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martes, 23 de diciembre de 2014

[104] Centro de Ayuda al Amante Suicida



“Contigo”, de Joaquín Sabina, en su álbum Yo, mi, me, contigo (1996)


Llegó con tres heridas:

la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.


("Llegó con tres heridas" Miguel Hernández)



Esta es la penúltima entrega de la serie “Elegí: amor o muerte”; y podría incluir muchas canciones más, si no me aburriera la perspectiva. 


Por un decir, muchos poemas de Miguel Hernández (algunos de ellos, musicalizados por mi tío Joan) exploran la cuestión de una forma estremecedora y enamorantemente fatal. Por ejemplo, en “La boca”:

He de volver a besarte,
he de volver. Hundo, caigo
mientras descienden los siglos
hacia los hondos barrancos
como una febril nevada
de besos y enamorados.
Boca que desenterraste
el amanecer más claro
con tu lengua. Tres palabras,
tres fuegos has heredado:
Vida, Muerte, Amor. Ahí quedan
escritos sobre tus labios.

O estas partes en “Hijo de la luz y de la sombra”:

Caudalosa mujer, en tu vientre me entierro,
tu caudaloso vientre será mi sepultura.
Si quemaran mis huesos con la llama del hierro
verían qué grabada llevo allí tu figura. (…)
Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.

Y ni hablar de “Elegía”. O de “El herido”, que compuso Miguel para el muro de un hospital de sangre; la segunda parte del poema la tomó mi tío como letra de la canción “Para la libertad”; pero la primera parte es memorable, emocionante y tremenda, con estrofas como estas:

La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.
Y las heridas suenan, igual que caracolas,
cuando hay en las heridas celeridad de vuelo,
esencia de las olas.
(…)

Herido estoy, miradme: necesito más vidas.
La que contengo es poca para el gran cometido
de sangre que quisiera perder por las heridas.
Decid quién no fue herido.


Qué tendrá todo esto que ver con Sabina y la canción de hoy. Ya llego, no me apuren.

Quiero aclarar, antes de decir lo que diré, que a mí me gustan las canciones de Joaquín Sabina. No todas, pero sí cuatro o cinco de ellas (lo cual no es poco: hay montones de músicos o grupos de los cuales nos gusta una sola canción, una solita, y es suficiente para rescatarlos).

Lo que tiene Sabina es una gran homogeneidad en su propuesta: casi todas sus canciones son de amor, canyengues, irónicas, y en ellas él es un conocedor de la noche y sus excesos, y las mujeres son atrevidas, piolas y facilongas (cuando no directamente putas); y él es fácil también, por supuesto.

No es mi universo poético preferido, pero está todo bien. Ahora: resulta que Joaquín es gran amigo de Joan Manuel Serrat (no es mi tío en realidad, le digo así porque es un gran amigo de la familia, en especial de mi viejo Josep). Y un día, Joaquín y Joan decidieron hacer discos y giras juntos. Hasta acá, todo bien también: Joaquín admira mucho a Joan, obvia y declaradamente, y coincido.

Pero resulta que Serrat no tiene la misma onda que Sabina. Y Serrat tiene montones de canciones maravillosas (todas las del disco Miguel Hernández, solo por dar un ejemplo) que si las cantara en un recital con Sabina, no solo cortaría la onda festiva y de lumpenaje sentimental que impera por ahí, sino que además lo dejaría muy en evidencia, a Joaquín. Y Serrat no haría eso con un amigo. Así que para no dejarlo en posición adelantada, qué hace Joan: selecciona de su repertorio las canciones canyengues, irónicas y sentimentales que tiene (que las tiene, por cierto) y que están, frecuentemente, entre sus peores: “No hago otra cosa que pensar en ti”, “Hoy puede ser un gran día”, “Señora”, “Lucía”, etc. Y quedan afuera tantas preciosas canciones. Y por eso Serrat siempre parece menos de lo que es, cuando canta con Sabina; queda disminuido.

Estoy siendo injusto, por supuesto. Y exagerado. Porque igual cantan, Joaquín y Joan, canciones como “Cantares”, “Paraules de amor” y otras buenísimas. Así que retiro lo dicho, pero no lo borro porque me dio mucho trabajo escribirlo y me da fiaca volver a empezar este posteo. Desléanlo nomás, y sigan.


Ahora sí, voy “Contigo”.

Que no está, ni cerca, entre las canciones de Sabina que me gustan. Pero era la que mejor cuadraba para el tema de esta serie, y es sin dudas una de las más famosas (si no la más) canciones de él.

¿Vieron alguna vez esas máquinas que usan los tenistas para entrenar, esas que lanzan pelotas de tenis sin parar? Bueno, Sabina es una máquina de tirar metáforas. No para. Y lo hace bien. Por eso, frecuentemente sus canciones se estructuran a partir de un listado, en las estrofas o en el estribillo.

En este caso, la lista está en las estrofas: cada verso comienza con “yo no quiero”, y se va enumerando todas esas cosas que él no quiere; mientras que en el estribillo se dice lo que sí quiere.

Lo que no quiere es: el amor convencional, el “de todos los días”. El amor tranquilo. Y lanza una enorme cantidad de imágenes para representar ese “amor civilizado”, que él no quiere: acciones cotidianas, rutinas, rituales del compartir y de vivir en sociedad (escena del sofá, catorce de febrero, hacer las compras, empezar una dieta, cortarse el pelo, llegar a fin de mes… etcétera etcétera).

Lo que sí quiere es: un amor fatal y terminal, de matar y morir. Quiere que ella muera por él, él morir por ella, los dos morirses contigos. ¿Por qué? “Porque el amor, cuando no muere, mata; porque amores que matan nunca mueren”.

En las canciones de las semanas previas, Muerte era la gran rival de Amor. Aquí, en cambio, se presenta como una aliada: la muerte “valida” al amor, es la meta de los enamorados, es la que señala que el amor fue un amor trascendental, eterno. Amor es un asesino serial.


Suena muy lindo, sí, y todos prenden los encendedores mientras corean el estribillo; pero es una patraña. El amor NO ES las acciones cotidianas y los rituales del compartir, pero esa vida cotidiana es un hábitat favorable para que el amor habite. Porque lo que necesita, lo que quiere un enamorado es tiempo, tiempo junto a su amada/amado. No necesita guerras, privaciones ni tormentas ni desgracias alrededor para sazonar lo que siente: su amor le basta y sobra. Lo que menos quiere, un enamorado de verdad, es morir y/o matar a su amor. Quiere vivir. Porque la muerte será muchas cosas, pero no es glamorosa ni bella ni amorosa: es muerte nomás. Sabina cree que “Romeo y Julieta” son lo más porque se mataron; yo creo que es por lo que se dijeron antes.

Podrían ustedes retrucar, ya los escucho: cuando Sabina dice “matar y morir” es una imagen también, una forma de referirse a un amor no convencional, tormentoso, feroz. Ponele que sí. Pero es que eso, para mí, eso no es amor, es un "como si". Así como el reguetón no es música, por más discos de platino que coseche.

O tal vez es que me da demasiada fiaca, eso del amor tormentoso. Suena a mucho trabajo.

En todo caso, Sabina se merecía entrar a este blog, y aquí va “Contigo”, aunque más adelante probablemente le haga justicia con alguna canción de él que me guste (como “Y sin embargo”, “Ahora que”, “19 días y 500 noches” o alguna otra).

En el clip, Joaquín canta a dúo con Olga Román, cantante española de muy bella voz.


https://www.youtube.com/watch?v=FOJq2dYb4xI


Contigo
Yo no quiero un amor civilizado
con recibo y escena del sofá.
Yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado
con ganas de llorar.
Yo no quiero vecinas con pucheros;
yo no quiero sembrar ni compartir;
yo no quiero catorce de febrero
ni cumpleaños feliz.
Yo no quiero cargar con tus maletas;
yo no quiero que elijas mi champú;
yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta,
brindar a tu salud.


Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardin;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí.

Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.

Yo no quiero juntar para mañana,
no me pidas llegar a fin de mes;
yo no quiero comerme una manzana
dos veces por semana
sin ganas de comer.
Yo no quiero calor de invernadero;
yo no quiero besar tu cicatriz;
yo no quiero París con aguacero
ni Venecia sin ti.
No me esperes a las doce en el juzgado;
no me digas “volvamos a empezar”;
yo no quiero ni libre ni ocupado,
ni carne ni pecado,
ni orgullo ni piedad.
Yo no quiero saber por qué lo hiciste;
yo no quiero contigo ni sin ti;
lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí.

Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.


La semana que viene termina esta serie y, simultáneamente, comienza la siguiente, dedicada a otro espinoso tema: la relación entre la música contemporánea y la belleza física.

Me despido de ustedes hasta la muerte o hasta el martes próximo (lo que suceda primero):


DJ Vago

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