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lunes, 16 de julio de 2018

[203] Dándole mi vida a ese paraavalanchas



“Estadio Azteca”, de “Cuino” Scornik y Andrés Calamaro (2004)



Terminó el Mundial de Fútbol, muchaches (me gusta esto de la “e” final porque me ahorra aclaraciones respecte de ustedes, y estoy a favor de todo lo que sea ahorro de esfuerzo). Ya sé que ya saben que terminó el Mundial, no les estoy informando, es una oración inútil para romper el hielo nomás.

Pero como también sé que saben, aunque el fútbol no me interesa nada soy muy actual, así que quise despedirme (del Mundial) con una canción futbolera, como parte de la serie “Veníamos bien, pero pasaron cosas” (serie que inauguré con “Time will tell” hace dos semanas).

No será una canción francesa esta vez, a pesar de que el Mencionado Mundial fue ganado por Francia (me dijeron). Si esperábais eso, me remito a cuando comenté “La Marsellesa” (lejano posteo 15) u otras tantas canciones francesas, como “Ne me quitte pas”, “Avec”, “La mauvaise reputation”, etcétere. Buscad y encontraréis (no sé por qué este párrafo me salió en españólico, no volverá a ocurrir).

Para ser un tema futbolero (que lo es), “Estadio Azteca” es una canción infrecuente: melancólica, tranquila, con una hermosa melodía, un ritmo nada marchoso en cuatro por cuatro, y un sentido bastante oscuro y complejo.

La letra es de “Cuino” Scornik, y la música, hasta donde sé, es de Andrés Calamaro. Aunque es posible que haya sido compuesta por ambos en colaboración y al mismo tiempo, como otras canciones famosas o no famosas que uno piensa que son solo de Andrés, como “Mil horas” (por dar el ejemplo más famoso) o “El salmón” o “Clonazepam y circo” o “El perro”.

Solo para variar, empiezo hablando del clip: los clips nunca fueron el fuerte de Calamaro, pero este me gusta mucho. Se muestra, básicamente, un círculo alrededor del cual se disponen cuatro músicos: dos guitarras, un bajo y un cajón peruano. Calamaro, con gorrito, lleva una de las guitarras. Y tocan la canción, mientras la cámara da vueltas también por el círculo. O sea: súper sencillo, el clip, pero igual me parece muy logrado, arma un clima de simplicidad y comunión musical que tiene poco que ver con el fútbol pareciera, pero quién sabe.

La primera estrofa es la más futbolera: está en presente, y el cantor se retrata allí en medio de un partido, aferrado a una botella (ya vacía) con una mano, mientras con la otra se sostiene lo más fuerte que puede, en precario equilibrio (en el que le va la vida) al caño del paraavalanchas (esas “E” inclusivas y acostadas que sirven, como su nombre lo indica, para que los diez mil monos que están en la parte de arriba de la tribuna y saltan festejando un gol no se caigan en avalancha sobre los que están más abajo).




La segunda estrofa también es, a su manera, futbolera, pero también habla de otras cosas. Por ejemplo, de recuerdos infantiles. Por otro ejemplo, de la última dictadura cívico-militar en la Argentina, y de quienes tuvieron que exiliarse escapando de las persecuciones y secuestros. 

“Cuino” Scornik vivió exiliado en México de chico, así que no es difícil pensar que hay algo de autobiográfico en ese niño argentino que conoce el Estadio Azteca siendo muy niño y queda impresionado por la magnitud del Gigante (como se llama coloquialmente a ese estadio en la ciudad de México). 

Y luego, “de grande”, diez años después, ese ya no niño vuelve al estadio y también queda impactado al ver al Gigante (y uno puede pensar que se hace aquí una referencia a Maradona, pues recordemos que en el Mundial de México 86 (el último que ganó la Argentina, por cierto), los tres últimos partidos se jugaron precisamente en el Estadio Azteca (el famosísimo 2 a 1 contra Inglaterra (con dos increíbles goles de Maradona), el 2 a 0 a Bélgica (con otros dos goles de Maradona) y la final (3 a 2 a Alemania, sin goles de Maradona, pero igual fue la figura del partido).




Luego de estas dos estrofas la canción vira, desde el “dicen que hay”, hacia otro lado: una melancólica enumeración de cosas que tal vez existen, pero no es seguro, en tanto solo lo sabemos porque lo dicen otras gentes, y no por propia experiencia. (Me encanta la referencia (que solo alguien de aquí entendería) a los Corazoncitos Dorins, los “caramelos con forma de corazones” que aún subsisten, pero eran furor hace treinta o cuarenta años.)

Dicen que hay
dicen que hay
un mundo de tentaciones.
También hay caramelos
con forma de corazones.
Dicen que hay
bueno o malo,
dicen que hay más o menos.
Dicen que hay algo que tener
y no muchos tenemos.

Aunque el mensaje es poético (y por lo tanto, tan cierto como inasible), ese “algo que hay que tener” que no tenemos se conecta, como en el comienzo de la canción, con la botella ya vacía, y antes con eterno gusto a nada, que igual seguimos aferrando mientras esperamos un gol que (si son argentinos que miran a la selección, lo saben) probablemente no llegará.

Miren, escuchen, lean:



Estadio Azteca

Prendido
a tu botella vacía,
esa que antes
siempre tuvo gusto a nada,
apretando los dedos
agarrandomé
dándole mi vida
a ese paraavalanchas.

Cuando era niño
y conocí el Estadio Azteca
me quedé duro,
me aplastó ver al Gigante.
De grande me volvió a pasar lo mismo,
pero ya estaba duro mucho antes.

Dicen que hay
dicen que hay
un mundo de tentaciones.
También hay caramelos
con forma de corazones.
Dicen que hay
bueno o malo,
dicen que hay más o menos.
Dicen que hay algo que tener
y no muchos tenemos
y no muchos tenemos.

Prendido
a tu botella vacía,
esa que antes
siempre tuvo gusto a nada.



Prendido a la almohada como si me fuera la vida en ello, me despido ya durmiente hasta la próxima jugada de gol,

DJ Vago

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