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lunes, 7 de julio de 2014

[86] El test de preguntemia le dio por las nubes


“Amanece en la ruta”, de Suéter, en su álbum “Lluvia de gallinas” (1984)



Hacía mucho (casi un año) que no había rock argentino por acá, así que vamos esta semana con un tema emblemático del rock nacional en los ochentas: “Amanece en la ruta”.



Lo que llamamos “rock nacional” es una gran bolsa de gatos en la que entran desde piezas maravillosas de música y poesía inolvidables hasta unos bodrios insufribles, infumables e inolvidables pero en el mal sentido. Bueno: aun en un género tan amplio y heterogéneo, esta es una canción extraña, una mezcla de panfleto esotérico, trip hippie y propaganda de SITEA-“Luchemos por la vida”.

https://www.youtube.com/watch?v=0qaVdtwbUvo

Los autores de este tema son el grupo Suéter (liderados por Miguel Zavaleta), quienes la verdad, más allá de algunos tibios éxitos (“Vía México”, “Extraño ser” y algunos pocos más), no puede decirse que hayan destacado demasiado.



Excepto, por supuesto, por esta canción, que sí tuvo un gran suceso y sigue siendo escuchada y recordada y versionada (en 2005, Fabiana Cantilo la incluyó en su disco Inconsciente colectivo, que es muy buenísimo).

En la primera estrofa, el narrador amanece en la ruta. No sabe bien dónde está (geográficamente), porque se durmió mientras viajaba en auto. Uno esperaría que no fuera él mismo quien estuviera manejando: conducir borracho es desaconsejable, pero mucho más lo es conducir dormido.

Sin embargo, en la canción no hay ninguna mención a los demás pasajeros (excepto, en la tercera estrofa, un único y sutil verbo en plural, “aceleramos”); la canción está en primera persona, todo lo que se cuenta es a partir de la turbia percepción del cantor.

Que se durmió muy profundamente y soñó que estaba en el mismo auto (aunque inmediatamente se rectifica: “no, no era este, el auto, porque el de mi sueño estaba todo roto, y prendido fuego”). Y ahora, al despertarse de esa pesadilla, se ve que está medio boleado, igual que yo cuando recién me despierto de mis siestas de cuatro horas: todo a su alrededor le parece extraño, curioso y hermoso. Y piensa, mientras lo rodea su sopor amaneciente, con frases lisérgicas y de pobre sintaxis:

· “Este paisaje es tan extraño, se parece al de un tren eléctrico”. ? ¿Lo qué? Uno supone que se refiere, ponele, al paisaje borroso que podría verse desde la ventanilla de un tren muy rápido.

· “Esos árboles tienen contornos: darme cuenta es tan hermoso”. ? ¿Lo qué? Acá ya es difícil suponer cualquier sentido, lo más sencillo es concluir que algo tomó mientras viajaba, el quía, y no precisamente mate cocido.

· “En un soplo veo proyectado, como un film, toda mi vida”. Esto se entiende perfecto: lástima que no le pega la concordancia sintáctica.

· “Ya no sé si el cielo está arriba, abajo o dentro de mí”. La cabeza (y/o el auto) le da vueltas.

· “Y aunque el paisaje sea tan extraño, creo haber estado aquí”. Siente un deyavú. Que ya estuvo antes allí, en ese paisaje tan extraño de amanecer en la ruta. Pero si es cierto, si ya estuvo allí antes, ¿cuándo fue?

Eso no se responde, es solamente una pregunta más entre las muchas que asaltan la atormentada mente del cantor, y que se expresan en un notable estribillo, compuesto únicamente por preguntas que se suman, se chocan, se revuelven y se apelmazan unas contra otras:

¿(A)dónde voy?
¿Dónde estoy?
¿Quién soy yo?
¿Qué hora es?
¿Dónde estaré?

Fíjense que no está seguro de quién es. Ni siquiera sabe qué hora es, a pesar de que un momento antes dijo que estaba amaneciendo… aunque en la estrofa siguiente aclara (oscureciendo) que “si afuera no es de noche, tampoco es de día”.

Y a pesar de tener 2,7 de preguntemia en sangre, el cantor se siente bárbaro: “no hay tristezas, tan solo alegrías en mi corazón”. Y más adelante insiste con la alegría: “solo (siento) alegría, paz y armonía, y esa luz que es tan tibia”.

A esta altura de la suaré, ya estamos sospechando que algo no está muy bien, en esta escena, porque la descripción empieza a parecerse en forma alarmante a los relatos sobre el túnel luminoso, las luces celestiales y demás motivos de tránsito hacia el más allá…

Y entonces, para que no nos quedemos con la duda, finalmente el cantor se da cuenta de lo que sucede, y nos lo cuenta: “y bien comprendo, eso no era un sueño, en ese auto estaba yo / y ese auto estaba todo roto y con fuego en su interior”. O sea: hubo un accidente de auto (sumemos preguntas: ¿causado por él mismo?) y él murió (¿solo él?) y ahora está hablando desde el más allá… del que no sabemos gran cosa, excepto que allí “los árboles tienen contornos”, lo cual, por supuesto, nos deja muchas más preguntas que certezas.

Si este tema fuera una película (y es, por cierto, muy visual y cinematográfico), sería un thriller psicológico, onda “El maquinista”, “El cisne negro” o “Sexto sentido”.

Pero aquí, a diferencia de las citadas películas, tras la (bancame un rato que leo sílaba a sílaba lo que me anotó mi hermana la cuarta: a-nag-no-ri-sis). Decía, tras la anagnórisis (el descubrimiento que te vuela la cabeza), Suéter tuvo el acierto de repetir el estribillo y cerrar la canción con esas preguntas, que vencen a cualquier descubrimiento y lo trascienden: lo más importante es lo que no sabemos, lo que morimos por saber, lo que probablemente nunca sabremos a ciencia cierta.



Amanece en la ruta

Amanece en la ruta,
no me importa dónde estoy.
Me he dormido viajando
y he soñado tan intenso.
Y en ese sueño yo me veía
en este auto, pero no,
no era el mismo porque estaba
todo roto en su interior.

Este paisaje es tan extraño,
se parece al de un tren eléctrico,
esos árboles tienen contornos,
darme cuenta es tan hermoso.
Y en ese sueño yo me veía
en este auto, pero no,
no era el mismo porque tenía
fuego en su interior, en su interior.

A medida que aceleramos
mis recuerdos me estremecen,
y en un soplo veo proyectado
como un film toda mi vida.
Ya no sé si el cielo está arriba,
abajo o dentro de mí
y aunque el paisaje sea tan extraño
creo haber estado aquí.

¿Dónde voy?
¿Dónde estoy?
¿Quién soy yo?
¿Qué hora es?
¿Dónde estaré?

Si afuera no es noche,
tampoco es de día,
no hay tristezas,
tan solo alegrías
en mi corazón.

Y ahora todo es una luz tan clara
que a mi lado ya no hay nada,
solo alegría, paz y armonía
y esa luz que es tan tibia.
Y bien comprendo eso no era un sueño:
en ese auto estaba yo,
y ese auto estaba todo roto
y con fuego en su interior.

¿Dónde voy?
¿Dónde estoy?
¿Quién soy yo?
¿Qué hora es?
¿Dónde estaré?


Como bonus, acá va el cover mencionado de Fabiana Cantilo:



Sin saber cómo, por qué ni hasta cuándo, sale despedido hasta quién sabe dónde:

¿DJ Vago?

4 comentarios:

  1. siempre me llamó la atención el tema de los contornos... parece que, frente a lo inexplicable de la muerte, darse cuenta de que algo tiene límites precisos, encontrar lo concreto, lo definido, trae tranquilidad.
    Yo busco a veces contornos, pero después recuerdo la canción y entiendo que eso es imposible en esta vida.

    Es increíble cómo una canción haya pegado tanto sólo porque recrea el tema tan gastado del túnel... y sí, es justamente eso lo que la vuelve tan vendible

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  2. A mí eso de "si afuera no es noche, tampoco es de día" siempre me pareció una imagen muy adecuada para el amanecer: la noche todavía no se fue y el día no terminó de llegar. Creo que es la única imagen bella de la canción que, igual, me encanta de toda encantitud y la entoné a voz en cuello para deleite de mis vecinos. ¡Gracias Díyei!
    Y los contornos de los árboles yo se lo adjudico al faso: los fumones de repente flashean con obviedades ("¡uuuuy, qué looocooo! ¡Los árboles tienen contorno en la semipenumbra! [es un fumón léido]).

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    1. Ja, tampoco es una imagen de una belleza poética deslumbrante, convengamos. Y sí: está hablando del faso, en términos filosóficos. Gracias NdeA.

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