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lunes, 26 de mayo de 2014

[80] Decúbito dorsal


“Fangal”, letra de Enrique Santos Discepolo + Homero Expósito y música de Virgilio Expósito (1951-1953)




Empiezo una serie que no es tal, pues no hay nada que conecte los temas que presentaré (si sigo existiendo en las próximas semanas). Sin embargo levanto, como un flor de tomate, la inconexión como una fortaleza, diré que la serie se titula “La palabra con F” y declararé bajo juramento que alguna palabra con F habrá para cada canción. La palabra de hoy: fango.

El grandísimo Enrique Santos Discepolo nació el 27 de marzo de 1901 y murió tan joven, a los 50 años, en vísperas de la Navidad de 1951.

Y cuando murió, peronista hasta la médula y amargado por los ataques y la incomprensión que recibía a causa de esa adhesión, dejó sobre su escritorio, entre algunos otros escritos, un poema sin terminar, “Falsa escuadra”, que se convertiría después en este tango desconocidamente célebre, “Fangal”.

La versión elegida hoy es la de Edmundo Rivero: pero la verdad es que no había tanto para elegir. No sé por qué, pero ningún otro de los grandes cantantes de tango cantó “Fangal” (Gardel, obviamente, no llegó con el avión; los demás no tienen excusa).
O al menos, no encontré grabaciones que demuestren mi error, tal vez alguien pueda desasnarme. Mi gran ídolo, Goyeneche, me falló aquí.

Y no sé por qué es eso. No lo sé, es algo increíble. Yo creí que iba a abrir el shutub e iba a encontrar dos mil versiones de “Fangal”, que es un tango que adoro, pero evidentemente fui un gil.

Y sigo gil, porque espero que en cualquier momento florecerán, como tomates, las versiones de este hermoso tango extraño que nos dejó como un garabato a medio terminar, al irse, Discepolín, y que completaron con maestría, en 1953, los hermanos Homero y Virgilio Expósito.

Homero y Virgilio, ¿me entendés? No el griego y el romano, sino los autores de “Naranjo en flor”, de “Maquillaje”, de “Farol”, de “Chau, no va más”… (son, además, los autores de uno de los pocos boleros que me encantan, y eso que a mí no me gustan los boleros).

Para quienes no tengan ni una pálida idea sobre el tango: esto es como si Da Vinci dejara un cuadro inconcluso y lo terminaran Van Gogh y Picasso. O como si un texto inconcluso de Shakespeare lo terminaran Cervantes y Dante. O como si una jugada que empezó Maradona la terminara Messi y… y el mismo Maradona que picó en punta. Es decir: es lo más de lo más.

Y sin embargo, no es lo mismo: la estrofa final, la que escribió Homero (Expósito), es muy buena, pero corta totalmente la onda del comienzo. Se pasa de la primera a la tercera persona, y el yo que venía desgajando su corazón como una mandarina, en la estrofa final es relatado en tercera persona, desde afuera, como a través de un vidrio. Me parece que es decepcionante y, a la vez, una forma muy noble y honesta de homenajear a Discepolo. Como diciendo: “no podemos seguir esto como él lo hubiera seguido: podemos solamente homenajearlo a él”.

La música de Virgilio (Expósito) es impecable, porque no interfiere con las palabras, sino que se amolda a ellas, a su ritmo canyengue y desolado, reproduciendo ese avance en zigzag y siempre a punto de caer de la coprotagonista del tango.

Este es, en muchos sentidos, un tango típico: el varón que se lamenta del amor pasado, que denosta a la “mujer perdida” que lo enamoró y luego lo abandonó (o lo que es lo mismo: se hizo merecedora de que que él la abandonara). Pero en otros sentidos, es un tango atípico: él se culpa a sí mismo por su destino infeliz. A medias, porque indirectamente sigue echándole tierra a ella, pero por lo menos se culpa un poco a sí mismo y acepta que fue y es un gil, un gil de goma, que se autoengañó y que volvió “a la mugre de vivir tirao” por su propio error, con el agravante de que ni siquiera puede seguir autoengañándose y pensar que, al menos, esa historia de amor la salvó a ella de caer en el fango.

Porque la canción está armada sobre una metáfora: el fango, esa palabra con F que sirve para decir todo lo negativo del barro, sin ninguna de las cualidades positivas, pues el fango no sirve para construir ni para dar pie a la vida: solo para ensuciar. Aquí, el fangal es la vida perdida, la mugre, la perdición, la deshonra, la vergüenza. Y ella, ya desde el primer verso, se viene “en falsa escuadra”, se ladea se ladea, a punto se caer en el barro… y encima pisa una banana, una trampa que “alguien” (un varón, se supone) tiró a propósito y ella pisó sin querer.

Como en los dibujitos animados, ella, después de pisar la banana, se resbala con los pies para adelante y queda flotando en el aire con la noche boca arriba y el fango debajo, horizontal, en la posición llamada técnicamente decúbito dorsal (hay que ser un genio como Discepolo para incluir decúbito dorsal en un poema y que no le quede como a a Arjona).

Y entonces, cuando ella está en el aire, a punto de caer de espaldas y de lleno en el fango inmundo… él se la agarra. Porque ella le gustó, claro: él estaba enamorado. Y por eso no percibió la situación en su verdaderísima significancia, y confundió la realidad (el tomate) con sus fantasías románticas (una flor). Él creyó que la salvaba a ella (lo cree todavía), pero admite que eso no es así, pues en realidad fue ella, Miss Tomate, “quien a trompadas me rompió las penas”. Es un verso hermoso y memorable ese, una forma muy tanguera de definir el amor.

Al escuchar este tango, siempre tengo la sensación de que él, el cusifai, quizá fue un gil al agarrarla a ella, pero con seguridad es un gil ahora al renegar de aquel amor. Porque ella no solo le rompió las penas a trompadas, al mejor estilo Bonavena, sino que seguramente tenía algo de flor en su tomatitud.

Y aquí pienso que un buen tomate no tiene nada que envidiarle a una flor, y seguramente hay muchos pintores y poetas y escritores dispuestos a defender la belleza de lo esférico y lo vibrantemente colorido. “Cristina Macjus dice que las arvejas son elegantes y que las naranjas son hermosas”, me sopla mi hermana la tercera, que está acá tomando mate conmigo.

Siempre pienso que el error del cusifai no fue agarrársela, sino dejar después que ella se le desprendiera. Peor de lo que terminó, no iba a terminar. Porque tal vez ella terminó finalmente en el fangal, como se preveía, pero él está, pareciera, mucho peor, ahí tirao en la mugre de aquel bar, con una ginebra desastrosa por todo alimento y acompañado por la Lista de Sabella para el Mundial de los Lúmpenes.

Él, al final de cuentas, es quien pisó la última banana.


Aquí va el tango, por Edmundo Rivero, con la orquesta de Stamponi (ni siquiera me deja shutub poner el videoclip, estoy perdido hoy, no hay caso):



Fangal 

Yo la vi que se venía en falsa escuadra,
se ladeaba se ladeaba
por el borde del fangal,
pobre mina que nació en un conventillo
con los pisos de ladrillos,
el aljibe y el parral.
Alguien tiró la banana
que ella pisó sin querer
y justito cuando vi que se venía
ya decúbito dorsal,
me la agarré.

Fui un gil
porque creí que allí inventé el honor,
un gil
que alzó un tomate y lo creyó una flor,
y sigo gil
cuando presumo que salvé el amor,
ya que ella fue
quien a trompadas me rompió las penas.
Ya ven,
volví a la mugre de vivir tirao.
¡Caray!
¡Si al menos me engrupiera de que la he salvao!

(Esto dijo el cusifai mientras la cosa
retozaba retozaba ya perdida en el fangal
y él tomaba una ginebra desastrosa
entre curdas y malandras en la mesa de aquel bar.
Si alguien tiró la banana, él, que era un gil, la empujó,
y justito cuando vio que se venía
ya decúbito dorsal,
se le prendió).



Hay una versión cantada por el propio Virgilio Expósito en 1991 (es decir, a los mil años de edad), con él mismo al piano, Néstor Marconi en bandoneón y Lito Nebbia en los teclados y el bajo. Está muy bien, y aquí va:


Y eso es todo por hoy: tomeito-tomato, hasta el lunes próximo no te desato.


DJ Fango

2 comentarios:

  1. Si me permite, recomiendo que escuche la versión de Cecilia Rossetto con Daniel Binelli

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    Respuestas
    1. Gracias por el dato! Excelente versión.
      Un abrazo,
      el DJ

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