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lunes, 23 de junio de 2014

[84] No es un arroyo, es un mar

“Tocata y fuga en re menor” (BWV 565), de Johann Sebastian Bach (aprox. 1705)



A la memoria de Gustavo Hugo Vargas.



El DJ Vago se tomó unas súbitas vacaciones (su mayor talento es el ocio) y me cedió su espacio hoy para hablar de Bach y de mi padre, fallecido el miércoles pasado. De uno para llegar al otro. Y viceversa. Tienen permiso para no leer este post, por supuesto: ciertamente no será tan alegre ni tan entretenido como los que hace el DJ, pero es algo que necesito hacer. Para mí mismo, aunque muy pocos más lo lean.

Johann Sebastian Bach nació en Alemania y vivió entre 1685 y 1750. Con sus 65 años de vida fue, de los grandes músicos de la historia, probablemente el más longevo. Murió ciego, a causa de lo que se cree (hoy en día) que fue una diabetes no diagnosticada.


Mi viejo era músico también, y diabético, y tocaba el órgano en una parroquia, y aunque vivió apenas algunos años extra de los 65, no voy a proponer aquí que era tan genial como Bach. El único que podría pelear ese partido mano a mano es Mozart, que, por cierto, conoció y admiraba a Bach (que le llevaba 30 años de edad, y a quien Wolfgang llamaba, con tono burlón pero con admiración sincera, “Papá Bach”).

Gustavo admiró también a Bach durante toda su vida. Yo me llamo Sebastián en honor a Johann Sebastian. Durante toda mi vida escuché a mi padre tocar el piano, y luego el órgano. Me enseñó a apreciar la música. Y a escuchar música, lo que aunque no parezca requiere una cierta técnica, un ejercicio. Mi viejo nunca fue un profesor (aunque había estudiado piano durante quince años, nunca le interesó dar exámenes ni recibir títulos) ni un concertista (tampoco le interesó tocar en público, excepto en la iglesia), ni un compositor (escribió unas pocas piezas, pero no eran muy buenas). No era tampoco un virtuoso.

Lo que sí era: un trabajador de la música (¡como Bach!), capaz de ir sin falta cada fin de semana y comerse cinco misas en dos días, tocando canciones sencillas, muy por debajo de sus posibilidades; pero después, como tenía la llave del órgano, iba algún día hábil durante la semana a la iglesia vacía y tocaba las más complejas y maravillosas composiciones de Bach para órgano, sin ningún público, solo para él y algún escucha ocasional.

Gustavo tenía la increíble capacidad de leer a primera vista cualquier partitura. Le ponías delante la partitura de lo que fuera y la tocaba, así, sin ensayar, sin dudar. Podía pifiar alguna nota, si la pieza era muy difícil. Pero la tocaba, incluso obras tremendamente complejas, como las sonatas de Beethoven o las fugas a 3 y 4 voces de Bach o los nocturnos de Chopin o los conciertos de Shostakovich o lo que fuera. Y les juro, créanme, que sonaban muy bien. No perfectas, pero con alma. Eso, leer música a primera vista, puede parecer algo fácil, pero créanme que no lo es. Yo estudié más de diez años de guitarra y no podía tocar, leyendo a primera vista, ni el “Greensleeves”. Y él tocaba a primera vista obras de órgano, que implican leer (¡y ejecutar con las manos y los pies!) a la vez tres pentagramas (con distintas claves).

Tenía también oído absoluto. Lo podías parar por la calle y, en vez de pedirle la hora, pedirle un la 440 y él te lo daba con la seguridad de un diapasón.

Podía, al escuchar cualquier obra musical clásica, decir inmediatamente quién era su autor (yo también puedo hacer eso, pero me equivoco muchas veces: él no le erraba casi nunca).

Tenía una idea un poco (muy) restrictiva de la música: dejaba afuera de ella todo lo que se cataloga hoy en día como “música comercial”. “Eso no es música”, decía, y andá a convencerlo de otra cosa. Lo más moderno que aceptaba eran los Beatles, a quienes consideraba músicos aceptables, aunque afirmaba que “le copiaron todo a Bach”.



Y podía, lo cual no es nada sencillo, tocar un órgano de iglesia. Para los que no sepan qué significa eso: es un instrumento que tiene dos teclados y una pedalera (se toca, a la vez, con las manos y los pies), y además, unas veinte o treinta “llaves”, que son interruptores que accionan, cada uno, un juego de tubos diferente. Cada llave tiene un nombre: “Clarinete”, “Trompeta”, “Tutti”, “Basso 8”, "Basso 16", “Flautín”, “Contrabajo”, "Flauta 8", “Cielo”, “Cuerdas”, etcétera etcétera. Y los tubos no suenan exactamente como un clarinete, un contrabajo o una trompeta, pero se acercan bastante. Y por supuesto, todos estos juegos de tubos se superponen: pueden sonar dos, tres, diez o todos a la vez, según quiera el ejecutante. En cada momento de la obra, el organista acciona diferentes llaves, y eso hace que el órgano pueda sonar como un ejército de elefantes bajando en pogo desde un volcán erupcionado, o como una filigrana de seda casi inaudible descongándose de las alturas celestiales. Y buena parte del arte del organista, además de tocar bien la pieza, es seleccionar cómo debe sonar cada parte de la obra.


Durante toda mi vida escuché de mi padre, además de la música que hacía, anécdotas de músicos. De Bach, y de otros. Decía esas anécdotas como si fueran de gente cercana, de personas de la familia. Me contaba, por ejemplo, que Beethoven, cuando era un pibe, fue a tomar una clase de piano con Mozart (que ya era un adulto de casi treinta), y que al escuchar a Beethoven aporrear las teclas con furia, Mozart pronosticó: “Este muchacho hará mucho ruido”. Y al terminar de decir estas anécdotas, invariablemente, Gustavo se reía, por más que muchas veces su interlocutor no entendiera el chiste (Beethoven es, para quien lo conoce, un músico “ruidoso”). O contaba que Schubert componía canciones en los bares a cambio del desayuno, y que era más probable que a Mozart lo hubiera envenenado su esposa que Antonito Salieri.

De Bach, por ejemplo, yo leí un par de biografías. Pero les aseguro que no me acuerdo nada de ellas; ni una palabra. No puedo borrar de mi memoria, sin embargo, cada cosa, cada pequeña anécdota que me dijo mi padre sobre Bach:

· que se había quedado ciego por escribir música a la luz de la luna;

· que cuando era maestro de coro en la parroquia, se quejaba de que no todos los chicos podían cantar una segunda voz en contrapunto afinadamente (cosa que hoy en día no puede hacer casi ningún chico ni grande del mundo, pero en esa época en Alemania era moneda corriente);

· que cuando era jovencito viajó casi mil kilómetros para escucharlo a Buxtehude, un maestro de órgano de su época, y aprender de él;

· que decía que “cualquiera que haga el mismo trabajo que yo, llegará a los mismos resultados” (cuando uno analiza las partituras de Bach, por ejemplo las de las suites orquestales, se da cuenta enseguida de que, además de un talento sobrehumano, hay una enorme cantidad de trabajo puesta en cada compás);

· que aunque quedaron más de mil obras, se perdieron muchos cientos de obras de Bach; que los hijos empobrecidos, en los inviernos crudos, usaban las partituras del padre para alimentar la salamandra o para tapar los agujeros de las ventanas, y así se perdieron tesoros infinitos, obras tal vez mejores que las que conocemos de él;

· que, sobre cualquier melodía que le proponían, por más intrincada y difícil que fuera, era capaz de improvisar una fuga a cinco voces (acá se reía mi padre, porque él sabía, aunque probablemente su interlocutor no, que componer una fuga a cinco voces es algo que no puede hacer bien ningún ser humano (salvo J.S.), y mucho menos de una, improvisando);

· que tuvo 20 hijos (no había tele ni yerba), siete con su primera esposa y trece con la segunda, Ana Magdalena; y casi todos los hijos eran músicos, aunque ninguno le llegó al padre a los tobillos;

· que uno de los hijos de Bach era borracho, y que una vez en el bar alguien aseguró “Las partitas para violín de Bach son imposibles de tocar” (una charla típica de bar), y entonces el hijo borrachín respondió, “Ah, ¿sí?” y tomando el violín del dueño del bar (típico de cualquier bar que se precie, tener un violín a mano para los habitués) tocó, de memoria, todas las partitas de violín de su padre;

· que los conciertos Brandenburgueses los compuso para un ricachón que los compró para hacerlos pasar por suyos ante su esposa, pero luego su esposa murió, y entonces el viudo nunca los hizo tocar, y ni Bach ni ninguno de sus contemporáneos escuchó nunca esos conciertos;

· que las partitas para violonchelo solo las encontró de pura casualidad Pau Casals (posiblemente el mejor violoncellista de la historia) en un puestito de libros parisino, a la orilla del Sena, y las compró por monedas;

· que los asesinos seriales de las películas son todos fanas de Bach (en especial de las variaciones Goldberg) o de Beethoven, y eso lo encabronaba, a mi padre;

· “Bach” significa, en alemán, “arroyo”; a  Luisito Beethoven, cuando le preguntaron qué opinaba de la música de Bach, respondió: “No es un arroyo: es un mar”;

· y así, etcétera, cientos de anécdotas cuya veracidad yo estoy dispuesto a jurar sobre cualquier Biblia (los libros de Terramar, por ejemplo).




Y también me dejó “grabaciones internas” de la música clásica, que hacen que, para mí, invariablemente, la mejor forma de interpretar una partitura sea como lo hubiera hecho Gustavo: no excesivamente rápido, no pavoneándose de virtuosismo, sino degustando el tempo, dejando que respiren las frases, a veces dudando durante una fracción de segundo antes de atacar un acorde, o cambiando en el último instante, involuntariamente, una nota de la escala. “Una maestra engripada con cinco años de conservatorio toca mejor a Chopin que cualquier concertista japonés”, dijo o podría haber dicho mi padre, y yo le creo. Por dar solo un ejemplo, cada versión grabada que escucho del hermosísimo Intermezzo y la Ballade del opus 118 de Brahms es mucho más perfectita y rápida, y consecuentemente mucho más pobre e intrascendente, que como lo tocaba Gustavo: se me eriza la piel solo de recordar cómo sonaba eso en el piano vertical de la casa (alquilada) de mi infancia, con su si bemol desafinado en la segunda octava y quemaduras de cigarrillo en algunas teclas. Se lo perdieron, créanme.

Bueno, suficiente, vamos a hablar de la obra elegida hoy, la “tocata y fuga en re menor”, sin dudas la más famosa obra para órgano de Bach. Y estoy seguro, 100% seguro, de que NO es la mejor, pero ya no tengo a quien preguntarle cuál sería una elección más acertada.

Porque es una obra de juventud (Bach tenía, con toda la furia, 20 años cuando la compuso), y es atípica (probablemente la hizo Bach como un chiste, para mostrar su sentido del humor musical, y también, posiblemente, como una pieza diseñada para probar la capacidad “pulmonar” y el afinamiento de un órgano). Al ser atípica y juvenil, de esta obra a menudo fue cuestionada la autoría de Bach. Eso me causa, como le causaría a mi padre, risa. Porque es como quien cuestiona que el Hamlet lo escribiera Shakespeare, que la Odisea la hiciera Homero o que las pirámides las hicieran los egipcios y sus esclavos.

Todos los habitantes de Stratford juntos no podrían haber escrito Hamlet sin la colaboración de Shakespeare, y los extraterrestres no podrían haber construido las pirámides sin la inestimable ayuda de los egipcios. De la misma manera, nadie podría componer esta tocata y fuga sin el aporte de su autor, quien es, a todas luces, Bach. Escuchen la obra de cualquier músico contemporáneo o no de Bach, y luego escuchen esta obra, y oirán las diferencias.

Repito: no es la mejor, pero es fácil de escuchar, es divertida, y es memorable. El acorde inicial puede pasar desapercibido escuchándolo en la compu, pero en un órgano de iglesia, con el “llaveo” correcto, mueve las paredes y hace remolinos de viento que te rodean y te despeinan (no estoy exagerando; o casi no estoy exagerando).

Bach fue el gran genio de las fugas. Una fuga es una composición musical, típicamente barroca, armada a partir de un tema (es decir, una breve línea melódica), y el tema se va repitiendo, en varias voces, de forma que siempre, en cualquier momento, está sonando el tema principal, en algún lado. Un canon (como “Arde Londres”, por un decir) sería un ejemplo básico y elemental de fuga. Escuchen (y vean), por ejemplo, el comienzo de esta “pequeña” fuga a 4 voces en sol menor (BWV 578). Los colores distintos marcan las distintas voces que se van agregando y superponiendo:



(Recuerden que todo esto lo hace una sola persona, con un solo instrumento musical. La voz de abajo, la que en el clip se ve celestita, se toca con los pies, en la pedalera.)

Nuestro tema de hoy no comienza con la fuga, sino con una composición libre, una “tocata”, es decir, un divertimento musical sin reglas, como para “estirar los dedos”.
A los cuarenta segundo oirán el famoso acorde que ya mencioné, y réplicas en 1:10, 1:16 y 2:30.

A los 2:50 comienza la fuga, con la presentación del temam todo en semicorcheas (notas rápidas), que se ve, en el videoclip, como un cuchillo tramontina apuntando a la izquierda. Y pueden ver cómo, en los distintos colores-voces, se va repitiendo ese tema “cuchillo”. En el 3:48, por ejemplo, el tema (en verde) lo hace la pedalera, bien grave, y les aseguro que los pies del organista tienen que volar como los de una bailarina, para cumplir con don Arroyo.

Luego hay muchas escalas, fuegos articificiales y fiorituras (no “frituras”, sino “adornos”) y el tema va reapareciendo aquí y allá, y desde el minuto 7 comienza la última sección libre, de pura “tocata”, alternando imponentes acordes con escalas y corridas.

Aquí va, pues, la tocata y fuga en re menor (BWV 565; esta sigla significa “índice de obras de Bach”, es solo un número de catálogo, usado para ordenar las más de mil obras que se conservan de él):



Eso es todo por esta semana. Me despido hasta quizás siempre y le devuelvo su blog al DJ, esperando no haber espantado a su selecta (íntima, de tan selecta) audiencia.

Si alguna vez están en la ciudad de Buenos Aires y ven o visitan la iglesia que está en Cabildo y Juramento, que se llama Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción pero todos conocen, por su forma y barrio, como “La Redonda de Belgrano”, déjenle un saludo a la memoria de Gustavo, mi viejo, que tocó el órgano allí durante más de veinte años y era fan de Bach. Allí descansan sus restos, y aquí conmigo resuena, brisa de un acorde vivo, su recuerdo.


Sebastián Vargas


8 comentarios:

  1. permítame llorar con usted, señor Vargas, aunque no lo conozco!!!!

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  2. Yo sabía que aquí iba a haber un post sobre Bach por esta ocasión, y eso me hizo desistir de hacer mi propio homenaje en el Sabroso. Leo, escucho y lloro, relevándolo a usted, querido Sebastián, un rato de esa tarea. <3

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  3. Ay Sebastián que lindo homenaje y que lindos recuerdos. Gracias por dejarnos este regalo. ��

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  4. Aprendo, leo, escucho y con ojos húmedos emocionada lo abrazo. Vivi

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  5. Me case en esa iglesia en el 2007.
    Me siento muy cerca de esa iglesia y me emociona tu historia.

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  6. Incapaz decir algo apropiado (como si lo hubiere) Leo y lloro copiosamente.

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  7. Gracias por compartir esto, querido amigo.
    Un abrazo con mi corazón.

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  8. Muchas gracias por estas historias, siempre me han gustado, aunque no creo que todo lo que se dice de Bach sea cierto.

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