¿Pensaron que no iba a volver más? Yo también. Pero aquí
me tienen, más resiliente que un gerundio, para iniciar una quinta temporada de
música, divagaciones y vaguedades.
Me despertó el Mundial. Ya saben que no me interesa para
nada el fútbol y menos que menos el mundial, lo aclaré sobradamente (revisen el
posteo 83 de junio del 2014, si dudan de mi infalibre palabra). Pero me
despertó el ruido, así que me tomé el trabajo, como hago cada cuatro años, de
escuchar el tema musical del mundial. Pensé que no podía ser peor que el shoreo
de Shakira en 2010 y el recontrashoreo perreoso de Pitbull en 2014.
Y era cierto. No es peor. El tema “Live it up” tampoco es
gran cosa, es cierto: una especie de reggae blandito, malo, acelerado a lo
gitano, con un estribillo que dice “oh oh oh” muchas veces y tres versos repetidos
hasta el cansancio por voces que son, al igual que la canción, la nada misma:
Nicky Jam (reguetonero, supongo), Ira Estrefi (reguetonera, supongo) y… Will
Smith, el actor yanqui, quien no conforme con arruinar la ciencia ficción a
fuerza de películas malas, pretende ahora arruinar la música, aunque por suerte
comenzó por el rap latino y el reguetón, así que hasta que llegue a arruinar
algo que valga la pena falta muchísimo todavía.
Pero bueno, ya que me habían despertado, me fijé a ver
cómo venía la selección argentina. Venía mal, les aviso. Empató con el frío
equipo de una isla congelada, perdió por goleada con la selección de un minúsculo
país báltico y ganó a un combinado africano con el gol de un defensor en el
último minuto. Y hoy perdió por goleada tras escuchar la Marsellesa y listo, se
terminó el mundial para la selección blanquiceleste.
Si me hubieran preguntado, se los avisaba antes de que
empezara todo y se ahorraban tiempo y sufrimiento. Porque ya lo advirtió Bob
Marley hace cuarenta años: no hay que darle el poder a un Pelado. Pasó en la selección,
con Paoli. Pasó en la ciudad de Buenos Aires, con Larreta. Pasó en Estados
Unidos con Trump (peluquín no vale, para evitar el título de pelado). Y pasa en
muchos otros lados en los cuales el poder lo detentan algunos que tienen pelo
pero son políticos corruptos explotadores y fascistas, es decir, pelados. El
disfraz no los despela.
Empiezo pues, ya que estoy despierto, una serie titulada “Veníamos
bien, pero pasaron cosas”, dedicada a canciones de resistencia latinoamericana.
Y como soy muy inclusivo, incluyo en esa región a los países pobres de Centroamérica
que hablan en inglés, como Jamaica. Y por eso empiezo con un tema de Bob
Marley, “Time will tell” (“El tiempo dirá”), la última canción de su disco Kaya, de 1978 (fecha en que Argentina
ganó su primer mundial, aunque en esos años de plomo y muerte no había, por
cierto, ninguna razón para festejar nada).
La canción es sencilla y tranquilamente fumada, un reggae
que casi se cae por el barranco del country, de tan pausado. Y la letra, como
nos tiene acostumbrados el reggae (el de verdad) es profundamente política,
aunque aquí también está teñida con una buen mano de reflexión profética.
Algunos pensarán que la profecía habla efectivamente del
Mundial, en especial por eso de echarle la culpa a los pelados y por el verso
ese de “te vi arreglar el resultado”. Y es cierto: Bob habla del mundial. Pero
también habla de otras cosas, de lo que pasa afuera de la cancha, de lo que se
vive en las calles de aquí y de todo el mundo, donde las personas son engañadas
y vendidas por nada, los pobres son crucificados, los niños lloran y, a pesar
de todo, muchos aún creen que están alto en el Cielo, sin darse cuenta de lo
que ya es más que evidente: que viven en lo profundo del Infierno.
El tiempo dirá, sí, pero no parece muy conveniente
esperarlo sentado, si lo que se necesita es que las cosas cambien.
https://www.youtube.com/watch?v=yjS-cH9Lrts
https://www.youtube.com/watch?v=0uKnkjtaZJU
Time
will tell
Jah would never give the power to a baldhead
run come crucify the Dread.
Time alone - oh, time will tell:
Think you're in heaven,
but ya living in hell.
Back them up; oh,
not the brothers,
But the ones who sets 'em up.
Time alone - oh, time will tell:
Think you're in heaven,
but ya living in hell;
Sold my freedom 'round the world
Sold man to the ground
Sold man, took a man pride
Oh, children, weep no more!
Oh, ma sycamore tree,
saw the freedom tree.
Saw you settle the score
Oh, children, weep no more.
Jah would never give the power to a baldhead
run come crucify the Dread.
Time alone - oh, time will tell:
Think you're in heaven,
but
ya living in hell.
El tiempo dirá
Jah
nunca le daría el poder a un pelado
que
viene corriendo a crucificar al pobre.
Solo
el tiempo, oh, el tiempo dirá:
piensas
que estás en el cielo,
pero
vives en el infierno.
Háganlos
retroceder, oh,
pero
no a los hermanos,
sino
a aquellos que los engañaron.
Solo
el tiempo, oh, el tiempo dirá:
piensas
que estás en el cielo,
pero
vives en el infierno.
Vendió
mi libertad por todo el mundo.
Vendió
al hombre por el piso.
Vendió
al hombre, quitó el orgullo al hombre.
¡Oh,
niños, ya no lloren!
Oh,
mi árbol sicomoro,
mira
el árbol de la libertad.
Te vi
arreglar el resultado.
Oh,
niños, ya no lloren.
Jah
nunca le daría el poder a un pelado
que
viene corriendo a crucificar al pobre.
Solo
el tiempo, oh, el tiempo dirá:
piensas
que estás en el cielo,
pero
vives en el infierno.
Así que abran los ojos y fíjense en qué lugar de la
cancha están parados. Yo, cuando estoy despierto, lo sé bien. Pero ahora pido
cambio y me vuelvo a dormir un rato, porque estoy fuera de ritmo y ya me cansé:
soy habilidoso pero no me puedo cargar todo el equipo al hombro, muchaches.
Se despide hasta el próximo partido mundialista o la
próxima semana, lo que ocurra primero.
“Perfect
day” de Lou Reed (1972) y “Days” de David Bowie (2003)
En este día llego al posteo 200.
En este día termina la cuarta temporada.
En este día brindo sin ganas por mis seis hermanas mayores, a mi padre catalán, a mi madre vasca, a mi primo actor danés, a mis tías de nombres raros y a mis amigos conocidos y desconocidos, a quienes no creen que exista, a quienes solo cayeron por aquí equivocados, a quienes me siguen aunque no me lean, a quienes me leyeron alguna que otra vez, a quienes siempre están.
En este día me despido de todos, tal vez para siempre, probablemente hasta dentro de mucho.
Este día termina también la serie “Las diez de última”, con
la reseña de los dos temas que elegí para decirles adiós y que siguen rondando
el tema presentado la semana pasada (con
“Who knows where the time goes?”, de Sandy Denny): el tiempo.
El tiempo, recortado en su unidad más amable y cercana:
el día. Un lapso claramente definido entre que uno se despierta (por lo
general, por la mañana) y se vuelve a dormir (por lo general, de noche). Un
tiempo suficiente para hacer al menos algo, para que sucedan al menos un par de
cosas. Todo hecho importante de nuestra vida pasó cierto día, y cuando
recordamos un evento significativo, señalamos el día preciso en un calendario.
Todo día fue hoy, y todos los que fueron hoy (menos hoy) ya son ayeres, y todos
los días del futuro se convertirán, estemos nosotros o no para comprobarlo, en
hoyes. O algo así. Lo sigo pensando y mañana les confirmo.
Pero los días que nos importan son los nuestros, son los
que vivimos. Estasdos canciones, cada una a su manera, relacionan el tiempo con
el amor hacia una persona. No importa quién es esa persona (en ambas canciones
eso queda sin definir: podría ser cualquiera, un/a amante, un pariente, un
amigo o amiga). Pero esa persona lo significa todo, en ese día (que puede ser
reflejo de todos los días de la vida).
La primera canción de hoy, “Perfect day” (no hay que
saber mucho de idiomas para entender que es “Día perfecto”) es una gran canción
de Lou Reed (que murió, lamentablemente, hace un par de años). Una canción muy
morosa, demorada y lenta, y si solamente escuchamos al cantor, bastante depre.
Pero la letra es, en su sencillez apabullante, bastante alegre y no tan
transparente como simula ser.
La idea, más que simple, es describir un día perfecto, y
agradecer a quien lo hizo posible.
Si uno imagina un día perfecto, tiende a pensar en cosas
espectaculares: por la mañana ganamos el loto y nos volvimos millonarios, al
mediodía la selección ganó el mundial, al atardecer nos levantamos a un/a
supermodelo que odia el reguetón y por la noche se abolieron los Estados y se
derrumbó el capitalismo (ya sé, ya sé que esto último hace que no importe tanto
haber ganado el loto por la mañana, pero la idea se entiende, ¿no?). Un día
perfecto cortado con esa tijera tendería a no existir, o a ser extremadamente
raro. Uno podría vivir toda su vida sin pasar por un día así.
Pero esta canción nos dice, sin decirlo, que en verdad
los días perfectos no son así. Que existen. Que están a nuestro alcance. Que
los vivimos, quizá sin siquiera darnos cuenta.
La primera estrofa, en ese sentido, es genial y
terminante:
Simplemente
un día perfecto.
Beber
sangría en la plaza
y
después, cuando se pone oscuro,
vamos
a casa.
¿Eso es un día perfecto? ¿Beber sangría en la plaza y
después volver a casa? No es la descripción de una joda loca, eso es seguro.
La segunda estrofa, también genial, es una variante de la
primera:
Simplemente
un día perfecto.
Alimentar
animales en el zoológico
y
luego una película también
y
después, casa.
Acá ya se hacen dos cosas (zoológico y cine) en lugar de
una, pero igual estamos lejos de una efeméride mundial de las galaxias.
Este día perfecto es simplemente un día común (hay una
excelente canción de mi amiga Dolores O´Riordan, “Ordinary day”, si pueden
escúchenla).
Las dos estrofas no describen el mismo día, eso es claro:
son dos días distintos. Y como dice (pronunciando para el culo) mi amigo
Stephen Hawkings, “entre uno y el infinito todos los números son absurdos”, así
que estas estrofas no hablan de dos días perfectos, sino de una sucesión de
días: de cualesquiera días que pueden ser perfectos, en su cotidiana
simplicidad. Potencialmente, esos días perfectos podrían ser centenares, miles.
Pero si son días comunes, ¿qué es lo que los vuelve
perfectos?
Fácil y rápidamente comprendemos que lo hace perfecto NO
ES lo rica que estaba la sangría o que el bambi mueva la cola cuando le damos
una galletita, sino esa persona que está al lado nuestro en el pasto de la
plaza o en la butaca de al lado en el cine. Lo perfecto es esa persona, estar
con ella. Con ella es que un día común se vuelve extraordinario, que un momento
corriente se vuelve inmejorable, perfecto.
El estribillo lo recalca, aunque no lo dice abiertamente.
Él está contento de haber pasado ese día perfecto con esa persona especial
(pero en realidad, sin ella no habría existido, esa perfección diaria). Esa
persona es quien lo mantiene “enganchado”, quien lo mantiene en el aire, quien
lo mantiene aquí, pendiente de este tiempo (algunos interpretan que esta es una
canción “que está hablando de la droga”, por ejemplo la heroína; aunque esa
interpretación es posible, no me parece para nada necesaria: las personas son
la mejor droga que existe, la vida y el tiempo son más que suficientes para
volar, si se dan las condiciones adecuadas).
Oh,
es un día tan perfecto:
estoy
contento de haberlo pasado con vos.
Oh,
qué día perfecto:
hacés
que siga enganchado,
hacés
que siga enganchado.
En la tercera estrofa se redunda un poco en el “flaneur”
como fuente de felicidad: en el pasear por la ciudad sin rumbo fijo, sin
compromisos, planes ni preocupaciones, y dejar que los pasos nos lleven adonde
sea.
Qué
día perfecto.
Todos
los problemas quedaron solos.
Turistas
ocasionales a la deriva,
es
tan divertido.
Pero en la cuarta y última se profundiza un poco: lo que
esa persona especial logra, al acompañarlo, no es solamente pasarle las
galletitas o el vaso, sino hacer cambios en el interior de él: volverlo otro,
alguien mejor. Hacerlo una persona mejor, sin hacer nada particularmente
espectacular, solo acompañándolo.
Qué
día perfecto.
Hiciste
que me olvidara de mí,
pensé
que era otro,
alguien
bueno.
A la luz de este planteo, el verso final: “Vas a cosechar
lo que sembraste” deja de parecer una maldición mafiosa, y pasa a ser más bien
un buen augurio: vos fuiste buena/o conmigo, y la vida, el destino o quien sea
va a hacer que recibas también lo bueno que diste.
En fin: una hermosa canción, muy particular, sutilmente
romántica y filosófica (como la canción de Sandy la semana pasada, si se
acuerdan).
Oh,
es un día tan perfecto: estoy contento de haberlo pasado con vos.
Oh,
qué día perfecto:
hacés
que siga enganchado,
hacés
que siga enganchado.
Qué
día perfecto.
Todos
los problemas quedaron solos.
Turistas
ocasionales a la deriva,
es
tan divertido.
Qué
día perfecto.
Hiciste
que me olvidara de mí,
pensé
que era otro,
alguien
bueno.
Oh,
es un día tan perfecto: estoy contento de haberlo pasado con vos.
Oh,
qué día perfecto:
hacés
que siga enganchado,
hacés
que siga enganchado.
Vas a
cosechar lo que sembraste.
Pero para completar este día (y las diez canciones en la
serie “Las diez de última”) me queda una canción más, “Days”, de David Bowie, quien
ya apareció en los posteos 24 y 146, en los que hablamos de “Modern love” y “Space
Oddity”, un grande grande de la canción mundial, quien también murió hace poco,
qué pena.
(Dato fugaz: Bowie fue productor de Lou Reed en 1972, en el
disco Transformer, que incluye el tema “Perfect day”.)
Una canción bastante nueva (del disco Reality, de 2003), muy poco conocida, con
un ritmo simpático y movido, onda reggae.
“Days” se parece a “Perfect day” en que es una canción de
agradecimiento a una persona que, para el cantor, lo significa todo.
Se diferencia en que aquí el cantor no está en su mejor
día, sino todo lo contrario: está en las últimas. Y en este momento desastroso,
recurre (una vez más) a esa persona que siempre está ahí, la que sabe que,
aunque no tiene ninguna buena razón para salvarlo, lo va a rescatar del tsunami
y lo va a apapachar. Él no sabe si antes necesitaba un amigo, pero seguro
seguro que sí necesita uno ahora, en este momento en que se está volviendo loco
y no sabe qué hacer.
Como la Cigarra de la fábula, en lo más crudo del
invierno él llama a la puerta de la Hormiga, esperando que ella sea Hor-Amiga y
lo ayude, a pesar de que claramente él no hizo nada para merecer esa ayuda.
La segunda estrofa, en ese sentido, es una genialidad de
franqueza y vulnerabilidad al palo. La estrofa plantea una referencia (tal vez
involunta) a la vomitiva canción de Bryan Adams para la malísima versión de
Robin Hood con el maderísimo Kevin Costner, “Todo lo que hago lo hago por ti”.
Pero aquí es precisamente lo contrario: “todo lo que hice / lo hice por mí”.
Todo
lo que hice
lo
hice por mí.
Todo
lo que diste
lo
diste gratis.
No
di nada a cambio
y
queda muy poco de mí.
Él fue egoísta, desconsiderado y, digámoslo, bastante
malo. No dio nada, ni promete nada: por el contrario, avisa que le queda muy
poco para ofrecer. Y sin embargo, allí está, suplicando la ayuda, una vez más,
de la Hormiga Amiga.
A quien, al menos, le reconoce el valor de que hizo, hace
y hará: le debe todos los días de su vida, y todos los días de su vida está en
deuda con ella.
Todos
los días de mi vida.
Todos
los días te debo.
O sea: una hermosa y simple canción sobre agradecerle a
quien nos salva cuando estamos en la lona, a quien hace vivible nuestra vida
sin reclamarnos todo lo que hicimos (y probablemente seguiremos haciendo) mal.
Those storms keep pounding through my head
and heart
I pray you'll soothe my sorry soul
All the days of my life
All the days of my life
All the days I owe you
Días
Agarrame
fuerte,
manteneme
fresco,
me
vuelvo loco,
no sé
qué hacer.
¿Necesito
un amigo?
Bueno,
ahora sí necesito uno.
Todos
los días de mi vida.
Todos
los días de mi vida.
Todos
los días te debo.
Todo
lo que hice
lo
hice por mí.
Todo
lo que diste
lo
diste gratis.
No di
nada a cambio
y
queda muy poco de mí.
Todos
los días de mi vida.
Todos
los días de mi vida.
Todos
los días te debo.
En
dolor de ojos rojos vuelvo a llamar a tu puerta,
mi
loco cerebro enmarañado
suplicando
por tu amable voz.
Esas
tormentas siguen golpeando
por
mi cabeza y mi corazón
suplico
que alivies mi alma atormentada.
Todos
los días de mi vida.
Todos
los días de mi vida.
Todos
los días te debo.
Y con esto cierro la temporada y el blog, en el que (abro
comillas) trabajé (cierro comillas) durante cinco años y un poquito más. Solo
quedará un posteo más, que subiré próximamente, con el índice completo de las
cuatro temporadas. Me voy para siempre o al menos hasta que me despierte, cual
Godzilla, de mi siesta milenaria para sacudir los cimientos de la música
universal pero sin que nadie me crea demasiado.
Fue un largo y bello día. Gracias por pasarlo conmigo.
“Who
knows where the time goes?”, de Sandy Denny, con Fairport Convention (1969)
¿Puede una canción ser tristísima y alegre al mismo
tiempo, ser lenta y pegadiza a la vez, ser filosóficamente profunda y de lo más
sencilla, ser una de las mejores canciones de todos los tiempos y que no la
conozca casi nadie?
Y sí. Puede.
Además de lo (indirectamente) dicho, la canción que
presento hoy, locataria fiel de mi top 5 personal de canciones, fue compuesta e
interpretada por una de las más hermosas voces de la canción mundial, una
talentosísima cantautora que murió demasiado joven, con 31 años recién
cumplidos, y es considerada la primera cantautora inglesa.
(Parece absurdo, ¿no? Uno pensaría que tuvo que haber
cantautoras siempre, en un país con tanta historia musical como Gran Bretaña.
Pensar que hubo una primera cantautora y que se sabe su nombre suena muy raro,
como decir “X fue el primer delantero zurdo” o “Z fue el primero en ponerle kétchup
a las papas fritas”.)
Hablo de Sandy Denny. Probablemente no la conozcan, y eso
es a la vez triste e insólito. ¿Será la mejor cantante inglesa de todos los
tiempos? Quizá.
La pelea estará entre ella, Ann Wilson, Adele, un par más. Pero
yo le voto a Sandy dos de cada tres veces, por más que Ann Wilson me parece más
linda, como ya mencioné cuando hablé de “Barracuda” (posteo 12).
Y hablo de “¿Quién sabe adónde se va el tiempo?”, una de
las más extrañas y memorables canciones de… ¿amor? ¿Filosofía? ¿Pachorra friolenta?
Decidan ustedes mismos.
Sea lo que fuere, es una canción bellísima, conmovedora.
Si no les parece bella y conmovedora, váyanse ya mismo de acá y no vuelvan más,
ya no los quiero, ya llegó para ustedes la hora de partir.
(No, mentira, se pueden quedar, incluso si no les gusta la
canción. Claro que puede no gustarles: es una canción lenta y tristona. A mí me
eriza la piel y me enloquece, pero puedo aceptar que a otras personas no. Es
más: puede no afectarme eso. He hecho, en mi vida, de la no afectación por
conductas y opiniones ajenas una vocación.)
La letra de la canción: tres estrofas de seis versos que
repiten una misma estructura (afirmación general, pregunta; afirmación
personal, pregunta). Es una letra melancólica que gira todo el tiempo alrededor
de un tema fundamental. Bah: es EL tema. El principal tema de todos, el tema
humano por excelencia: el tiempo.
Todas las historias de amor son historias de amor y tiempo.
Todas las historias de muerte son historias de muerte y tiempo. Cada impulso humano busca recobrar el tiempo perdido, retener el amado tiempo huyente. Todo lo humano
es de tiempo, el tiempo es lo único que tenemos y a la vez no es nada, se nos
escapa, se nos escurre más incorpóreo que el aire, más vacío que un cero,
fugazmente infinito, burlonamente omnipresente, poderoso y esquivo. Es lo que
no hay. Es lo que hay.
Esta reflexión poética sobre el tiempo comienza así:
Por
el cielo atardecido, todos los pájaros se están yendo.
Pero
¿cómo saben que es su hora de partir?
Una muy buena pregunta, que no tiene respuesta (al menos,
no en la canción). En lugar de intentar responder por qué se van los pájaros migratorios
al terminar el otoño, la cantora contrapone su propia situación: ella no se va
a ningún lado. Ella se quedará frente a la chimenea, para protegerse del frío
del invierno. “No tengo idea del tiempo”, declara, y enseguida expresa y repite
la pregunta del título: “¿quién sabe adónde se va el tiempo?”.
Frente
al fogón del invierno yo seguiré soñando:
no
tengo idea del tiempo.
Pues
¿quién sabe adónde se va el tiempo?
¿Quién
sabe adónde se va el tiempo?
Una pregunta que se repetirá al final de cada estrofa y
que no tiene, como toda gran pregunta, una respuesta general, satisfactoria y definitiva.
Si se quiere una respuesta, cada uno debe ensayarla y encontrarla. Sandy no
sabe adónde se va el tiempo; yo tampoco lo sé. Arreglensé ustedes, loco.
Pero la canción, mientras tanto, sigue. La segunda
estrofa empieza con la memorable frase “sad deserted shore” (“triste costa
desierta”), que en cinco sílabas te describe un paisaje y a la vez te establece
todo un clima para la canción. Esta estrofa es más genial incluso que la
primera: ahora son los amigos los que, al igual que las golondrinas, se
marchan, y la cantora sigue allí, sin ninguna intención de irse (además, afuera
hace frío, adentro está la chimenea encendida…). “Yo no cuento el tiempo”, dice
ella, y es una maravilla de verso. Yo tampoco cuento el tiempo, Sandy. No sabés
cómo te entiendo.
Triste
costa desierta, tus inconstantes amigos se están yendo.
Ah, mas
tú bien sabes que es su hora de partir.
Pero
yo seguiré aquí, no tengo intención de irme:
yo
no cuento el tiempo.
Pues
¿quién sabe adónde se va el tiempo?
¿Quién
sabe adónde se va el tiempo?
Y la tercera y final estrofa le da un giro decisivo a la historia.
Es una estrofa romántica y alegre (sin salir del aire melancólico que envuelve
toda la canción). Ella declara: “No estoy sola mientras mi amor está cerca”, y
así sabemos que alguien la acompaña, cuando se van los pájaros y los amigos
inconstantes. Y ella sabe (no lo cree: lo sabe a ciencia cierta) que su amor
seguirá con ella hasta “la hora de irse” (si estás distraído: se está hablando
de morir, aquí, no de viajar al Caribe para pasar el invierno).
Con su amor al
lado, ella, envalentonada, desafía: “vengan nomás las tormentas heladas del invierno”,
y luego que vuelvan los pájaros otra vez: “no le tengo miedo al tiempo”. Porque
mi amor es tan fuerte, crece tanto, que vence al tiempo día a día, y lo vencerá
hasta el final y para siempre (en el posteo 105, sobre “Come what may”,
aparecía también el soneto de Quevedo sobre el amor, que es otra forma de decir
esto mismo).
Y no
estoy sola mientras mi amor está cerca.
Sé
que será así hasta que sea hora de irse.
Así
que vengan tormentas del invierno y luego los pájaros primaverales nuevamente:
no
le tengo miedo al tiempo.
Pues
¿quién sabe cómo mi amor crece?
Y
¿quién sabe adónde se va el tiempo?
Es una estrofa profundamente alegre, esperanzada, feliz,
y tiñe un poco de eso a toda la canción, que venía hasta llegar aquí más bien rumbeada
para el derrape en la tristeza más sola, fané y descangallada que uno pudiera
imaginar. En todo caso, igual se cierra sin afirmaciones, con una pregunta, con
la misma pregunta de siempre: “¿quién sabe adónde se va el tiempo?”.
Si alguno tiene la respuesta, avise. Los que no, escuchen
la canción con oído amable y arrímense al fuego, que hace frío.
Who
knows where the time goes?
Across the evening sky, all the birds are
leaving
But how can they know it's time for them to
go?
Before the winter fire, I will still be
dreaming
I have no thought of time
For who knows where the time goes?
Who knows where the time goes?
Sad, deserted shore, your fickle friends
are leaving
Ah, but then you know it's time for them to
go
But I will still be here, I have no thought
of leaving
I do not count the time
For who knows where the time goes?
Who knows where the time goes?
And I am not alone while my love is near me
I know it will be so until it's time to go
So come the storms of winter and then the
birds in spring again
I have no fear of time
For who knows how my love grows?
And who knows where the time goes?
¿Quién sabe adónde se va el tiempo?
Por
el cielo atardecido, todos los pájaros se están yendo.
Pero
¿cómo saben que es su hora de partir?
Frente
al fogón del invierno yo seguiré soñando:
no
tengo idea del tiempo.
Pues
¿quién sabe adónde se va el tiempo?
¿Quién
sabe adónde se va el tiempo?
Triste
costa desierta, tus inconstantes amigos se están yendo.
Ah, mas
tú bien sabes que es su hora de partir.
Pero
yo seguiré aquí, no tengo intención de irme:
yo no
cuento el tiempo.
Pues
¿quién sabe adónde se va el tiempo?
¿Quién
sabe adónde se va el tiempo?
Y no
estoy sola mientras mi amor está cerca.
Sé
que será así hasta que sea hora de irse.
Así
que vengan tormentas del invierno y luego los pájaros primaverales
nuevamente:
no le
tengo miedo al tiempo.
Pues
¿quién sabe cómo mi amor crece?
Y
¿quién sabe adónde se va el tiempo?
Como mencioné, Sandy murió con apenas 31 años, temprana y
trágicamente, en 1978, tras haberse golpeado la cabeza al caer por una escalera
y tras que le recetaran dextropropoxifeno, un analgésico con potenciales efectos
secundarios fatales en pacientes alérgicos, depresivos, con arritmias, que
beben alcohol o que tienen ansiedad (99% de la humanidad, bah).
Con los muchachos de la banda folk Fairport Convention,
Sandy estuvo apenas dos años, a fines de los sesentas. Si bien ella había
compuesto la canción un par de años antes, y Judy Collins (que no era nada
lenta pa los mandados, como ya vimos en el posteo 138) ya la había covereado en
el 68, es con la mencionada banda, en su excelente disco Unhalfbricking, de 1969 (aquí abajo pueden ver la tapa),
que Sandy Denny grabó la versión más famosa, la que
incluí y comenté aquí. Hubo algunos covers de grandes cantantes, como mi querida Nina Simone o Mary Black: pero nadie le llega a Sandy ni a los tobillos, al menos en lo que a esta canción se refiere.
Eso es todo por hoy: esto que ya pasó, aunque no se
hayan dado cuenta, fue el comienzo de mi despedida. Solo queda un posteo más en
esta larguísima temporada, sobre un par de canciones que también tratan, cada
una a su manera, sobre el tiempo. Y luego me iré, quién sabe adónde.