en infinitivo, "volver", "sentir", "vivir") es justo y necesario: “Y aunque el olvido, que todo destruye, / haya matado mi vieja ilusión, / guarda escondida una esperanza humilde / que es toda la fortuna de mi corazón.”

Todo esto es una gran mentira, claro. Es un tango mentiroso, “Volver”. Eso no lo hace un mal tango, por supuesto; pero es muy fácil imaginarse al cantor, ya bajado del barco, volviendo al viejo barrio de noche... Ahí perdería seguramente su sonrisa impecable y su ilusión infundada, y el tango, inevitablemente, pasaría a ser “Sur”: “Las calles y las lunas suburbanas / y mi amor y tu ventana, / todo ha muerto, ya lo sé”.

[Gardel, como dije, murió muy pronto, antes de que existiera el tango “Sur”, así que él mismo, si bien nunca volvió, no pudo comprobar en persona hasta qué punto ese volver es imposible.]

Va el tango “Volver” en la primera, única y mejor versión que tuvo y tendrá, la de Carlos Gardel:




 Volver
Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno.
Son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor.
Y aunque no quise el regreso,
siempre se vuelve al primer amor:
la quieta calle donde el eco dijo
“Tuya es su vida, tuyo es su querer”,
bajo el burlón mirar de las estrellas
que con indiferencia hoy me ven volver.

Volver
con la frente marchita,
las nieves del tiempo
platearon mi sien.
Sentir
que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada,
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.
Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.

Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.
Tengo miedo de las noches
que, pobladas de recuerdos,
encadenen mi soñar.
Pero el viajero que huye
tarde o temprano detiene su andar.
Y aunque el olvido, que todo destruye,
haya matado mi vieja ilusión,
guarda escondida una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazón.

Volver
con la frente marchita,
las nieves del tiempo
platearon mi sien.
Sentir
que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada,
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.
Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.

El otro tango de hoy, “Volvió una noche”, a pesar de compartir compositores y prácticamente haber sido compuesto al mismo tiempo que “Volver”, es diametralmente opuesto, en cuanto a la propuesta filosófica. Tanto, que es casi una respuesta directa al melancólico optimismo de “Volver” (y "Volvió una noche" es el último tango de Gardel, el último que compuso antes del accidente). Aquí, los miedos cobran vida, y la noche, cargada de sombras y recuerdos, se hace presente para tentar al cantor con un regreso al pasado.

Este tango sí está entre los que me gustan mucho, me parece de una enorme genialidad. Considero que aquí la versión de Gardel no es la mejor (por más que él siempre cantaba impecable, claro); pero este tango tiene un dramatismo narrativo que “pide” un canto más enfático y actuado, en algunos versos. Por eso elegí la versión de Julio Sosa (incluso por encima de otras grandes versiones, como la de Goyeneche).

Empieza el tango y en los primeros versos se define toda una escena: él está, probablemente, en un cabaret o antro similar, y llega ella, su amor del pasado (casi como un fantasma que vuelve de la muerte, y en efecto en la segunda estrofa se la llama “espectro”). En ese pasado, ella se portó mal con él (se habla de “felonía” y “crueldad”, aunque probablemente lo que pasó es que ella lo dejó nomás); pero a él le da pena recriminarle cómo terminaron.

Y entonces ella le hace una propuesta, al mejor estilo Diablo tentando a Jesús en el desierto. Le pide que la perdone y que vuelvan a estar juntos, y así “el tiempo viejo otra vez vendrá”, y volverán, mágicamente, a la primavera de sus vidas.

Empieza entonces el estribillo, que es de una gran genialidad y está dividido en dos partes: primero, lo que él piensa, tras escuchar la propuesta de ella:

“¡Mentira, mentira!”, yo quise decirle,
“las horas que pasan ya no vuelven más.
Y así mi cariño al tuyo enlazado
es solo un fantasma del viejo pasado
que ya no se puede resucitar”.

Es decir, él es muy consciente de que el regreso es imposible y que el pasado es inalcanzable. Sin embargo (y esto es de las mejores cosas de este tango) él no le dice a ella todo eso que piensa. Se lo calla, por lástima ("Callé mi amargura y tuve piedad"). De todas maneras, ella igual entiende: con solo verle la cara, se da cuenta de todo lo que él pensó (eso saben hacer muchas mujeres, por cierto). Y ella, derrotada también, acepta la respuesta silenciosa, la negación definitiva de toda posibilidad de volver:

Callé mi amargura y tuve piedad;
sus ojos azules muy grandes se abrieron,
mi pena inaudita pronto comprendieron
y con una mueca de mujer vencida
me dijo: “Es la vida”, y no la vi más.

Ese “es la vida” que dice ella es a la vez definición y despedida. No me hables de volver, no me digas que veinte años no es nada: la vida es así, la vida es esto que queda: el presente gris y el pasado inalcanzable. No será alegre, pero al menos es verdad.

La segunda estrofa no agrega casi nada a la acción; sin embargo, es una gran segunda estrofa, porque redimensiona todo lo anterior. Después de la respuesta silenciosa y el adiós, ella se va en silencio, “sin un reproche”, y el cantor entonces siente un impulso: decide mirarse al espejo. No solo ve allí una sien plateada, sino que reconoce que en su propia frente se acumulan “tantos inviernos”... Y entonces tiene una revelación: él sintió lástima por ella, cuando volvió a verla, pero ella también (y antes, incluso) sintió lástima por él: toda la propuesta de ella fue, al menos en parte, un signo de piedad hacia él. En “Esta noche me emborracho”, el cantor se lamenta por encontrarla a ella “sola, fané y descangallada”, como una sombra de la belleza que había sido; pero en ese tango él, el cantor, no se mira en el espejo, no se da cuenta que él tampoco es el jovencito apuesto que había sido. Aquí él sí se atreve a mirarse al espejo y reconoce que la imposibilidad es de los dos lados, que el tiempo actuó también en él mismo, y que solos, descangallados, fanés e imposibilitados de volver están los dos.



Volvió una noche
Volvió una noche, no la esperaba,
había en su rostro tanta ansiedad
que tuve pena de recordarle
su felonía y su crueldad.
Me dijo, humilde: “Si me perdonas,
el tiempo viejo otra vez vendrá.
La primavera es nuestra vida,
verás que todo nos sonreirá”.

“¡Mentira, mentira!”, yo quise decirle,
“las horas que pasan ya no vuelven más.
Y así mi cariño al tuyo enlazado
es solo un fantasma del viejo pasado
que ya no se puede resucitar”.
Callé mi amargura y tuve piedad;
sus ojos azules muy grandes se abrieron,
mi pena inaudita pronto comprendieron
y con una mueca de mujer vencida
me dijo: “Es la vida”, y no la vi más.

Volvió esa noche, nunca la olvido,
con la mirada triste y sin luz,
y tuve miedo de aquel espectro
que fue locura en mi juventud.
Se fue en silencio, sin un reproche,
busqué un espejo y me quise mirar:
había en mi frente tantos inviernos
que también ella tuvo piedad.

“¡Mentira, mentira!”, yo quise decirle,
“las horas que pasan ya no vuelven más.
Y así mi cariño al tuyo enlazado
es solo un fantasma del viejo pasado
que ya no se puede resucitar”.
Callé mi amargura y tuve piedad;
sus ojos azules muy grandes se abrieron,
mi pena inaudita pronto comprendieron
y con una mueca de mujer vencida
me dijo: “Es la vida”, y no la vi más.

Como bonus track, la versión de Liliana Felipe de este tango. Lo hace más lento, lo que no me enloquece, pero me gusta mucho cómo dice el último verso del estribillo (“Es la vida”).



Con esto termino por hoy, ojalá les haya gustado el posteo. Pero si no les gustó, no es necesario que me lo digan: solo mírenme y me voy a dar cuenta.
La semana que viene continuará esta serie tanguera. Si es que vuelvo.

Hasta la vuelta,

DJ Vago

sábado, 18 de enero de 2020

[220] Te invito a tu fiestita


“She moves through the fair”, tradicional irlandés del siglo XIX


Cierra hoy la serie “Fantasmas” con una canción de esas que me encantan: anónima y medieval.

(En los primeros años del siglo veinte un tipo la registró como de su autoría, pero fue una avivada más bien: la canción es mucho más antigua y, como dije, consistentemente anónima.)

Y en realidad no es medieval, no me crean, todo indica que nació en algún momento del siglo XIX en Irlanda, aunque la música y la letra, cada una por separado, probablemente sean mucho más antiguas. Pero la canción así como la conocemos hoy, con esa música y esa letra, sí suena medieval. La música está armada en una escala mixolidia (el séptimo grado un semitono bajo; con do como tónica, sería casi una escala común de do mayor, pero con el si bemol), que le da un airecito antiguo y algo así como oriental, como no-muy-de-por-acá-que-digamos. Y la letra comparte con muchos poemas narrativos medievales una extrema y poética concisión: con muy pocas palabras se dice mucho, y mucho queda dicho entre verso y verso, sin necesidad de demorarse en explicaciones ni aclaraciones.

Eran unos maestros en eso, los poetas medievales: no decir la mitad de las cosas. Hoy en día ya nos olvidamos cómo hacer eso, casi cualquiera que escribe literatura (tanto poesía como prosa) dice y dice, no para de decir. Pero en ese entonces sabían bien que el lector es, en la mayoría de los casos, una persona, y como tal puede (o debiera poder) llenar los blancos entre dos cosas que se dicen y leer lo que no está dicho pero, de alguna manera, se entiende sin necesidad de.

Por ejemplo, el nombre de la canción irlandesa elegida hoy, que al final no mencioné todavía. A veces aparece como en el título de este posteo, con “moves” (“se mueve”), y otras veces con “moved” (“se movió”). La traducción literal sería “ella se mueve a través de la feria” (como buscando precios para la compra semanal, digamos), pero me gusta un poco más “ella cruza la feria”. Un título poco poético, pareciera. Pero verán que no, que tiene lo suyo el título también.

Como toda canción tradicional con más de un siglo de vida, este tema tiene muchísimas versiones e interpretaciones. Sin embargo, al ser tan particular la música, esta no ha variado casi en nada a lo largo de los años; algunos la harán más rápida o más lenta, pero las notas no variaron prácticamente en el último siglo.

La letra, en cambio, sí varía bastante. Algunos le agregan una estrofa entera, otras versiones cambian radicalmente la segunda estrofa, y casi en cada verso hay alguna variación posible.

De entre todas las versiones disponibles (creo que escuché casi todas) elegí la de Fairport Convention en 1969. Por un lado, porque ellos tomaron una versión de la letra que es cortita y al pie. Y por otro, por la impresionante voz de la enormísima Sandy Denny, de quien ya hablé largamente cuando comenté “Where does the time goes?” (si no leyeron ese posteo o no conocen la canción, pasen por allá, por favor, y luego crucen la feria hasta acá de nuevo: posteo 199, diciembre 2017). La interpretación de Sandy es memorable aquí, te pone los pelos de punta (y si uno caza un fulbo de la letra, más aún).



Pero bueno, ya basta de cháchara (yo no soy muy medieval, ya ven). Y empiezo a comentar esta notable canción.

Ya en los primeros dos versos se nos presenta toda una compleja situación inicial, cuatro personajes y un conflicto. Cuchen:

Mi joven amor me dijo: “A mi madre no le importa
y mi padre no te matará por tu falta de amabilidad”.

Tenemos una joven pareja de enamorados, ella le habla a él y hacen referencia a algo. No dicen qué, pero parece importante, porque el padre podría llegar a matarlo a él por eso... “Una falta de amabilidad”, se dice (aunque en algunas versiones se dice “kin” en lugar de “kind”: “por tu falta de familia”). A la madre de ella, en cambio, no le importa mucho. ¿De qué hablan? No habiendo más datos, imagino que la cuestión es que ellos tuvieron relaciones sexuales premaritales. Hoy en día no es un tema importante este (salvo para muy pocas personas), pero hace un par de siglitos por algo como eso te podían matar. También podría ser que ella, como resultado de esos encuentros impuros, esté embarazada (eso sería más dramático aún, pero no es imprescindible para la historia). Él (antes de que empiece la canción) se preocupa por cómo reaccionarán los padres de ella cuando sepan sobre el amante de la hija.

Ella, en definitiva, es optimista: a mamá no le va a importar (y uno puede imaginar un montón de cosas sobre la madre, a partir solo de ese comentario); a papá en cambio sí le va a importar (ya sabemos cómo es de rígido y guardabosques, el viejo), pero no va a matarte por lo que pasó (ni porque vos seas un desahuciado sin familia ni dinero). Ella, en los dos versos que queda, anticipa que los padres terminarán entrando en razón y autorizarán el casamiento de ambos:

Y puso su mano en mi cara y esto dijo:
“Oh, no falta mucho, amor, para el día de nuestra boda”.

Hasta acá venimos bárbaro, ¿no? “Nos zarpamos, pero todo va a estar bien”, sería la síntesis de la primera estrofa. La segunda (y ya penúltima) estrofa no define el conflicto, pero sin dudas aumenta la tensión, en una forma delicada y (en mi opinión) preciosa:

Y se alejó de mí y se fue cruzando la feria
y con cariño la observé moverse por acá y por allá.
Y luego ella siguió adelante, con solo una estrella despierta,
como el cisne al atardecer se mueve sobre el lago.

Él, enamoradísimo, la ve a ella alejarse a través de las callejuelas de la feria. Se la queda mirando mientras ella se va, bella y llena de gracia, moviéndose como flotando, y la compara con un cisne que “al atardecer se mueve sobre el lago”. Una hermosa imagen, ¿verdad? Y la repetición de la conjunción “y” (cinco “and” hay en la estrofa) le da un ritmo cinematográfico a la escena (casi podemos verla irse, a ella). Él aclara que ella parte “con solo una estrella despierta”, y ese mínimo dato nos dice algo importante: o es demasiado temprano (amanece, y ellos pasaron la noche juntos) o es demasiado tarde (anochece, y ellos pasaron todo el día juntos); esto, haberla retenido a ella en sus brazos durante tanto tiempo, seguramente contribuye a la “falta de amabilidad” de la que se hablaba antes.

Empieza la tercera y última estrofa, y el primer verso (que es un gran ejemplo de lo que decía sobre el no-decir de las canciones medievales) nos cae como un mazazo:

Ayer anoche ella vino a mí, mi muerta amada vino,

Chan. En el hueco entre el último verso de la estrofa anterior y este verso pasaron muchas cosas importantes... Pasó tiempo, en principio. Un tiempo indefinido, pero relativamente extenso (pueden ser unos pocos días, o un par de meses, o años incluso). Y ella murió (debemos suponer que no de amor ni de peste, sino que la mató el padre, que consideró que esa era la mejor manera de resolver la “falta de amabilidad” de la pareja). La hija que toma amante y es castigada (asesinada) por el padre de ella es un tópico medieval, ya puse una canción sobre eso en el blog (“A rose in april”, posteo 103, “Volvé a las 9 hija, o sos boleta”).

A partir de este verso, lo que pasó antes (en la segunda estrofa) se resignifica: ese irse de ella fue la última vez que él la vio viva; el “cruzar la feria” es una imagen de morir (como “estirar la pata” o “ir a tocar el arpa” o cualquier otra que se les ocurra; pero “cruzar la feria” es una forma especialmente bella de decirlo: la vida es una feria (llena de distracciones, colores y ofertas variadas), cuando morimos la cruzamos y la dejamos atrás. 

En este verso, además, pasa otra cosa muy importante: ella vuelve a verlo. Ya no viva, sino como fantasma (en algunas versiones de la letra no se dice “my dead love”, “mi amada muerta”, sino “my true love”, “mi amante”, lo que me gusta más todavía, porque ni siquiera se aclara que ella está muerta, se deja implícito para que quien escucha saque esa conclusión. Y viene en plena noche (es decir, en un horario donde no podría andar por ahí paseando, estando viva) y entra como si nada en la casa de él y llega hasta su habitación y entonces...

tan suave se acercó que su pie no hizo ni un ruido.
Y puso su mano en mi cara y esto dijo:
“Oh, no falta mucho, amor, para el día de nuestra boda”.

Ella renueva, con el mismo gesto cariñoso (que ahora es tétrico, en tanto es un fantasma quien le acaricia a él la mejilla), la promesa de casamiento. Esa promesa también cambió su sentido radicalmente: la “boda” de ellos solo podrá concretarse cuando estén ambos juntos... lo que aquí implica, claro, que él está muy cerca de morir. Y conociendo la historia, es fácil imaginar que esa muerte será violenta, asesinado, suicidado o muerto de puro miedo: elijan ustedes.



Ese verso final es de lo más siniestro que se puede hallar en una canción. Si no les pone la piel de gallina, escuchándolo con la voz de Sandy Denny, es que están distraídos con algo: cierren el candycrash. Y la música, que es también fantasmal, sugerente y sinuosa, ayuda a sentir un escalofrío, cuando escuchamos la promesa enamorada de ese reencuentro que él quizás tema, pero posiblemente (prefiero imaginarlo así) espera con ansias.



She moves through the Fair
My young love said to me “My mother won't mind
And my father won't slight you for your lack of kind”.
And she laid her hand on me and this she did say:
“Oh, it will not be long, love, till our wedding-day”.
And she went away from me and moved through the fair
And fondly I watched her move here and move there
And then she went onward, just one star awake
Like the swan in the evening moves over the lake.
Last night she came to me, my dead love came in
So softly she came that her feet made no din
And she laid her hand on me and this she did say:
“Oh, it will not be long, love, till our wedding-day”

Mi joven amor me dijo: “A mi madre no le importa
y mi padre no te matará por tu falta de amabilidad”.
Y puso su mano en mi cara y esto dijo:
“Oh, no falta mucho, amor, para el día de nuestra boda”.

Y se alejó de mí y se fue cruzando la feria
y con cariño la observé moverse por acá y por allá.
Y luego ella siguió adelante, con solo una estrella despierta,
como el cisne al atardecer se mueve sobre el lago.

Ayer anoche ella vino a mí, mi muerta amada vino,
tan suave se acercó que su pie no hizo ni un ruido.
Y puso su mano en mi cara y esto dijo:
“Oh, no falta mucho, amor, para el día de nuestra boda”.


Bueno, eso es todo por hoy, ojalá les haya gustado la canción.

Me voy, pero sepan que volveré a buscarlos. No falta mucho.

DJ Vago